Lady Filstrup (3ª época)

Dedicado a la música ligera, actores españoles y tebeos de Bruguera (porque sí, porque rima).

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Lugar: El Escorial, Madrid, Spain

miércoles, agosto 18, 2010

Pequeño muestrario de artistas CIFESA

Recientemente, en este weblog (o lo que sea) recordábamos la belleza sana y límpida de Isabel de Pomés a través de cuatro retratos suyos que retenían su imagen a lo largo de distintos momentos de su carrera artística. Del mismo baúl que salió uno de ellos, extrae hoy este burgomaestre atolondrado ocho retratos más de otros tantos artistas, los cuales forman parte de una colección de programas de mano que editó la productora valenciana “CIFESA” para difundir su particular constelación de estrellas cinematográficas. Sirva este parcial muestrario de luminarias de la pantalla española de refrescante recreo veraniego y, al tiempo, de reflexión sobre pasados usos y procedimientos empresariales, cuando en este país, pese a la extremadamente delicada situación económica producto de una posguerra terrible, existía algo que pretendía remedar, con parcial éxito, la industria cinematográfica internacional.


A Manuel Luna (Manuel Luna Baños, Sevilla, 27-04-1898 – Madrid, 9/06/1958) se le recuerda especialmente por su periodo, durante la década de los 30, en los films más reputados y exitosos de la pareja formada por Florián Rey e Imperio Argentina, tales como “Nobleza baturra”, “Morena Clara”, “Carmen la de Triana” o “La canción de Aixa”, alcanzando, años después, el que quizá sea su mayor éxito profesional de la mano de José Luis Sáenz de Heredia al interpretar el personaje de Diego en “El escándalo” (1943). Formado, como es preceptivo y recomendable, en el teatro, este actor sevillano, casado con la actriz Cándida Meana, forjó en la pantalla el prototipo del traidor, especialmente odioso en films como “Un drama nuevo” (Juan de Orduña, 1946) o en “Locura de amor” (Juan de Orduña, 1948), aunque consiguió escapar del encasillamiento dando vida con la misma solvencia a roles positivos, como al tozudo Pedro Crespo de “El alcalde de Zalamea” o a diversos curas que, embutido en la correspondiente sotana, personificó en sus últimos films, tales como el que aparecía en “De mujer a mujer” (Luis Lucía, 1950). De su amistad con Jesús Tordesillas (del que algo hemos hablado aquí) tuvo origen una continuada y fecunda colaboración tanto en el cine como sobre los escenarios, formando ambos una compañía teatral que sólo la muerte pudo truncar. Premiada su labor interpretativa hasta por cuatro títulos en un solo año (1946), obtuvo a título póstumo el Premio Especial del Sindicato Nacional del Espectáculo en 1958.

Manuel Luna, que en su infancia de siete años ya soñaba, ante su teatrito de papel, con llegar a ser actor, que se inició en representaciones escolares en el colegio de los Salesianos y que, durante su primer empleo en una oficina de Sevilla, se apuntó a un Círculo donde formó compañía de aficionados que actuaban en funciones a las que se podía asistir por el precio de cinco pesetas mensuales, concedía una entrevista en 1943 de la que recogemos aquí un extracto de su repaso a su trayectoria teatral anterior a su debut en el cine: “Un verano, en la caseta del Casino Sevillano, se abrió un teatro en el que actuaron María Gámez y José García Aguilar. En esta compañía entré, con el gran sueldo de una peseta diaria (...) de golpe, me vi obligado a representar los galanes que, como aficionado, había hecho en el Círculo. (...) ...marchamos por toda la provincia. Lógicamente, abandoné la oficina, y, por ello, se me asignaron seis pesetas de sueldo diario. Estuvimos así casi un año. Regresé a Sevilla y, sin temor a la indigencia, muy osado, marché a Madrid. (...) ... gracias a que iba recomendado, viví gratuitamente en una pensión. (...) ... fui contratado por María Palou. (...) ... con posterioridad. Con Ricardo Puga, con Rosario Pino, con Bonafé, en el teatro de la Comedia, (...) ; después, en el Teatro Rey Alfonso, de nuevo con la Palou, con Valeriano León, con el que actué siete años (...); después con María Fernanda Ladrón de Guevara y Rafael Ribelles, en el Fontalba (...) luego hice una temporada por provincias con Irene López de Heredia...” Que tomen nota los que se ponen ante la cámara a la buena de Dios.


