Lady Filstrup (3ª época)

Dedicado a la música ligera, actores españoles y tebeos de Bruguera (porque sí, porque rima).

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Lugar: Barcelona, Spain

martes, marzo 11, 2014

Rescatado del silencio

Algo le estaba aplastando los nudillos. Abrió los ojos y no consiguió ver nada. La oscuridad era absoluta. No podía percibir la menor diferencia entre tener los párpados pegados o separados. Intentó moverse, pero tenía el torso, el abdomen y las extremidades sujetos con correajes que le mantenían tendido sobre alguna superficie. Cuando trató de gritar, pidiendo ayuda, encontró que tenía la boca tapada con algún trozo de tela vasta o de cuero. Se concentró en su nuca y espalda, tratando de discernir si estaba acostado sobre una textura blanda o dura, si reposaba sobre un lecho o una tabla, una camilla, o un colchón, si bajo su cuerpo habían depositado una sábana o la áspera extensión de un saco. Tan pronto le parecía una cosa u otra. Sin ser capaz de dilucidarlo o de decidir si le importaba o no, perdió la consciencia. Cuando la recobró, se entretuvo en contar sus parpadeos, con la intención de intentar medir el paso del tiempo. En tan absurda ocupación, fue sorprendido por el chillido de una gaviota, que sonó nítido en medio de la oscuridad. Ese sonido le hizo pensar que probablemente el sol estaba alto en el cielo, en algún lugar, fuera del recinto oscuro en el que se hallaba inmovilizado. Entonces quiso entender por qué estaba allí, saber quién le había reducido a tan lamentable estado y tratar de aventurar cuánto más tendría que soportar aquella tortura. Y aunque procuró concentrarse en estas acuciantes cuestiones, no sólo no logró resolverlas, sino que, con creciente horror, tomó conciencia de una certeza espeluznante: no recordaba quién era.
Desde que había oído el grito de la gaviota, no podía precisar hacía cuánto, no había vuelto a oír el menor sonido. A pesar de aguzar el oído tanto como era capaz, durante lo que le pareció una eternidad, el silencio más rotundo, pesado como el plomo, había sido la única compañía que poblaba la más espesa oscuridad. Paulatinamente, empezó a escuchar con nitidez algunos ruidos que fueron aumentando de volumen. En primer lugar, el sordo estruendo de su propia respiración, a través de sus fosas nasales, al que no tardó en seguir el torrente del curso de su saliva por su garganta, el retumbar de su corazón, el latir de sus pulsos en muñeca y sienes y el rumor de sus órganos internos. Cuando empezaba a distinguir claramente el aleteo de sus pestañas, un sonido que se le antojó semejante al de un trueno estallando en un valle se superpuso a todos los demás. Creyó que se trataba del roce de un cuerpo (o de parte de él) que se removía contra alguna superficie cubierta  de tela o paño. No parecía proceder de muy lejos. Poco después, oyó otro roce similar, cuyo origen parecía encontrarse en un punto algo más alejado. Pensó que no estaba solo en aquel lugar y que, con toda probabilidad, había más personas en su misma situación encerradas allí. Otros individuos, inmovilizados y mudos, había sido encerrados con él en aquella oscuridad impenetrable. Quizá ellos supieran quién era él o, al menos, quienes eran ellos. O quizá, simplemente, supieran cómo mover un ápice de su cuerpo. Pensó que le gustaría comunicarse con ellos antes de morir.
“Yo no quise estar aquí”, dijo una voz susurrante. “Nadie quiso”, contestó al cabo de unos minutos otra voz.  “Podéis hablar”, pensó. “Todos necesitamos una guía en la vida”, afirmó con convicción una tercera voz, que sonó más cerca que las otras. “Mi guía –continuó explicando la tercera voz-, me la proporciona mi primo Eduardo. Él me sugirió que viniera a este club”. “Me gustaría que nos conociéramos mejor”, contestó una cuarta voz, que no especificó a quien se refería. Había oído cuatro voces de hombre que habían sonado en la oscuridad. No podía reconocer ninguna de ellas, ni por haberlas oído estaba un milímetro más cerca de recordar quién era él. Pero celebraba no estar solo en aquella negra desesperación. Había perdido la sensibilidad en los miembros inertes, pero albergaba la esperanza de que su situación mejorara y que, quizá en poco tiempo, podría escuchar el sonido de su propia voz, además del de los demás.
Ochenta mil parpadeos después de haber oído “Me gustaría que nos conociéramos mejor”, oyó una voz femenina que afirmó con extraña serenidad: “Visto por televisión, el circo es deprimente”. “Les diré algo que muy pocos saben: los tobillos se hinchan entre junio y marzo, los cabellos se rizan debido a las bajas presiones y el amor llama a la puerta cuando estamos en el baño”, replicó una voz nauseabunda, entre risitas. Sintió crecer la indignación en su pecho, como un fuego abrasador. Dentro de aquel absurdo carrusel de declaraciones sin sentido, aquella intervención le provocó un rechazo visceral. Estaba dispuesto a aceptar todo tipo de intemperancias, pero hasta el disparate debía constreñirse a alguna limitación. Deseó más que nunca poder sumarse al disperso coro de voces inconexas, y hasta pensó en lo que constituiría su intervención: “Aquí hace falta un buen aislante porque si no, se acabará filtrando la humedad”.  Cuando hubo formulado mentalmente su contribución al desquiciado debate de fantasmagóricas voces notó súbitamente que le clavaban una cánula en una vena de su brazo derecho. Se durmió de inmediato y soñó con una vasta extensión de terreno helado cubierta de cadáveres de peces espada. Cuando despertó, notó que le habían liberado la boca y emitió algo parecido a un graznido de triunfo. Al punto, oyó lo que le parecieron centenares de voces airadas, un abigarrado crisol de expresiones aleatorias, procedentes de otras tantas gargantas. Con la misma inmediatez con la que se había iniciado, la tormenta de voces se detuvo. En medio del más hermético silencio, sonó entonces una cálida voz femenina: “Creo que te quiero, Bartolomé”.
Bartolomé cerró los ojos. En el fondo de la estancia, en la que cientos de personas respiraban en silencio, rumiando su desgracia, lamiéndose las encías entregados a la desesperación más ácima, podía ver una pequeña luz roja, como un ascua. Era una luz completamente aislada, que no lograba iluminar nada de su entorno y que lo mismo podía estar situada a muchos metros, como Bartolomé suponía, o a pocos centímetros de su nariz. Mientras la observaba con la escrutadora atención de sus ojos velados por la oscuridad y los cerrados párpados, Bartolomé no dejaba de escuchar, como un eco interminable, la voz femenina que le había hablado por su nombre. Disipó de un soplido, como haría con un tenue hilo de humo, la ridícula sospecha de que aquel nombre no fuera el suyo, de que fuera de algún otro de los desgraciados que compartían su encierro o de que, incluso, la mujer que lo había pronunciado ni siquiera estuviera dirigiéndose a nadie de quienes allí se encontraban, sino que estuviera recordando a algún ser querido del mundo exterior. Él era Bartolomé y estaba viendo, al fin, una luz, al fondo de aquel infierno, una luz pequeña, roja y débil, como un ascua.
La lucecita roja empezó a girar y a describir cambiantes trayectorias en el vacío absoluto que la envolvía. Elipses sin sentido, irregulares, cambiantes y de incierta geometría. Tan pronto se movía en frenético zig-zag, como ondulaba majestuosa y serena. Se elevaba en elegante progresión hacia lo alto para dejarse caer en vertiginoso picado. Bartolomé vio, en un determinado momento, que la luz roja ampliaba su diámetro, sin perder ni ganar intensidad, hasta invadir todo su campo visual. Abrió los ojos y se encontró, libre, en la calle.
Liberado de sus ligaduras, con su memoria recobrada e intacta, Bartolomé caminó con paso decidido a lo largo de una calle ajardinada. A sus oídos llegaba el sonido familiar de los platos que se recogen después del almuerzo y la melodía de una canción pop, procedente de una radio. Respiraba con afanoso deleite.Recordó un día, en su juventud, en el que el frío le había invadido hasta herirle, otro día en el que la vergüenza le estrujó el alma hasta ahogarle, una noche en que se supo perdidamente enamorado, y una tarde interminable, de infinito crepúsculo, en la que no tuvo ningún interés por llegar al día siguiente, ni curiosidad por descubrir cómo sería. Estos recuerdos, que le hacían revivir viejas sensaciones que habían permanecido aprisionadas, como él, golpeaban en el corazón de Bartolomé con la contundencia de un mazo. Conforme llegaba al final de la calle, donde le esperaba una encrucijada, Bartolomé caminaba con paso cada vez más inseguro, hasta llegar a tambalearse. Recordaba todo lo que había sido su vida, cada una de las cosas que le habían pasado, o las que él creía haber vivido, incluso aquellas cosas que sabía indudablemente no haber vivido jamás, pero sí soñado o imaginado. Se sintió profundamente enfermo, incontrolado, como un alfeñique, un mequetrefe sacudido por un huracán. Se sentó en el bordillo de la acera y se cubrió el rostro con unas manos crispadas, de dedos largos y nudosos. Tenía los nudillos aplastados. Bartolomé pensó que se cubría boca, oídos y ojos para no hablar, no oír y no ver, pero pronto entendió que lo hacía para que no ser visto, ni ser oído, ahora que lo recordaba todo. Y a continuación supo, con absoluta certeza, que nunca podría separar las manos de su cara, que de forma indeleble, se le habían quedado pegadas a ella. Un río de lágrimas comenzó a brotar de sus enrojecidos ojos, discurriendo por entre sus dedos hasta desembocar, en cascada, sobre el asfalto.