Caso radicalmente distinto al de Manuel Luna fue el de la protagonista del siguiente cromo de nuestra colección de “Artistas CIFESA”. Sin apenas experiencia digna de mención en el escenario (bailó un poco, de niña) previa a su debut en la gran pantalla, fue una estrella del cine y, por tanto, más una presencia que una actriz. Fue Conchita Montenegro una de nuestras artistas de mayor proyección internacional, si no la que alcanzó mayor esplendor. Mucho antes que Sara Montiel y con mayor repercusión fuera de nuestras fronteras, y muchísimo antes que Penélope Cruz, Conchita Montenegro (Concepción Andrés Picado, San Sebastián, 11-09-1911 – Madrid, 22-04-2007) desplegó su magnetismo misterioso en films de producción francesa, norteamericana e italiana, siendo dirigida por grandes talentos como los de Robert Siodmak, Jacques Becker, W. S. Van Dyke o Carmine Gallione, y por profesionales tan prolíficos como Irving Cummings o Lewis Séller, entre 1927 y 1939. Al término de la guerra civil, regresa a España, donde acomoda su estatus de estrella internacional a la raquítica industria nacional, protagonizando films que son éxitos como “Ídolos” (Florián Rey, 1943) y “Boda en el infierno” y “Lola Montes”, de Antonio Román (1942 y 1944, respectivamente), así como la malograda “Rojo y negro”, de Carlos Arévalo, film falangista condenado al ostracismo tan pronto como fue estrenado. La magnificiente “Lola Montes” fue el canto de cisne de esta actriz de elegancia suprema, que pese a su firme vocación artística prefirió cambiar el oropel de la vida pública por la seguridad blindada de la privada al contraer matrimonio con el influyente diplomático Ricardo Giménez Arnau. Sin embargo, no hacía mucho (sólo unos meses antes, lo contaba en una entrevista), que todavía se emocionaba al recordar la impresión que le produjo la propuesta del productor que la inició, siendo una adolescente, en el cine. “Recuerdo un día, en San Juan de Luz, que tomaba la caricia del sol frente al mar, jugueteando con otra niña, cuya amistad habíamos improvisado. Al poco rato, un señor elegante, de mediana edad, se acercó a nosotras. Niña, vente conmigo –dijo a mi compañera cogiéndola de la mano-. Era el padre de aquella niña. Luego, fijándose en mí, me dijo súbitamente: Pequeña, ¿aceptarías un contrato que yo te ofreciera para trabajar en el cine? Aquel señor era monsier Sapin. Creo que aquella emoción, unida al panorama espléndido de la playa, fue una de las impresiones más fuertes de mi vida.”


El protagonista de nuestro tercer cromo está hoy más que olvidado, la cual cosa tendría justificación siquiera fuera por haberse producido su prematuro fallecimiento (víctima de una rápida y cruel enfermedad) hace la friolera de sesenta y siete años. Nacido en Sevilla, Miguel Pozanco completó sus estudios de Derecho en la capital hispalense y ejerció el periodismo antes de dar cumplimiento a su inclinación por las tablas. Tras adquirir profesionalidad en el teatro, su carrera cinematográfica se inició tardíamente, en 1939, y se prolongó por el breve espacio de un lustro. En ese ínterin, sin embargo, tuvo oportunidad de, habitualmente bajo el lustroso manto de CIFESA, actuar en films de cierto éxito, como el “A mí la legión” (1942) de Juan de Orduña, que le permitió exhibir su gracia cuartelera, o el mucho menos celebrado (casi podríamos decir que desastroso) “Un caballero famoso” (José Buchs, también de 1942), donde volvió a secundar al primer galán de la “Antorcha de los éxitos”, don Alfredo Mayo, aportando su peculiar gracia andaluza (a la que los aragoneses, por cierto, somos abiertamente refractarios). A las órdenes de Rafael Gil, tuvo un papel destacado en uno de sus films más singulares (debido a la inventiva de José Santugini), el osado “Viaje sin destino” (una vez más, de 1942), en el que le cupo en suerte interpretar a Hernado, uno de los componentes del grupo de viajeros a los que se les obsequiaba con un periplo por el misterio y el suspense más descabellado. Miguel Pozanco, que actuó con Pepe Isbert en el teatro Eslava de Valencia, integrando la compañía que completaban María Mayor, Irene Barroso, Adela Caboné, Amparo Martí, José Bruguera y Emilio Mesejo, estrenó a Jacinto Benavente en el teatro Fontalba, concretamente sus comedias “La melodía del Jazz Band” (donde hizo el papel de Martín) y “La duquesa gitana” (en la que se le repartió el rol de don León) en los octubres de 1931 y 1932, respectivamente. De su corta trayectoria cinematográfica nos ha quedado, es cierto, poca huella, pero no sería justo olvidar completamente a este cómico, netamente apegado al gusto popular, que encontró un final prematuro el 21 de junio 1943, sólo dos meses más tarde del estreno de uno de los mejores films en los que participó (nuevamente, con protagonismo de Alfredo Mayo), la comedia de Juan de Orduña “Deliciosamente tontos”, donde hacía el papel de “Don Cástulo” y en el que, por cierto, también actuaba Pedro Barreto, actor que también fallecería ese mismo año, dejando por estrenar un film póstumo, el cortometraje “Manolo Reyes”, que dirigió Claudio de la Torre y que se haría público en 1944.


Según la fecha de nacimiento que recogen la mayoría de las fuentes consultadas (14 de agosto de 1924), Eduardo Fajardo debe haber cumplido ochenta y seis años recientemente. Atendiendo a la que publicaron en su libro Carlos Aguilar y Jaume Genover (24 de agosto de 1918), se encuentra próximo a cumplir noventa y dos. En cualquier caso, desde aquí le deseamos que continúe celebrando muchos cumpleaños todavía. En lo que hay unanimidad, es en que el actor, joven estrella CIFESA en los años cuarenta, nació en la población de Mosteiro en Pontevedra, y en que es la suya una de las más abultadas y prolíficas filmografías del cine mundial, superando la escandalosa cifra de los ciento ochenta títulos según algunas fuentes, y alcanzando los ciento sesenta y siete de acuerdo con el cómputo de IMDB. Actor de doblaje en los primeros años de la década, será presencia habitual en las superproducciones CIFESA de los años cuarenta y principios de los cincuenta, películas en las que solía repartírsele el papel del segundo galán, frecuentemente teñido de tonos sombríos o traidores. Con posterioridad a sus destacadas intervenciones en grandes éxitos como “Locura de amor” (Juan de Orduña, 1948), “Agustina de Aragón” (Juan de Orduña, 1950) o “Balarrasa” (José Antonio Nieves Conde, 1950), cambió de aires, trasladándose a México entre los años 1953 y 1965, donde continuó trabajando y extendió el ámbito de sus actividades hasta el medio televisivo, interviniendo en films tan populares como “La llorona” (René Cardona, 1958) y tan reputados como “Macario” (Roberto Gavaldón, 1959). De vuelta a España, ingresó en el vórtice de la vorágine de las coproducciones que caracterizo la segunda mitad de la década de los años sesenta y los primeros años de la siguiente, desplegando una actividad que no hay más remedio que calificar de frenética. Como muestra, valga apuntar que en 1969 intervino en la friolera de dieciséis producciones, año en el que debía estar descansado pues en el anterior había actuado en “sólo” ocho films. Son años en los que compagina su labor actoral con sus acciones en el Sindicato Nacional del Espectáculo. A este periodo de máximo auge laboral (del que destaca, como clásico del género Spaghetti-Western, “Django” –Sergio Corbucci, 1966-) seguirá una cierta decadencia, desmentida popularmente con su excelente interpretación, seguida por millones de teleespectadores en la serie “Tristeza de amor” (1985).