“Creo que te quiero, Bartolomé”, dijo ella, desde detrás suyo. Y le separó sus manos del rostro.

lunes, enero 20, 2014

Pablo y Juanita

A sus tempranos trece años de edad, el rasgo de carácter que más definía a Pablo era su capacidad para evitar los conflictos y su disponibilidad para complacer a los demás. Criado por su tía Dolores en un hogar atestado de primos, había sido obligado a aceptar un trabajo de mozo en el colmado de don Mateo con el que sufragar su manutención. Sin el amparo de unos padres, Pablo se había acostumbrado a convivir con sus familiares proponiendo su afabilidad y su máxima disponibilidad como moneda de cambio para ser aceptado. La tienda de don Mateo, conocida en todo el pueblo como “El velero” por su ventanal decorado con una vidriera en la que lucía una imagen de un balandro que navegaba por procelosas aguas, se ofrecía a Pablo como una posibilidad de prosperidad futura y como un real refugio en el que pasar las horas activo y de forma provechosa. Desde que ingresara a sus órdenes, tres meses atrás, Pablo no había dejado de agradecer al cielo el buen corazón de su patrón, ni que le tratara de manera humanitaria, disculpando sus torpezas y ofreciéndole siempre su ayuda y sus sabios consejos. Don Mateo, por su parte, había tomado verdadero afecto a aquel muchacho delgado de larguísimas extremidades y expresión inocente, dándole enseguida la misma confianza que había escatimado siempre antes a todo el mundo, en su solitaria existencia. Solterón empedernido, a don Mateo no se le conocían relaciones sentimentales, ni familia cercana, por lo que la llegada del chico a su vida, cuando ya frisaba la ancianidad, había venido revestida del brillo de los acontecimientos trascendentes.
-Pablo, hasta hoy nunca te había dejado solo en la tienda, pero creo que ya eres capaz de hacerte cargo de todo y yo tengo que salir. Los miembros del club de caza celebramos hoy nuestra reunión semestral y como debes saber ya, la mayor distracción de un cazador consiste en intercambiar con sus compañeros el alcance de sus proezas cinegéticas. Yo, como bien sabes, no tengo con quien compartir mis experiencias en los vedados, por lo que esta es mi única oportunidad para disfrutar del hecho de salir al monte a pegarle tiros a las perdices y a las liebres. ¿Lo entiendes, verdad, mocoso? –preguntó don Mateo, sonriendo con lo que él pensaba era una expresión de simpatía.
-Claro, señor. Vaya tranquilo. A fin de cuentas, sólo falta una hora para cerrar.
-Sí, pero quiero que hagas algo más. Mira, hace muchos meses que no limpiamos la vidriera. He pensado que hoy cierres más temprano y que te dediques a limpiarla. Nuestro velero parece gris oscuro, el sol no luce y el agua del mar parece tinta china. Aquí te dejo dos trapos y un bote de limpiador. Asegúrate de que las juntas de plomo quedan relucientes y el vidrio tan limpio que se vuelvan a apreciar toda la gama de colores de nuestro reclamo. Nadie en el pueblo tiene un escaparate tan bonito como el nuestro y eso es debido a que esta tienda, que abrió mi bisabuelo y que ha seguido funcionando regentada por mi abuelo y por mi padre, tiene esta vidriera que es una verdadera obra de arte. Es una vergüenza que no la limpiemos más a menudo. Así que he decidido que de hoy no pasa. Cierras dentro de quince o veinte minutos (dependiendo de que no haya ningún cliente, claro) y te pones con los trapos a fregotear a fondo. No te vayas a casa antes de que yo vuelva. Saldré un rato de la reunión para ver qué tal te ha quedado. Si me complace el resultado quizá te aumente el sueldo.
Mientras don Mateo hablaba, ante la absorta mirada de Pablo, había ido extrayendo los trapos y el bote de limpiador de la trastienda y colocándolos sobre el mostrador de nogal; también se había cubierto con su recio gabán, puesto los guantes y tocado con su viejo sombrero de fieltro.
-Hasta luego, Pablo.
-Hasta luego, don Mateo.
A los pocos minutos de la partida del patrón, el aprendiz interrumpió la tarea de pasar el plumero por las latas de comestibles y las botellas de vino y de licor (su ocupación habitual cuando no tenía que atender o almacenar alguna partida) porque un ruido amortiguado le atrajo desde la trastienda. Encendió la luz amarillenta y examinó la reducida estancia. “Seguro que es un ratón”. A Pablo le gustaban toda clase de animales, siéndole imposible dejar pasar un perro por delante de su tienda sin salir corriendo a acariciarlo, o terminarse su bocadillo del almuerzo sin compartir las migas con los pájaros que revoloteaban por el patio trasero. Pese al respeto reverencial que sentía por don Mateo, su actividad cazadora hacía que naciera en su interior algo parecido a la censura, tanto era su amor por los animales. El ratón, en efecto, estaba practicando un orificio en un rincón de la trastienda y muy pronto, sin mostrar ningún signo de preocupación, se presentó a la vista de Pablo.
“Parece un ratón muy listo”, pensó el muchacho, examinando la expresión avispada del roedor. “Seguro que podría amaestrarlo”. El ratón, que parecía mostrarse enteramente de acuerdo, no exteriorizaba la menor intención de huir, por lo que a Pablo le resultó muy sencillo capturarlo en una cajita de cartón. Entonces sonó la campanilla de la entrada de “El velero”. Pablo salió precipitadamente a atender al cliente. Era Juanita, la chica a la que amaba en silencio.
Juanita era una niña unos meses mayor que Pablo, tan delgada como él, morena y de ojos verdes, de corazón apasionado, llena de recursos y seriamente encaprichada con el chico huérfano, al que trataba con artificial condescendencia.
-No puedo creerlo, pequeño, ¿te han dejado solo en la tienda?
-Pues sí, Juanita. Don Mateo confía en mí. ¿En qué puedo servirte?
-Bueno, quería nata montada, si es fresca.
-Se ha acabado, Juanita. La nata fresca, a estas horas, o se ha acabado o no está fresca –añadió el muchacho, algo decepcionado por no poder complacer a su amiga.
-Bueno, pues me voy, es una lástima… Me apetecía mucho la nata –dijo girando la cabeza para dar vuelo a su melena al tiempo de irse, como subrayando la gravedad de la falta de Pablo.
-Espera, Juanita. Tengo algo que quiero enseñarte –exclamó el chico, con cierta ansiedad en la voz.
La chica sonrió torciendo la boca con un mohín que ella sabía muy atractivo. Puso los brazos en jarras para contestar, desde la puerta:
-Seguro que es una tontería. ¿De qué se trata?
-Lo tengo ahí, en la trastienda. ¿Entras conmigo?
Juanita sonrió con malicia, interpretando como un desafío la propuesta de Pablo.
-¿Entrar contigo en la trastienda? ¿Los dos solos? ¿No te da miedo?
Pablo pensó que Juanita se estaba burlando de él, pero no era capaz de entender por qué, tal era su inocencia.
-Vamos,  entra conmigo. Verás que curioso…
La caja de cartón que había contenido apenas unos minutos antes al ratón de expresión vivaracha estaba ahora vacía y tenía un agujero que antes no tenía. Pablo supo disimular a duras penas.
-Ahora te enseño lo que te había dicho, Juanita, es que esta caja no la encontraba y la he recogido porque don Mateo la estaba buscando.
-¿Y para qué quiere una caja vacía con un agujero?
-Don Mateo es muy maniático –inventó Pablo-. Su casa está llena de cosas inútiles, cachivaches de todas clases que sólo él sabe para qué las quiere. Yo creo que no se ha casado por eso.
-Ya, ya… -replicó Juanita con sorna.
El caso es que Pablo tenía que mostrar algo sorprendente a Juanita sin perder un minuto y al alcance de su vista sólo encontraba cajas de legumbres, aceites, sacos de arroz, de patatas, paquetes de galletas y vulgaridades semejantes. Y entonces recordó los grandes sacos que se almacenaban en un armario empotrado en el fondo de la trastienda.
-Esto te sorprenderá, Juanita. Nadie lo ha visto nunca –anunció Pablo abriendo la puerta del armario empotrado. En el interior, ocupando toda la superficie del suelo, reposaban cuatro sacos llenos de cabello humano. La peluquería de al lado de la tienda los recogía a diario y don Mateo se encargaba de separar los cabellos por colores y se los vendía a un fabricante de peluquines.
-¿Qué es esa asquerosidad, Pablo? –preguntó sin disimular su espanto la muchacha.- ¡Menuda porquería!
-Son cabellos de ahorcados. Tienen propiedades mágicas… ¿No lo sabías?
-No digas tonterías. ¡En este pueblo no ahorcan a nadie!
-¡Pero es que estos pelos vienen de todo el mundo, Juanita: de Constantinopla, de Singapur, de Pernambuco, de Sebastopol, de Nairobi, de Cincinatti…! –explicó Pablo con vehemencia-. Don Mateo los recopila y los vende a precio de oro a millonarios de todo el mundo que los utilizan para curarse de sus males. Son medicinales.
-¿Y qué se supone que hacen con ellos? ¿Una sopa? No te creo ni una palabra. Me estás enfadando con esas bobadas, Pablo –Sin embargo, la chica no parecía enfadada, sino divertida.
-Lo siento, Juanita. Tienes razón –admitió enseguida el muchacho-. En realidad, quería enseñarte un ratón, pero escapó.
-¿Un ratón? –chilló Juanita horrorizada- . Debes estar loco. Odio los ratones –proclamó la chica con semblante terminante-. Me voy, ya me has hecho perder bastante el tiempo.
-Espera, no te vayas enfadada… -suplicó Pablo, de veras apenado.
Entonces, Juanita, con esa generosidad que da la superioridad femenina, deslizó una mano por las mejillas de Pablo, y le apartó un mechón de pelo de la frente. Después, sin pronunciar palabra, le besó superficialmente en los labios. Pablo, que empleó un instante en recobrarse de la sorpresa, devolvió el beso con los ojos cerrados. En apenas unos segundos, transcurrieron en aquella angosta trastienda veinticinco emocionantes minutos. Al cabo de los cuales, Pablo se hallaba en lo alto del séptimo cielo y Juanita, observándole desde arriba, magnánima. Con la inmediatez con la que estalla un globo al ser pinchado por un alfiler, Pablo cayó en la tierra:
-¡La vidriera!
Más aterrado por la posibilidad de incurrir en el desagradado de don Mateo, de defraudar su confianza, que por el miedo a un castigo, Pablo se encontró súbitamente transportado del más sublime goce a la más árida amargura.
-¡Es horrible! ¡Tenía que haber limpiado la vidriera! ¡Don Mateo me matará! Era muy importante que lo hiciera y lo he olvidado completamente.
Juanita hizo caso omiso del sentimiento ofensivo que en el fondo le provocaba la desesperación de su pretendiente, que tan pronto había olvidado los placeres que le había procurado para concentrar su atención en cuestiones tan prosaicas como la limpieza de un escaparate y cedió al impulso de piedad que le inspiraba sinceramente la expresión angustiada del muchacho.
-No te preocupes. Yo te ayudaré y terminaremos antes de que llegue. Pasaremos un trapo y listos.
-¡Ya viene don Mateo!-gritó Pablo, mirando calle abajo, por el escaparate opuesto al que debía limpiar.
-Te he dicho que te ayudaré, Pablo, no te preocupes. Yo siempre cuidaré de ti –añadió Juanita con determinación.
La muchacha salió de la tienda avanzando con zancadas firmes, tomó un adoquín suelto del suelo y, desde el otro lado de la calle, lo lanzó contra la vidriera que daba nombre al colmado “El velero”.

Juanita y Pablo, por supuesto, terminaron casándose y vivieron felices juntos toda su vida.

domingo, enero 05, 2014

La inmotivada sonrisa de Elwood

Elwood McIntire pertenecía a esa especie de individuos, completamente odiosa, que aceptan todos los reveses de la adversidad con una perenne sonrisa prendida en los labios. Y no se trataba de una pose premeditada, sino su reacción natural a la desgracia. Cuando, por ejemplo, su mejor amigo truncó su primer amor de juventud, arrebatándole los favores de la dulce Patricia, una tarde, a la salida del Instituto, él admitió que su amigo debía ser mejor partido para el objeto de su pasión y que, en consecuencia, aquel era el orden idóneo de sus respectivas vidas sentimentales. Tampoco sintió el menor asomo de rencor cuando, años más tarde, tras fracasar en sus estudios y sin oficio ni beneficio, vio esfumarse la posibilidad de mantenerse en el negocio familiar, que prácticamente gestionaba él, en beneficio de su hermano menor, un tarambana que había dejado preñada a una atractiva demostradora de Tupperware y que era la debilidad de sus padres. Ni siquiera se disgustó cuando su familia le hizo saber que debía abandonar el domicilio común porque había que hacer sitio al bebé de sus hermanos y tuvo que abrirse camino en la vida sin amparo de ningún tipo. Elwood se encogió de hombros, hizo una pequeña maleta y se alojó en una pensión, donde se dedicó a estudiar las ofertas de empleo. No tardó mucho en ganarse unos cuartos para ir subsistiendo por el sencillo sistema de aceptar cualquier empleo modesto, ya que todos le parecían bien. Lo mismo le daba fregar platos, que barrer escaleras, que aparcar coches, que repartir folletos de propaganda, que pasear perros. Todo lo hacía sonriente y sin pagar tributo alguno a la amargura.
En los días en que Elwood desarrollaba la labor de vendedor a domicilio, llamaba a los timbres en la inocente convicción de ser siempre bien recibido. Y la expresión jovial de su rostro no se ensombrecía ni cuando le contestaban con alguna grosería, lo que sucedía, huelga decirlo, con harta frecuencia. Cuando le franqueaban la entrada, Elwood se mostraba dichoso y agradecido, tan feliz de ser aceptado en algún hogar, si quiera fuese temporalmente, que se sentía íntimamente dispuesto a regalar su mercancía y tenía que hacer un esfuerzo para recordar el coste de su alojamiento y no hacerlo.
-Señora mía, vengo a ofrecerle la versión de la Felicidad (con mayúsculas) que La Ciencia brinda por fin a la Humanidad. Fíjese bien en lo que le digo y contésteme a esta pregunta: ¿Por qué es tan difícil ser feliz?
La señora, que había hecho una pausa en la visión del magazine matutino para atender a la puerta y que tenía pendiente realizar algunas compras, contestó sin demostrar gran interés:
-¿Porque no hay bastante dinero para todo el mundo?
-Señora mía, la felicidad tiene muy poco que ver con el dinero. El dinero es indispensable para vivir, de acuerdo, pero la vida puede vivirse feliz o infelizmente… Míreme a mí, por ejemplo: soy un tipo vulgar, sin encanto ni talento, sin fortuna y sin ambición. Y soy feliz, pese a todo, porque me siento bien con lo que soy y lo que vivo. Este fenómeno llegó a oídos de un grupo de científicos que estaban reunidos en una convención en la que, casualmente, estaba yo contratado como camarero. Estudiaron mi cerebro en largas sesiones que se prolongaron durante seis meses. Y consiguieron capturar en un revolucionario sistema de circuitos integrados las conexiones neuronales que me permiten estar alegre en las peores circunstancias. Y he aquí –anunció Elwood destapando una bonita caja de baquelita- el casco en el que esas cumbres de la ciencia han conseguido sintetizar ese misterioso principio que hace feliz cada momento desagradable de la vida.
Elwood depositó en las manos de la señora un estrambótico casco dotado de un futurista visor  que, en realidad, se limitaba a friccionar las sienes y la nuca del usuario.
-¿Y cuánto cuesta esta maravilla? –preguntó la señora, deseosa de regresar frente a su televisor.
-¿Cuál es el precio de la felicidad? –repreguntó Elwood-. No me conteste. Es incalculable. Este aparatito, que le hará literalmente ver la vida de color de rosa, no le costará ni cien euros. Noventa y nueve con noventa céntimos. Una bagatela.
-Prefiero ver las cosas como son, gracias. Buenos días –repuso la reluctante señora devolviendo el asombroso casco a las manos de Elwood, al que empujó ligeramente en dirección a la puerta principal.
Elwood McIntire haciendo una demostración
Bajando las escaleras en dirección al piso inferior, donde se disponía a ofrecer de nuevo su milagroso artículo, Elwood pensaba en que su casco masajista podía no dar por sí mismo la felicidad, pero que no hacía daño (no demasiado, de hecho) y que, con un poco de sugestión por parte del usuario, bien podía ayudar a conseguir la ilusión de obtenerla. Este pensamiento bienintencionado acentuaba su expresión, por lo común ya beatífica. Así es como lo vio Elmore Albertson, que llevaba un rato apostado en el rellano de la escalera, con la expresión de desesperación pintada en el rostro y la actitud de alguien que otea el horizonte en busca de un paseante provisto de una cuerda con la que rescatar a su tierno hijito, quien pende de una ramita seca sobre un pavoroso abismo.
-Oiga, amigo –espetó Elmore al paso de Elwood-. ¿Quiere ganarse doscientos euros en diez minutos?
-¡Claro, amigo! –replicó Elwood, devolviendo el tratamiento-. ¿Qué es lo que tengo que hacer? ¡¡No habrá que matar a nadie!!
-Ni mucho menos, es algo mucho más sencillo. Verá, yo soy hispanista, y necesito que se haga pasar por un colega mío delante de mi mujer. Le dije que iba a estar fuera este fin de semana porque tenía que dar unas conferencias sobre Benito Pérez Galdós y su obra. Como yo no conduzco y usted sí (o sea, mi colega ficticio), usted va a llevarme a Bristol, que es donde se celebra el “Meeting” sobre Galdós.
-Está bien, me gusta Galdós. Supongo que eso facilita las cosas –concedió Elwood, encogiéndose de hombros, sin otorgar la menor importancia al hecho de que jamás, en toda su vida, había oído un nombre tan largo ni tan raro.
-No es necesario que diga nada de Galdós, sólo recuerde que vamos a Bristol. Me llamo Elmore y usted se llama Tuttle, James Tuttle. ¿Podrá recordarlo?
-Si no dejamos que se enfríe el dato en mi mente, sí.
-Pues vamos allá. Vivo aquí mismo. Usted ha aparcado el coche en doble fila y tiene que salir a la carrera, pero, claro, le he insistido en que saludara a mi esposa, de la que nunca jamás me separo.
-Oiga, amigo Elmore, hay algo que no entiendo en esta historia… ¿Por qué no le dice la verdad a su esposa?
El hispanista miró al vendedor a domicilio con expresión de estar viendo un raro ejemplar de lémur.
-No importa -rectificó Elwood, abriendo los brazos-, usted sabrá.
Elmore abrió la puerta de su domicilio y habló hacia el interior:
-Querida, James está aquí, sal a saludarle. Apresúrate, tiene el coche en doble fila. Le van a multar.
Del interior de la vivienda surgió Patricia, el amor de juventud de Elwood. Éste, tras desempeñar como un consumado actor el papel asignado, salió del piso y regresó a los cinco minutos para enderezar su vida. Cuando el hispanista Elmore Albertson regresó a su domicilio conyugal, tras su fin de semana de adulterio en paradero desconocido, encontró una nota sobre el taquillón del vestíbulo: “Adiós, Elmore, me he ido con el amor de mi vida. Fdo: Patricia. PD: Espero que triunfaras con Galdós”.