Actor que a lo largo de su inabarcable carrera ha sido capaz de desdoblarse en dos vertientes opuestas, galán elegante (de ambigua moralidad, a menudo) por un lado, y villano rudo y brutal por otro, también ha podido combinar ambas modalidades en papeles de carácter que requerían ser refinado y cruel a un tiempo. De decir exquisito, Eduardo Fajardo podía dominar cualquier escena empleando su bien modulada voz. Y por lo que ha podido comprobar este burgomaestre consultando Youtube, todavía tiene facultades para seguir haciéndolo.


Hijo del mítico actor Julián Romea, el gran Alberto Romea (Alberto Romea Catalina, Madrid, 16-01-1882, 14-04-1959) coincidió con Miguel Pozanco en los repartos de las citadas “Viaje sin destino”, “Un caballero famoso” y “Deliciosamente tontos”. Como el malogrado actor sevillano, también estrenó repetidamente a Benavente, aunque dada la diferencia de categoría alcanzada en la profesión y la muy distinta dimensión de su carrera tanto en el escenario como en la pantalla, cabe decir que terminan ahí las semejanzas entre ambos intérpretes. Alberto Romea tuvo, por citar algunos ejemplos, un papel en el estreno de “La fuerza bruta”, de Benavente, el cual tuvo lugar en el teatro Lara de Madrid, el 10 de noviembre de 1908; otro, en la comedia en tres actos “La propia estimación”, que se representó por vez primera en el teatro de La Comedia, de Madrid, el 22 de diciembre de 1915; así como en la celebérrima y laureada “Los intereses creados”, cuyo estreno se verificó en el antedicho teatro Lara, el 9 de diciembre de 1907. A tan añejos méritos teatrales, coexistentes con sus primeras experiencias fílmicas, Alberto Romea supo sumar triunfos personales en el Séptimo Arte, pese a encarnar en muy contadas ocasiones personajes protagonistas (el padre Manjón de “Forja de Almas” – Eusebio Fernández-Ardavín, 1943, sería uno de los escasos ejemplos mencionables), que han permanecido y permanecerán siempre en la memoria colectiva del público, cuales son su encarnación del don Luis de “Bienvenido Mr. Marschall” (Luis G. Berlanga, 1953), heroica y algo ridícula personificación del último hidalgo español superviviente, y la de otro docente, el don Anselmo de “Historias de la radio” (José Luis Sáenz de Heredia, 1955), milagroso vencedor en una emocionante prueba radiofónica que resuelve con soponcio incluido. Su no confesada imitación de Groucho Marx en el episodio retrospectivo de ambiente onírico (y estilo cinematográfico remedo de los films silentes) también constituye un grato recuerdo para los cinéfilos más avezados. El conjunto de su labor actoral es, probablemente, una de las parcelas fílmicas más entrañables y queridas por el público español.