Elwood continuó sonriendo desde entonces, convencido de que todo lo vivido le estaba,  por así decir, bien empleado.

martes, diciembre 31, 2013

Cinéfila novedad editorial para 2014

La prestigiosa Editorial Claqueta se complace en presentar a un ávido público lector su nuevo lanzamiento, “Novísima teoría del cine”, escrito por Juan Gorrión y Juan Carlos Alquézar. A modo de muestrario, les ofrecemos los siguientes fragmentos seleccionados del inmortal texto, que va a dar un nuevo y definitivo giro a todo aquello que, hasta la fecha, cabe considerar la concepción vigente del Séptimo Arte. Lean sin hacer muecas, por favor.
“A menudo los productores o la censura obran benefactores prodigios.  En España, la Censura oficial corrigió el título original del primer largometraje exitoso de Carlos Saura, “La Caza del conejo”, por considerarlo pecaminoso (e irrespetuoso con los roedores), dejándolo reducido a su versión definitiva, tan conocida como reconocida. De manera similar, en 1915, los productores de la obra maestra de uno de los padres de la Cinematografía Mundial, D. W. Griffith, le convencieron de que diera un nuevo giro a su film, recortando el título original “Intolerancia al gluten” por el que es de todos conocido y con el que se hizo inmortal, sin apenas alterar unas pocas líneas del guión.”
“Todo el cine importante producido desde 1977 debería haber sido protagonizado por Nick Nolte. Sin lugar a dudas, habría sido un protagonista mucho más creíble y convincente en, por ejemplo, “Los puentes de Madison” (aunque, seguramente, habría que haber dado un giro radical al desenlace de la película) y en “Blade Runner” (Harrison Ford parece demasiado estúpido para entender una palabra del monólogo final). Habría sido difícil que protagonizara “El color púrpura”, pero, en resumidas cuentas, nos estamos refiriendo a películas realmente importantes…”
“Los hermanos Coen se quitaron la “H” como homenaje a Harpo Marx, puesto que era muda, como él.”
“Todos los directores realmente geniales dejan de serlo en el momento en el que toman consciencia de ello. Pasan a ser estomagantes. ¿Ejemplos? Orson Welles, David Lynch, Federico Fellini, Pedro Almodóvar, Wong Kar Wai, Mariano Ozores…”
“En el manuscrito original de la entrevista que Ingmar Bergman concedió a Andrew Sarris en 1972, recientemente hallado, hemos podido rastrear algunos párrafos tachados que nunca vieron la luz. De su lectura se deduce que toda la carrera del colosal director sueco puede considerarse, en el fondo, un homenaje permanente a la figura de los Hermanos Marx. Esta sorprendente revelación fue expresada, sin dejar lugar a la sombra de una duda, por el director de “El séptimo sello” mediante las siguientes palabras:
-Todavía vivía en Uppsala cuando vi el primer film de los Hermanos Marx. Se trataba de “Cocoteros”. Me hizo pensar en frutas y decidí en aquel momento que si algún día dirigía películas, una de ellas llevaría por título el nombre de alguna fruta. Como los Marx eran tan irreverentes, hice más evidente la referencia al añadir el adjetivo “salvajes” a mi título original: “Fresas”. Nadie captó el guiño. Después decidí hacer mis homenajes a los Marx en forma más individualizada, y dediqué mi film “El rostro” a Chico, del que sabía que era un caradura consumado. Tampoco nadie advirtió la alusión. Unos años después, dirigí “El silencio” con la única intención de que la figura de Harpo Marx fuera debidamente admirada en los festivales de cine más prestigiosos y por la crítica más sesuda, pero, inexplicablemente, nadie asoció a Harpo con mi película. En un futuro, como reconocimiento al hermano Marx que considero más gracioso, pienso rodar un film titulado “Funny y Alexander”. Veremos si entonces alguien cae en la cuenta…. Aunque no tengo demasiadas esperanzas.
Yo creo que el cine entero debería estar al servicio de una buena causa. Para mí, reivindicar la figura creativa de los Hermanos Marx justifica plenamente mi carrera y le da un sentido que, de otro modo, no tendría. Mi prima, Ingrid Berman, se puso de su parte cuando la Warner Brothers trató de denunciarles por utilizar la palabra “Casablanca” en su film “Una noche en Casablanca”. Ya es sabido que Groucho replicó advirtiendo a los Hermanos Warner que ellos llevaban muchos más años siendo hermanos y que, por lo mismo, podrían demandarles a su vez. Lo que no les recordó (y sí hizo mi prima Ingrid en una postal que me mandó para felicitarme por mi vigésimo octavo cumpleaños) es que la Warner había copiado a Groucho para crear a su conejo Bugs Bunny en 1938, tomándole prestado su parloteo, su sarcasmo y el puro, que adoptaba, a la sazón, forma de zanahoria.”
“Lawrence de Arabia iba a ser interpretada originalmente por Marlon Brando, pero David Lean no encontró un dromedario lo bastante fuerte para aguantarle sobre su joroba. Luego le ofreció el papel a Laurence Olivier, pero éste rehusó alegando que el polvo del desierto le secaría el cutis. El siguiente elegido fue Rock Hudson, quien estaba encantado de cambiar a Doris Day y a Jane Wyman por un camello, pero era demasiado alto para pasar por la puerta de Damasco sin agacharse, lo que le restaba prestancia. Probaron entonces con Mickey Rooney, pero comprobaron, al hacer la prueba de vestuario, que daba la sensación de ser un bebé envuelto en una toalla. David Lean estaba tan desesperado que incluso le hizo pruebas a Ronald Reagan, Walter Brennan, Lon Chaney Jr., Julián Mateos y Louis de Funés, sin terminar de ver a ninguno de ellos adecuado para el papel. No quedó ahí la cosa: Robert Mitchum tan siquiera llegó a ponerse el turbante, Dean Martin declinó el honor y Sammy Davis jr. , que pasaba por allí, se ofreció, pero su propuesta no fue aceptada por problemas de agenda. Frank Sinatra declaró a la prensa estar dispuesto a interpretar a Lawrence siempre y cuando le dejaran cantar “Pennies from Heaven” al cabalgar hacia Aqaba. Sólo entonces, cuando la desesperación cundía en el frágil corazón del director de “Breve Encuentro” alguien le sugirió a Peter O’Toole para el rol. “Se parece un poco”, alegaron, “y parece un tipo pulcro y educado”. “Está bien, contestó Lean, ya me da todo igual. Que venga O’Toole”. Y así fue como el protagonista de “Lord Jim” entró en la Historia del Cine”.
“El mejor director de películas musicales de la historia es Francis Ford Coppola.”
“¿Por qué nunca sabemos qué decir de Jack Lemmon? Porque Jack Lemmon es un recipiente en el que cabe cada uno de nosotros.”

Editorial Claqueta les desea un feliz y venturoso 2014, lleno de amor, humor, cine, sexo y rock ‘n’ roll.

domingo, diciembre 15, 2013

“Las fatigas de Don Cunegundo” o “La casquivana Mariana”


Mediados del siglo XIX. Saloncito cursi. Don Cunegundo y su fámulo, Don Brígido parlamentan asuntos de máximo interés y trascendencia. Suena una opereta en un gramófono, hasta que Don Cunegundo le descerraja un tiro de pistola y la música cesa bruscamente.

Don Cunegundo: ¿Vienes dispuesto a explicar por extenso
                                   lo que mi dignidad exija,
                                   y en relación a mi hija,
                                   aplacar mi desazón inmenso?
Don Brígido: haré cuanto pueda, don Cunegundo
                        por restituir tu fe en el mundo
                        sin faltar por ello a la verdad
Don Cunegundo: hazlo con celeridad
Don Brígido: Pues verá, sé, pues lo vieron mis ojos,
                        Que en la posada de “Los hinojos”
                        Su hija doña Mariana
                        Ganó fama de casquivana
                        Por dar cumplimiento a sus antojos
                        Con hombres de toda lana    
Don Cunegundo: Habladurías son eso que relatas
                                   ¡Hechos quiero, y no peroratas!
                                   Cuenta, di, lo que viste, y sin adornos
Que no están los bollos para estos hornos.

Don Brígido: A ello voy, don Cunegundo,
Sin perder un segundo.
Son para mí los chismes repelentes
Que ahuyento de mi lado iracundo
Desoigo los rumores de las gentes
Y sigo mi camino por el mundo.
Pero lo tocante a su Mariana
Despertome la curiosidad más sana
Y llevome a investigar el fundamento
De tanta bola y tanto cuento.
Así, pareciome el otro día oportuno
Apostarme muy tuno,
Campo a traviesa,
Al paso de la calesa
Y sin reparo alguno.
Cuando el carruaje ante mí pasó
Y la figura de Mariana distinguí
A la trasera del coche me prendí
Y de polizón su hija me llevó.
Antes de con mis huesos dar
En el pavimento frontero
al mentado lupanar
Reconocí por entero
A Don Diego Manchón y Piñatas,
Un galán feo y soltero
Seductor de niñatas,
Que se acomodaba ufano
Junto a la hija de vos
Fumando un cigarro habano
Que, por cierto, le dio tos.
Don Cunegundo: ¡Ah, pero…¿fumaba el bellaco?
Don Brígido: Sí, mi señor, ¡…tabaco!
Don Cunegundo: ¿Y qué pasó entonces, Brígido?
                             ¿Descendieron de la carroza?      
                             ¿Besó don Diego a la moza
      o quedóse el galán rígido?
Don Brígido: Acompañole un trecho
                        y albergo en mi pecho
                        cierta sospecha
                        de que compartieron lecho
                        en compañía estrecha
Don Cunegundo (aparte):¡Mi reputación, maltrecha!
                                   ¡Mi blasón deshecho!
Don Cunegundo (tratando de rechazar la horrible verdad): Entonces… ¿Viste?
Don Brígido: …………………Vi
Don Cunegundo: ¿Y sorprendiste?
Don Brígido: …………………Sí
Don Cunegundo: ¿Y blasonó Mariana?
Don Brígido: Hasta la mañana.

Don Cunegundo: A ver como caso ahora
                               A esta hija pecadora…
                               A esta vástaga traidora!
                               A la que espera en Zamora
                               Un señor de Calahorra.
Don Brígido: ¡Atiza! ¿Tenía Mariana, acaso
                      Un pretendiente formal?
Don Cunegundo: En efecto, estaba a un paso
de entregarla a un carcamal
Don Brígido: Pues entonces, en ese caso,
                               Y aunque a usted le parezca mal
Se impone un retraso
En el acta matrimonial.
Don Cunegundo se da a la desesperación y deambula por el escenario agitando los brazos hacia el cielo. Se lamenta y se mesa las barbas. Se detiene en medio del escenario y blande el puño contra la adversidad.
Don Cunegundo: Adiós al enlace con el de Calahorra,
 Una boda ventajosa que se va a la porra
Por culpa de la casquivana
De mi querida Mariana,
La muy tonta del bote!
Don Brígido: ¿Pero llevaba Mariana dote? (Don Cunegundo asiente)
Don Brígido: Pues piense usted en lo que se ahorra
¡y olvide al de Calahorra!

FIN

domingo, diciembre 08, 2013

El suspiro del coleccionista

Había pasado los últimos cien años recopilando suspiros de todo tipo en pequeñas botellitas. Los ordenaba, los clasificaba, los exponía, los compartía con amigos y conocidos… Cien años de suspiros ocupan una gran cantidad de espacio y en casa de Laureano apenas había lugar para nada más. “Antes de vivir otros cien años, se dijo el día que cumplía la centuria, debería desprenderme de algunas muestras de suspiros, o buscarme una casa más grande”. Y después de comerse su trozo de tarta de cumpleaños y de encerrar a sus perros, salió en busca de un lugar en el que poder almacenar más botellitas de suspiros.
Mientras caminaba por las calles de su ciudad, una de esas ciudades en las que la gente vive la mayor parte del tiempo bajo el asfalto o haciendo cola para pagar con tarjetas de plástico, Laureano repasaba los innumerables meandros de su fabulosa colección. “Mis suspiros favoritos son los que nacen de la ilusión. Contienen una sospecha de tono rosado. En el otro extremo de mi aprecio están los suspiros de fastidio, que son fácilmente confundidos con vulgares bufidos. Entre unos y otros, hay suspiros de satisfacción, que certifican la dicha instantánea, y también suspiros de ansiedad, de impaciencia, de ensoñación y de renuncia, de pereza, de tristeza y de soledad. Hay tantos suspiros como anhelos y cada persona produce un único e irrepetible género de suspiro. Los hay perfumados, etéreos, cálidos y gélidos. Los hay mudos, sonoros y en blanco y negro y color, como las películas…”
La casa, que guardaba una impresionante semejanza con la de la familia Munster, se recortaba aislada en un promontorio y se accedía a ella subiendo unas escaleras muy similares a las que enfilaba frecuentemente Norman Bates para parlamentar con su difunta madre. El cartel anunciante, con su “Se alquila” impreso, al frente de la edificación, atrajo instantáneamente el interés de Laureano, quien observó en aquel momento que un grupo de personas salía de ella. Tras un breve diálogo con el empleado de la inmobiliaria, Laureano accedió al interior del caserón, destartalado y mal iluminado.
-Es una construcción muy sólida, aunque pueda parecer lo contrario. Aquí hay muchas posibilidades, si uno tiene imaginación y dinero. ¿Tiene usted imaginación y dinero? –preguntó el empleado de la inmobiliaria exhibiendo una empalagosa sonrisa comercial.
-Tengo una colección de suspiros embotellados –replicó Laureano considerando que esta afirmación despejaba la incógnita.
Tras agitar levemente la cabeza, con lo que podría considerarse como un intento de reponerse del golpe, el agente espetó a Laureano:
-Esta será su casa, sin ninguna duda. Está llena de cachivaches, libros y revistas viejas. Pertenecía a un viejo excéntrico y nadie la vació cuando murió, ni reclamó nada. Usted se lo pasará en grande recorriendo sus habitaciones. Estoy seguro.
Laureano no tuvo más remedio que convenir con el vendedor de fincas que estaba en lo cierto. La casa y los misterios que contenía le habían atrapado irremisiblemente. En su primera incursión en la polvorienta y bien surtida biblioteca, Laureano halló un volumen manuscrito que contenía cuentos, probablemente, originales del difunto anterior propietario. El primero de ellos se titulaba “Cien años de vida (y un nuevo día)”. Y Laureano pensó que se trataba de un generoso regalo de cumpleaños que le hacía la casa. Helo aquí:
“Érase una vez un pequeño y valiente gorrión, dotado de un corazón tan grande y vigoroso que su diminuto cuerpo apenas podía contenerlo. El pajarillo desafiaba las limitaciones de su especie y volaba poniendo en juego todas sus fuerzas, siempre en dirección al sol, sin importarle las veces que caía derrengado por el esfuerzo. Cuantas veces quisieron retenerlo en una jaula, fuera esta dorada, plateada o de pobres cañas, el gorrión se liberó, obstinado, firme en su propósito de llevar su trepidante corazón lo más cerca del sol que pudiera. Cuando, tras muchos años de esfuerzos, creía haber encontrado un lugar lo bastante cerca del astro rey como para permanecer en él hasta el fin de los días, tuvo una visión que le trastornó de forma inesperada. En el arroyuelo en el que solía beber agua cada día se reflejó, de manera inexplicable, la faz de un desconocido al que el gorrión, sin embargo, halló extrañamente familiar.
El rostro que apareció en la superficie de las aguas del arroyuelo era el de un hombrecillo insignificante, un burgomaestre solitario que gobernaba un villorrio tan pequeño que no podía moverse sin salirse de él. El burgo del burgomaestre se circunscribía a su propia exigua humanidad. Desde su nacimiento, había sido consciente de estar condenado a respirar el aire de la soledad, mas, fuere por caprichos del azar, del Destino o de la Divinidad, la imagen de su rostro atravesó un buen día mágicamente la superficie de la jofaina en la que hacía sus abluciones matutinas y se apareció, en el otro extremo del mundo, ante los atónitos ojos del gorrión.
“Puedo verte”, exclamó el gorrión al presentarse ante su vista la efigie del burgomaestre, y desde aquel momento, cobraron sentido sus años de afanes y trabajos. Del otro lado, el pequeño alcalde de sí mismo oyó la voz del gorrión y repuso: “Puedo oírte”. Y su soledad, pesada e inerte, como de plomo, saltó en pedazos, esparciéndose sin dejar rastro como una lluvia de chispas.
Los dos nuevos amigos, conectados mágicamente, emprendieron un largo camino que los llevó el uno junto al otro. Cuando al fin se unieron y sumaron sus vidas, sus cuerpos, sus sueños y sus miedos, nada pudo ya separarles jamás. Y si no me creen, mírennos.”

Cuando terminó de leer este cuento, Laureano exhaló un profundo y dulcísimo suspiro. Y maldijo: “¡Nunca embotellaré otro como este!”