El protagonista de nuestro siguiente cromo integró, como Alberto Romea, el reparto de la inolvidable “Historias de la radio”, rodada cuando hacía pocos meses que había vuelto de México, país en el que desarrolló su actividad profesional entre 1946 y 1953. Juan Calvo (Juan Calvo Doménech, Onteniente (Valencia), 22-05-1892 – Madrid, 7-03-1962) ya había trabajado fuera de España muchos lustros antes, cuando formando parte de la compañía teatral de Ros Mendizábal había pasado cuatro años de gira por diversos países sudamericanos. Por aquel entonces, precisamente en 1919, y fruto de su unión con la actriz Minerva Gespier, nació su hijo Armando, quien llegaría a ser el famoso galán Armando Calvo (por ejemplo, protagonista, junto a Manuel Luna, de “El escándalo”, y junto a Sara Montiel, de “El último cuplé”). Juan Calvo, que aparece en la imagen del cromo caracterizado como uno de sus personajes más emblemáticos, el universal Sancho Panza de la canónica versión que dirigió Rafael Gil en 1947 (y que el actor interpretó trazando un paréntesis en su periodo mexicano), fue uno de los característicos más convincentes y eficaces de los excelentes actores que compusieron los repartos del cine español de los años cincuenta. Habitual de Berlanga, Vajda o Gil, Juan Calvo desarrolló su labor en los escenarios desde 1916, uniendo a su calidad de actor dramático la de cantante. Debutó en la pantalla en un pequeño papel de “La hermana San Sulpicio”, de Florián Rey en 1934 y se le recuerda hoy especialmente por su inolvidable Fray Papilla de “Marcelino Pan y Vino”, que firmara Ladislao Vajda en 1955. Con el cineasta nacido en Budapest, ya había actuado Juan Calvo previamente, datándose su primera colaboración en 1940, cuando filmaron “Conjura en Venecia”, el primero de una serie de films que el actor rodó en Italia a lo largo de dos años. A partir de ese título, Juan Calvo fue una presencia prácticamente constante en el cine del genial cineasta, no faltando en los repartos de la citada “Marcelino, Pan y Vino”, “El testamento del virrey”, “Cinco lobitos”, “Aventuras del barbero de Sevilla”, “Tarde de toros” y “Mi tío Jacinto”. Aún más frecuente en el cine de Rafael Gil, para quien actuó en “Huella de luz”, “Eloísa está debajo de un almendor”, “El clavo”, “El fantasma y doña Juanita”, “Lecciones de buen amor”, “Tierra sedienta”, “Don Quijote de la Mancha”, “La otra vida del capitán Contreras”, y “La gran mentira” (film en el que cuajaba una extraordinaria caricatura de un productor cinematográfico inspirado en Cesáreo González), la aportación de Juan Calvo se hizo también valiosísima para Luis García Berlanga, quien le tuvo a sus órdenes en “Calabuch” y en “Los jueves, milagro”, y para la “mihurada” de Fernando Fernán-Gómez, “Sólo para hombres” (1961). Premiado por el Círculo de Escritores Cinematográficos en dos años consecutivos, por “Marcelino, Pan y Vino” y por “Calabuch”, en 1955 y 1956, obtuvo éste mismo año también el galardón del Sindicato Nacional del Espectáculo por el film de Berlanga. Juan Calvo, como otros inmensos característicos del cine español, como Félix Fernández, Antonio Riquelme, Juan Espantaleón, Luis Pérez de León, o Joaquín Roa (por citar sólo algunos, y omitiendo a los más estelares Pepe Isbert o Manolo Morán), vivió profesionalmente dos años de extraordinario auge. Pocos intérpretes pueden presumir de una hoja de servicios tan destacada como la suya, con una lista de títulos que, entre 1955 y 1957 incluía películas tan memorables como “Tarde de toros”, “Historias de la radio”, “La gran mentira”, “Calabuch”, “Mi tío Jacinto”, “El hombre del paraguas blanco” o “Los jueves, milagro”.