domingo, diciembre 01, 2013

Final de trayecto

-Me he olvidado de hacerte la merienda. Soy un desastre – sonó la voz de Teresa a través del móvil.
-Pero, mi vida, por Dios, no tiene importancia… Ya comeré algo cuando llegue. En la estación me compraré un bocadillo –respondió Pablo, tratando de despejar la intranquilidad de su prometida.
-Debes tener hambre. Te conozco.
En Pablo no cabía la menor duda al respecto: Teresa le conocía. Con toda probabilidad, mejor que él mismo. Y en aquella ocasión, la presunción de ella resultaba, como de costumbre, acertada. Pablo hizo el viaje hambriento, sentado en su butaca, anticipando el momento de deglutir el bocadillo de tortilla de patatas que solía comprarse cuando cenaba en una cafetería o un bar. Para aumentar la sensación de apetito en Pablo, parecieron conjurarse todas las circunstancias más adversas. De una parte, su compañera de asiento, una mujer de pelo negro oscurísimo, piel oleosa y voz grave, leía un libro de recetas profusamente ilustrado con fotografías de ricas viandas. De otra, durante el trayecto, al pasaje se le proyectaba el film “El festín de Babette”. Pablo llegó a su destino medio desmayado de hambre, convencido de que, en una distracción, alguien le había sustituido el estómago por una bolsa de papel agujereada de parte a parte.
“Siempre viajando, siempre en tránsito… Siempre estando en dos sitios a la vez, el que dejas y el que te acoge, el que te despide y el que te recibe. Pensando en el lugar al que vas y el lugar del que vienes…” se decía Pablo al bajar del tren y dar sus primeros pasos por el andén. “Yendo y viniendo parece más difícil no confundir el presente con el porvenir, o con el pasado”. Observó que la estación estaba invadida por una espesa e inesperada niebla, misteriosa y sorprendente, que parecía posarse blanda y tenaz, como hacen esos tristes recuerdos que nos acompañan toda la vida, reluctantes a nuestros inútiles deseos de higiénico olvido. Caminando a través de aquella envolvente y húmeda miasma gris que le ocultaba el entorno y toda posibilidad de perspectiva, Pablo pensó en el solipsismo del que era militante ocasional desde los doce años, edad en la que explicó esta teoría a sus compañeros de juegos, aun antes de saber que existiera tal cosa. Los amigos de Pablo ya le tenían catalogado de chiflado antes de escuchar de su boca que ellos eran producto de su imaginación y que desaparecían en el momento en el que dejaba de percibirles, pero, en cualquier caso, aquella formulación les resultó definitiva. Pablo recordaba sus caras ahora, casi cuarenta años después, pensando en que, tal vez, en medio de aquella niebla les hubiera resultado más convincente.
Uno podía llegar a pensar que no existía nadie más en el mundo inmerso en una atmósfera que se comportaba como una venda puesta ante los ojos. Pablo oía pasos, algunas voces confusas y el traqueteo característico de las maletas provistas de ruedas. Cuando llegó a la cafetería de la estación, al hambre que le aguijoneaba se había sumado una melancólica sensación de desamparo.
-Un bocadillo de tortilla de patatas y una cerveza –pidió Pablo al camarero, un cincuentón calvo y de ojos demasiado juntos, que servía sin dejar de mirar la pantalla de la televisión, donde se emitían los resúmenes de los partidos de fútbol de la jornada liguera.
-Le cobrarán en caja –explicó el camarero a Pablo mientras hacía crujir sus mandíbulas al comprobar que su equipo, el Club Deportivo Español, había vuelto a ser bochornosamente derrotado.
En la caja de la cafetería, una mujer anciana, con aspecto de haber superado hacía tiempo la edad de jubilación, esperaba a Pablo con una dulce sonrisa impresa en los marchitos labios. A Pablo le recordó a su propia madre cuando le alargó el tíquet y buscó su billetera para pagar.
-No, no, hijo mío, no es necesario que me dé dinero –rechazó con un gesto la cajera-. En lugar de eso, me pagará con una confesión y una promesa.
-No comprendo –respondió Pablo, perplejo -.¿Qué se supone que debo confesar? ¿Qué debo prometer? ¡Sólo quiero pagar por el bocadillo y la bebida!
-Confiesa, al menos, que tienes hambre.
-Está bien –concedió Pablo-, confieso que tengo hambre. Pero tengo propósito de enmienda: voy a comerme ese bocadillo, si usted me lo permite.
-¿No tienes nada más que confesar? ¿Has sido bueno con tu madre?
Pablo miró al exterior. La niebla parecía haber adquirido una corporeidad ominosa, como si fuera menester valerse de un machete para abrirse paso en ella.
-A mi madre nunca le he escuchado. Ya sé lo que va a decir y siempre me adelanto. No le dejo hablar – confesó Pablo.
La cajera, que había parecido rejuvenecer súbitamente, puso sobre el mostrador una copa colmada de un espeso licor rojo.
-Has hecho una buena confesión y detecto tu arrepentimiento. Sólo falta que hagas una promesa y podrás beber el contenido de este cáliz.
-Gracias, me conformo con mi bocadillo y mi cervecita… -repuso Pablo mirando con ojos anhelantes a su frugal cena, que le parecía ya inalcanzable, en poder de la intrigante empleada.
-Escúchame con atención: si me haces una promesa que lo merezca, podrás beber este rico néctar y, debo advertirte, quien lo bebe, cumple, necesariamente, cualquier promesa que haga. Así que piensa bien en qué promesa tendrías especial interés en cumplir.
Pablo pensó en Teresa, en la merienda que ella había olvidado hacerle y declaró, con voz firme y clara:

-Prometo que amaré a Teresa toda mi vida y que haré todo lo posible por hacerla feliz. –Y, alargando la mano, tomó la copa, que rebosaba, y la vació de un largo trago. Fuera, la niebla se disipó y Pablo caminó entonces en la noche, hacia su solitaria habitación, olvidando sobre el pupitre de la cajera su bocadillo y su cerveza.

domingo, noviembre 24, 2013

"I twat I taw a puddy tat!"

El vendedor le relató una larga historia que Juan tuvo buen cuidado en no escuchar. No le interesaba saber quién había sido Rosario de Castro, a cuya dirección de la calle Canalejas, número 2, de Sevilla, habían sido remitidas todas esas cartas que formaban el paquete envuelto con un lazo que le estaba vendiendo. Prefería descubrirlo por sí mismo cuando, en un futuro incierto, de cercanía indeterminada, decidiera leerlas.
Un paquete de viejas cartas en el bolsillo, que acariciaba en el bolsillo de su chaqueta, fue aquel domingo de mercadillo, su compañía en el camino de vuelta a casa. Juan vivía en una de esas cámaras, semejantes a madrigueras, en las que viven los individuos solitarios que habitan el subsuelo de todas las grandes ciudades. Desheredados de la fortuna, pusilánimes melancólicos, majaderos irredentos, deficitarios afectivos, psicópatas emocionales que entregarían su alma por una sonrisa, si la tuvieran. En las desnudas paredes de la celda de Juan, similar a todas las demás celdas de sus anónimos compañeros de infortunio, se podía hallar, como única pertenencia visible, al margen del imprescindible y escaso mobiliario, un grueso volumen, de grandes dimensiones, dotado de un cierre. En el lomo de su único libro, el título “Mis pecados”, indicaba al inexistente visitante que en él se recogían las causas de su reclusión, las terribles ofensas cometidas contras las leyes humanas y divinas que le habían despojado de toda esperanza, de toda ilusión, de toda alegría, y le habían relegado a vivir en soledad, bajo las plantas de los pies de la gente inmisericordemente normal.
La noche de aquel domingo de mercadillo, un sonido tenue y sordo perturbó el frágil sueño de Juan. Encendió la desnuda bombilla que colgaba del techo de su dormitorio y, tras extender su mirada a los cuatro rincones de la monacal habitación, encontró un pequeño pajarillo que aleteaba en el suelo de baldosas agrietadas. Juan tomó al polluelo entre sus manos y lo observó con detenimiento, acercándolo tanto a sus ojos que podía distinguir hasta el último poro y la última cánula. Nunca había visto ave alguna que se le asemejara. No era capaz de afirmar a qué especie podría pertenecer. Lo que se le reveló evidente fue que era imposible que ningún pájaro, y menos uno que fuera incapaz de volar como aquel, se hubiera introducido en su recóndita guarida. Juan intentó alimentar al avecilla con pequeñas porciones de todo lo que contenía su parca despensa, sin conseguir que aceptara probar bocado. Se acercaba la hora del alba cuando desató el paquete de cartas que había comprado por la mañana, tomó la que estaba encima del montón y la desmenuzó y la empapó en agua. El pajarillo la engulló al instante con aparente deleite.
Cada día, en las tres siguientes semanas, Juan le entregó al pájaro una nueva carta de las que habían alimentado el amor de una tal Rosario de Castro y cada día el pájaro crecía y se hacía más hermoso. En un mes, las cartas se habían terminado y el pájaro había crecido hasta alcanzar el tamaño de Juan y estaba vestido de las más brillantes y coloridas plumas, de tacto sedoso.  Juan ya amaba a su pájaro más que a su vida por aquel entonces y en su corazón se debatía el deseo de retenerle a su lado contra la obligación moral de concederle la libertad. A la hora en que solía alimentar a su amado pájaro, Juan le miró con expresión interrogativa. El extraordinario ave le devolvió la mirada con sus increíbles ojos verdes, luminosos como dos estrellas, en lo que Juan consideró una dulcísima reclamación de comida. Pese a que aquel habría sido un buen momento para liberarle, Juan decidió intentar algo diferente, por ver si todavía era capaz de procurarle alimento. Rompió el cierre de su libro y lo abrió por la primera página. En el lugar en el que habían estado escritos sus pecados ya no había nada.
-En ese libro, Juan, no hay nada escrito –dijo el pájaro.

Y nunca más se supo nada de Juan ni de su pájaro, pero todos sabemos que, desde entonces,  fueron felices y siguieron juntos para siempre.

lunes, noviembre 18, 2013

Cuestiones candentes en el "Bergman"

-¿No has estado en Calamocha, tú?
-¿Qué?
-¿No has estado en Calamocha?
No había muchos parroquianos en el “Bergman”, un exquisito bar musical en el que se escuchaban viejas grabaciones de jazz los lunes y los jueves y un local de actuaciones en vivo más ruidosas los viernes y los sábados. Aquel día era domingo, jornada semanal reservada a las actuaciones de grupos de aficionados.  Ramón observó al tipo que le había interrogado tan inopinadamente sobre cuestión tan críptica. Se trataba de un individuo de mediana edad que parecía disfrazado de predicador, vestido con jersey gris, chaqueta oscura con coderas y gruesas gafas de pasta.
-Mire, amigo, no entiendo lo que me está preguntando. Lo cierto es que ni siquiera sé qué es Calamocha, ni, por supuesto, dónde se encuentra.
-No importa, amigo, en este mundo facundo, quien no va el primero va el segundo.
El concierto de aficionados que estaba anunciado para aquella noche era el de un grupo punk de chicas llamado “Las Clavículas Autoconclusivas”, al que su reducido séquito de fans conocía habitualmente como “Las Clavículas”. Las chicas, que contaban con un equipo tan precario que los cables de las guitarras estaban pelados por varios sitios, sufrían habitualmente varias descargas eléctricas en el transcurso de sus actuaciones, la cual cosa, dadas las características estridentes de su estilo vocal y la espectacular tiesura de sus crestas capilares, nadie entre el público era capaz de advertir.
En la barra del “Bergman”, Ramón seguía sufriendo el desconcertante acoso del desconocido con aspecto de reverendo.
-¿Conoce usted la historia de dos que iban por el camino y uno le decía al otro: “No me fío de la mitad de la cuadrilla”, y eran padre e hijo?
-No. Oiga ¿va usted a darme la murga toda la noche?
-Le soy sincero, no estoy aquí para darle la murga. Estoy esperando a mi chica. Verá, quiero hacerle una pregunta, cuando llegue.
Ramón no pudo evitar observar detenidamente la expresión del desconocido, nítidamente expectante. Se encogió de hombros y preguntó:
-Está bien, dígame, ¿cuál es la pregunta?
-¿Qué le dijo la manzana al gusano?

Ramón apuró su copa y salió al frío de la noche. Tomó el metro, llegó a su domicilio, un pequeño apartamento atestado de películas y libros de cine, se desvistió, se acostó y pensó infructuosamente en la respuesta a la pregunta que había formulado el desconocido. “¡Maldito lunático!”, exclamó mentalmente a las cuatro de la madrugada, sin poder dar con ella. Poco antes, en el “Bergman”, la chica del aparente sacerdote de paisano había contestado a su pregunta, sin inmutarse: “Me gusta que estés dentro de mí” y el tipo había salido a la calle a la carrera. Llovía a cántaros, pero sonreía.

domingo, noviembre 10, 2013

Nunca borro nada

-Esta mañana olvidé ponerme las gafas y confundí a mi esposa con un legionario romano, al calendario con una hoja de afeitar y al jefe de mi negociado con una lombriz de tierra. Cuando quise abrir la puerta, abrí una ventana y en lugar de salir de casa, entré en crisis. Me colé en la boca del metro aprovechando un bostezo y cedí el asiento a una persona que estaba sentada. Luego recordé que no necesito gafas y todo se fue normalizando. Y, bueno, por eso estoy aquí.
-Gracias – contestó el entrevistador de la “Dangling Co.”, la conocida asesoría que facilita a sus clientes la penosa tarea de zanjar una conversación pendiente -. No está mal para empezar. Ahora le formularé algunas preguntas o le sugeriré algunas palabras clave. Dependiendo de sus respuestas y sus comentarios, le orientaremos sobre el modo de resolver su pequeño problema. ¿Le apetece tomar algo?
-¿Forma parte de la encuesta esta pregunta?
-No, se lo pregunto sólo por si le apetece beber algo… Algunos clientes necesitan un par de cervezas, o un gin-tonic… para abrir camino.
Ciertamente, hacía calor en el despacho del entrevistador, una pieza rectangular completamente cerrada, iluminada con un gran plafón que desprendía una luz tan blanca como hostil. El silencio resultaba ominoso y acaso un par de tragos habrían ayudado a Cairo a explicarse mejor, pero pensó que eso sería poco deportivo y declinó la oferta.
-No, gracias. Prefiero contestar a palo seco.
-Perfectamente. ¿Por qué le llaman Cairo? No es su nombre auténtico ¿verdad?
-Es así como me llaman –replicó Cairo, encogiéndose de hombros- así que ése debe ser mi nombre auténtico ¿no cree?
-Ya, pero ¿no sabe por qué? –insistió el entrevistador.
-Es porque el tipo que me puso ese sobrenombre tenía gracia para poner sobrenombres, solía imponer su criterio.
-Hábleme de él.
-Era un tipo gordito, muy charlatán. Hablaba deprisa. Tenía la mente ágil, mucha labia. Le caía simpático a todo el mundo. Supongo que por eso nadie le apreciaba demasiado.
-¿Qué le sugiere la palabra “Esperanza”?
-Tienes que escribir “Espera” antes de escribir “Esperanza”. Aparte de eso, está bien. Es bonita.
-Dígame algo de su infancia.
-Transcurrió antes de mi juventud.
-¿Recuerda algo de ella que le haga añorar aquella etapa de su vida en particular?
-Añoro la confusión de aquellos años en los que se mezclaban alegremente ficciones y realidad –contestó Cairo sin vacilar-. Me fascinaba la serie de televisión “El Santo”, aunque supongo que, sobre todo, era por el muñequito con aureola que salía en los títulos de crédito. Y lo que me resultaba incomprensible era que no sabía con certeza quién era El Santo. Aparte del esquemático muñequito, me encontraba con que en las revistas ponía que era Roger Moore, aunque yo había leído en algún sitio que era Leslie Charteris, e incluso un tal Simon Templar. Yo era muy pequeño entonces y me hacía un lío con facilidad. Luego confundía a los Jackson Five con los Harlem Globetrotters, y me costó una enormidad aceptar que unos y otros tenían una existencia real previa a ser concebidos como dibujos animados. Para mí era al revés, lo mismo que Los Beatles. Con Los Archies, me llevé la sorpresa inmensa de que, en su caso, sí eran dibujos animados “reales”… Luego estaban todos aquellos animales, tan inmaculadamente humanos, tan admirables… Lo mejor de mi infancia fueron los animales humanizados a los que amé a través de la pantalla de la televisión. Sin tocarlos, ni darles, siquiera, un terrón de azúcar. ¿Quiere que le dé una lista?
-Por favor –pidió, con un amplio gesto, el entrevistador-. Adelante.
-El perro Rin-tin-tín, la mona Chita, la perra Lassie, el león bizco Clarence, la mona Judy, el delfín Flipper, el oso Ben, el canguro Skippy, el pato Saturnino, el caballo Furia… Todos ellos eran leales y heroicos, abnegados y cariñosos… todo lo que no eran los humanos con los que trataba a diario.
-¿Piensa en alguien en particular?
-Sí, pienso en los tipos que me educaron, que se hacían llamar “hermanos” y que me llenaron la cabeza de basura. Nunca se lo agradeceré bastante. Créame: nunca.
-¿Cómo se llamaban?
-Estaba el hermano Lorenzo, que era el más gordo. Luego había uno muy pequeñito, el hermano Eutiquio, que parecía siempre a punto de quebrarse. Los había histéricos, como el hermano Honorato, cínicos, como el hermano Ángel, borrachos, como el hermano Manolo, depresivos, como el hermano Emilio, o simplemente sádicos, como el hermano Luis. Externos a la hermandad, pero profesando la misma sagrada misión de deformar a cuanto niño cayera en sus manos estaban los “dones”: Don Moisés, que amenazaba con defenestrar a un alumno para regocijo de sus compañeritos, don Alfredo, que fumaba puros y se hacía atar los zapatos por el niño más bajito de la clase (que, en formación, era el que le pillaba más cerca, no era por perversión) o don Felicísimo, un individuo decrépito de aspecto siniestro y gangsteril que solía poner motes a sus discípulos antes de abofetearles con las escasas energías que le quedaban en el consumido cuerpo.
-Algo bueno obtendría en el colegio…-reprochó el entrevistador con tono conciliador.
-Sí, los bocadillos que me preparaba mi madre eran buenos.
En aquel momento del diálogo, se abrió la puerta del despacho y entró en él una joven con aspecto de secretaria que caminó directamente hasta ponerse al lado del entrevistador. Le susurró a éste algo al oído y se retiró dando media vuelta. No miró a Cairo ni de soslayo.
-Lo siento, señor Cairo, no podemos ayudarle con su conversación pendiente.
-Pero… ¿por qué? ¿Qué pasa?
-Es condición indispensable que sea usted absolutamente sincero con nosotros; en caso contrario, no podemos ayudarle… Verá – añadió el entrevistador, a modo de explicación-, nos están observando y mis compañeros han detectado que está usted tratando de engañarnos. Tendrá que resolver por sus propios medios su conversación pendiente.
-Me lo suponía. Siempre es lo mismo. Nadie te ayuda realmente.
-Nuestro negocio consiste en hacer creer a la gente que sí les ayudamos pero, en confianza, y ya que no puede usted ser cliente nuestro, le diré que eso de ayudarse, es tarea que sólo uno mismo puede realizar de veras.
-Gracias de todos modos –se despidió Cairo, levantándose.

Al salir a la calle, Cairo respiró el viento frío de la noche y tan pronto dobló una esquina, se despojó de los zapatos con alzas, la nariz postiza, la larga peluca negra, los dientes blancos y perfectamente alineados, las hombreras de su chaqueta, la faja con que se ceñía el abdomen, el carnet de socio de Green Peace y las lentillas que convertían sus ojos pardos en azules. Cairo llegó a su casa medio desnudo y sin nada que decir.

domingo, noviembre 03, 2013

Eliseo cambia de vida

La descripción de la monótona vida de una persona aburrida suele resultar aburrida. Eliseo Campos vivía la suya con angustiosa precisión, al amparo de las tormentas y carente del menor atisbo de pasión. Poseía una pequeña tienducha en la que se amontonaban esos objetos viejos a los que únicamente los coleccionistas de naderías otorgan algún valor. Pequeños retazos del pasado carentes de la nobleza de la antigüedad pero insuflados del ánima de lo entrañable. Mal negociante, peor comerciante, Eliseo solía comprar para su propio disfrute y sólo vendía el material que menos le interesaba o que tenía duplicado. En los anaqueles de su establecimiento se acumulaban ingentes cantidades de viejas revistas, libros, tebeos, discos de vinilo, pequeños juguetes, muñecos, calendarios, afiches publicitarios, fotografías de artistas, posavasos… Expuestos en vitrinas tenía anteojos, catalejos, abalorios, jarritas, guantes, abanicos, pastilleros, misales, cajas de nácar, cuentos troquelados y  palmatorias de porcelana.
Inmerso en el proceso silencioso de convertirse en una más de sus mercancías, fue como a Eliseo le sorprendió la noticia del fallecimiento de Trinidad Mendoza, actriz hija de actores (su padre, Pedro Mendoza había sido de los contados españoles que trabajaron en los inicios del sonoro, en Hollywood), olvidada por el público mas reseñada por la historia, en el pueblo natal de su difunto marido, en un punto irrelevante de la geografía asturiana. Eliseo guardaba como una de sus más preciadas posesiones un ejemplar de la revista Cámara en cuya portada gobernaba un regio retrato de la estrella, que él había conseguido que le firmara en 1977, cuando, tras un prolongado y oscuro periodo de estancia en Argentina, la actriz había recobrado la atención de la crítica al reaparecer en los escenarios madrileños, estrenando una obra de prestigio. Después de aquella recuperación profesional, que le valió el Premio Nacional de Teatro (concedido no sin generar cierta polémica, por ser considerado por sus colegas como un dividendo de su pasada gloria), Trinidad Mendoza no volvió a gozar de otro papel relevante ni en la pantalla ni en la escena y vivió casi retirada, sin aceptar homenajes que, por otra parte, nadie le ofreció.
¿Cómo nacen en nuestra mente las ideas descabelladas? Si lo supiéramos tal vez querríamos cortar de raíz tan indeseable mala hierba y nos perderíamos las mejores cosas de la vida. El caso es que Eliseo, tan pronto oyó en su vieja radio la noticia de la muerte de la actriz y el nombre del lugar en el que iba a recibir eterna sepultura, concibió al instante la idea de ponerse en camino y ofrecerle, en homenaje, su ejemplar de Cámara, que hacía más de cuarenta años conservaba. Eliseo recordaba todavía (o creía recordar, que es lo mismo) la afable sonrisa de Trinidad, tan dulce como profunda, y no podía imaginar que seguiría con su propia vida, indiferente al hecho de que aquella persona que acababa de abandonar el mundo de los vivos le hubiera sonreído. Cerró su tienda sin perder un minuto, cargó la revista en el asiento del copiloto en su coche, donde pudiera verla, y emprendió un camino de cuatro horas.
Los primeros instantes del crepúsculo recibieron a Eliseo a las puertas del pequeño cementerio donde aquella mañana había sido enterrada Trinidad Mendoza, uno de esos camposantos en los que los nichos cercan un sembrado de tumbas en las que florecen las cruces y los ángeles sin parecer amenazarlos con su proximidad. Una familia extremadamente delgada, formada por tres miembros: un matrimonio de unos cuarenta años y una hija de unos trece, permanecía de pie, cerca de la entrada, absorta aparentemente en la lectura de los epitafios. La niña, una versión mixta de los rasgos de sus padres y tan delgada que parecía inverosímil que se mantuviera derecha sobre sus escuálidas piernas, poseía una mirada voraz, de ojos glaucos, que sobresalía muy por encima de su endeble personita. Eliseo se preguntó si ellos sabrían decirle el lugar en que se hallaban los restos de la actriz, pero antes de atreverse a preguntar, se dijo que encontraría sin dificultad la tumba pues, necesariamente, estaría cubierta de coronas y flores frescas. Caminó un buen rato entre las lápidas del cementerio semi-desierto hasta que, en uno de los extremos, cercano a la tapia que circundaba el recinto halló la desnuda sepultura de Trinidad Mendoza. No estaba, sin embargo, completamente solitaria. Un hombre gordo, que vestía desaliñadas ropas veraniegas (una imposible camisa de manga corta de cuadros y unos pantalones cortos deportivos) montaba guardia con actitud impasible, luciendo una descuidada y cerrada barba negra. Eliseo lo miró con profundo desagrado, con el inconfesable sentimiento de avergonzarse por compartir aquel momento con tal personaje. Esperó unos minutos hasta que, con alivio, asistió a la marcha del corpulento barbudo, momento que aprovechó para hacer su ofrenda, su querida revista de portada autografiada, que lució a la incierta luz de unos escasos faroles, como la desmayada versión de un icono bizantino.
-Muy bonito, muy bonito… -sonó una voz a la espalda de Eliseo. Éste se giró y vio a lo que tomó por un hombre cercano a los ochenta años, pero de voz tan fina y de rasgos tan gastados que lo mismo podía tratarse de una mujer, que le sonreía con su boca desdentada.
-Esta revista me la firmó ella ¿Sabe? Hace más de cuarenta años…
-¿Y la ha guardado todo este tiempo? ¡Es asombroso! –la voz sonaba tan suave que actuaba como un sedante sobre el sistema nervioso de Eliseo quien, además, notó entonces de súbito, el cansancio del viaje.
-Soy el guarda del cementerio –explicó el anciano-. No me falta mucho para convertirme en uno de mis inquilinos y nadie se ha molestado en buscarme un reemplazo. Su gesto me ha conmovido, amigo… ¿Sabe que ha sido un entierro bastante desangelado? No tenía ni idea de que fuera una artista… ¿Trabajaba bien?
-Muy bien, era muy buena.
- Le invito a un café. Venga a mi garita.
Eliseo siguió al viejo guarda a través de las callecitas de tumbas hasta su ínfima y precaria vivienda. Una vez allí, el sepulturero, que se presentó como Dimas, excusó no tener café y preparó a Eliseo una infusión que, aclaró, era una “invención suya”. Eliseo engulló el brebaje disimulando su desagrado y, en pocos instantes, sintió un inesperado bienestar. Sólo cuando Dimas reconoció ese particular estado en su invitado, empezó a hablarle otra vez.
-No se ofenda, amigo… ¿Eliseo, me dijo? No se ofenda, pero tiene usted el aspecto del hombre que nunca ha ganado ni perdido, en su vida, porque nunca se ha expuesto a perder. Y esa es una triste manera de vivir. Hoy ha hecho algo hermoso, pero es algo que quedará para siempre encerrado en usted y eso es casi tanto como si nunca hubiera ocurrido.
Eliseo escuchaba al anciano invadido por un dulce sopor que aumentaba progresivamente. Paseaba su mirada por las escuetas paredes y observaba los ralos detalles que las cubrían. Alguna reproducción colgaba sobre el papel pintado y en una estantería reposaban una veintena de libros de Karl May y de Zane Grey.
-Yo mismo, he vivido solo casi toda la vida, pero al menos he amado, aunque sin fortuna. Me expuse y eso me permite afirmar que he vivido. No hay amargura en mí. Ahora que ya soy viejo tengo el consuelo de poder maldecir mi infortunio, pero no a mí mismo. Verá, le voy a contar una historia que me contaron a mí cuando tomé este puesto, decidido a enterrar mi suerte entre los muertos y enterrados. Si alguna vez quiere contársela, a su vez, a alguien, puede llamarla “El bolsillo”
“La indecisión anidaba impía en el pecho de mi amigo Eutiquio como la hiedra venenosa medra en los árboles que abraza. Su incapacidad para decidirse por izquierdas o derechas le torturaba sin descanso y le ahogaba en su lecho por las noches. No podía dar un paso, doblado por el peso de la incertidumbre y así me lo hacía saber siempre que nos encontrábamos. Compadecido y también algo harto, un día le insté con energía a que se pusiera en manos de Dios, que es todo comprensión, para que éste le mostrara el camino. Eutiquio, movido por las alas de la desesperación, entró acto seguido en la iglesia arrojándose a los pies del altar como el náufrago que arriba a tierra firme, e imploró la iluminación divina. Dios le habló a Eutiquio con voz clara y paternal diciéndole: “Ve a tu casa, hijo mío, y en el bolsillo derecho de tu chaqueta, que has dejado colgada en la percha del vestíbulo, encontrarás siempre la respuesta a todas las dudas que se te planteen en la vida”. El paso presuroso que Eutiquio adoptó al salir de la iglesia fue, en pocos instantes, menguando conforme se acercaba a su casa. Cuando se halló ante su puerta, Eutiquio apenas podía moverse. Se acostó aquella noche sin mirar siquiera su chaqueta. A la mañana siguiente, cuando llegó el aprendiz de su taller, le pidió que hiciera algo que nunca le había pedido. “Fermín –le dijo al muchacho- hazme el favor de ponerme la chaqueta, que voy a salir”. El chico se extrañó un tanto, pero le puso la prenda sin rechistar. Eutiquio salió de su sastrería y vagó sin rumbo fijo durante toda la jornada, sin osar meter su mano diestra en el bolsillo. Aquella noche, perdida la razón, pálido, ojeroso, y con la mirada extraviada, se presentó en mi casa, dando voces. Esgrimía un hacha. “¡Córtame la mano! Te lo suplico, córtame la mano derecha, Dimas!”
-¿Y se la cortó? –preguntó Eliseo, momentáneamente espabilado.
-¡No, hombre, le cosí el bolsillo! Algunas personas no quieren tener el destino en su mano. Prefieren no tenerlo. Es un error, pero es muy difícil convencerlas. Ni Dios puede.
“Ni Dios puede” Eliseo cerró los ojos con vagas imágenes de tardes de domingo en la iglesia, acompañando a su madre, muchos años atrás. Velas, incienso, campanillas, velos, misales, susurros, un sagrario en el que se vislumbra una luz infinitesimal y una tristeza infinita. Cuando despertó, estaba solo. Eliseo llamó al viejo y hasta se asomó al interior del resto de su exigua vivienda, sin encontrarle. “Tendré que irme sin despedirme”, pensó. Salió al frío exterior. Muy lejos ladraba un perro y se oía pasar alguna moto. Eliseo anduvo con paso rápido y llegó enseguida al portón del cementerio, sólo para encontrarse con que la salida estaba cerrada. Miró el reloj: eran poco más de las doce. Ya iba a volver a la garita del guarda, convencido de que Dimas volvería, cuando, de algún punto, entre las tumbas, surgió una voz cristalina.
-Gracias.
Antes de volver la cabeza, Eliseo supo quién le estaba dando las gracias. Lo supo y no tuvo miedo. De algún modo inexplicable, lo estaba esperando.
-¿Vas a ser mi amigo, verdad?

Eliseo miró a la niña. Era muy delgada, como la que había visto por la tarde, acompañada por sus padres, pero esta tenía el cabello oscuro y más corto. Sus ojos, verdes, relucían a la mortecina luz de los faroles. Contra su pecho virginal, sostenía con ambas manos el ejemplar de la revista Cámara.
-¿Te quedarás siempre conmigo? Tengo una casita para los dos. Es un iglú, como el de los esquimales.
-No puedo, niña; lo siento. Tengo que irme… Tengo una tienda –Eliseo hablaba sin convicción, consciente de que sólo estaba ofreciendo débiles excusas. La niña empezó a llorar dejando caer de sus brillantes ojos gruesas lágrimas como gotas de rocío.
-No llores, por favor. Me gusta que seas llorona –añadió Eliseo sonriendo- pero no que llores.

Y desde aquel momento y hora, Eliseo cambió de vida.