Decir de Guadalupe Muñoz Sampedro que es una de las mujeres que más nos han hecho reír en nuestra vida quizá sea una simplificación inaceptable, pero es una realidad lo bastante destacable como para no omitirla. Como tampoco debe pasarse por alto el hecho de que, según cuentan, en la vida real era un puro despiste, que resultaba tanto o más divertida en persona que actuando. A este respecto, el actor Adriano Domínguez contaba en su libro de memorias dos anécdotas de “Guadita”:

“Guadalupe Muñoz Sanpedro, durante aquella época iba todos los años a actuar en un teatro de Zaragoza. En cada una de estas ocasiones, acudía invariablemente a recibirla a la estación, con un gran ramo de flores, el empresario del local; también invariablemente, Guadlupe se volvía hacia su marido, Manuel Soto, y le decía:

-¡Qué señor tan simpático! No te olvides de darle un palco para que vea la obra.

Otra de las víctimas frecuentes de su permanente distracción era un crítico muy en el candelero, que firmaba sus artículos con el seudónimo “Valda”. A pesar de que eran amigos, Guadalupe jamás le llamaba por su nombre. Un día, el hombre le preguntó:

-¿Cómo me llamo, Guadita?

Como era de esperar, ella no lo recordaba.

-Voy a decírselo por última vez. En la próxima ocasión que me encuentre deberá llamarme por mi nombre. No lo olvide: Valda, me llamo Valda.

-Pues claro que no me olvidaré. ¡Faltaría más!

Dos semanas después, los Soto se encontraron con el crítico:

-¿Quién soy yo? ¿Cómo me llamo? –interrogó Valda.

-¡Qué pillín es usted! ¡usted es el señor Pastillas!”

Nacida en Madrid el 15 de febrero de 1896 y fallecida en la misma capital el 4 de diciembre de 1975, Guadalupe Muñoz Sampedro respiró el aire viciado del teatro desde la cuna, ya que su familia se desenvolvía sobre el escenario desde varias generaciones atrás. Hermana de las también actrices Matilde y Mercedes, Guadalupe fue madre a su vez de una nueva actriz, Luchy Soto, y alcanzó, con toda probabilidad, las más altas cotas del humorismo, encarnando con naturalidad innata los personajes más disparatados y estrambóticos de los repartos de las comedias y de los guiones cinematográficos en más de sesenta años de actividad. Debutante en la escena a muy temprana edad, pasa por las compañías de Rosario Pino, Enrique Borrás y Lola Membrives antes de debutar en el cine en 1940, en el film de Florián Rey “La Dolores”. Su vis cómica encaja perfectamente en la óptica del divertimento que postula Ignacio F. Iquino, que cuenta con ella para sus films “Alma de Dios” (1941), “El difunto es un vivo” (1941), y “El hombre de los muñecos” (1942), e igualmente, en el modelo de comedia que propugna Juan de Orduña a través de sus hilarantes “Tuvo la culpa Adán” (1943) y “Ella, él y sus millones” (1944). Habitual del teatro de Jardiel Poncela, actuó en una adaptación al cine de una comedia suya, la que dirigió el también actor Alejandro Ulloa, “Es peligroso asomarse al exterior” (1945). Casualmente, su comicidad se vio acompañada por la del protagonista de nuestro siguiente cromo tanto en los films de Iquino, como en los de Orduña, como en el de Ulloa.


Si Juan Calvo se sale de la pauta de estos programas de mano (en los que los artistas aparecen elegantemente vestidos de calle y posando para el objetivo de la cámara) con su caracterización de Sancho Panza, nuestro siguiente protagonista, hace lo propio con su propia fisonomía. Fernando Freyre de Andrade (Ávila, 16-05-1904 – Madrid, 16-10-1946) parecía dibujado por Opisso. Su rostro, singular, inopinado, expresivo, era el de una caricatura viviente. Dejando inconclusas las carreras de Medicina (de la que no cursó más que el preparatorio) y Derecho (que empezó en la Universidad de El Escorial), el joven Fernando Freyre de Andrade se deja seducir por el magnético embrujo del teatro a través de una invitación de unos amigos aficionados de la localidad de San Lorenzo, que le piden que sustituya al especialista en papeles cómicos en vísperas de escenificar la obra de Antonio Paso “¡Tío de mi vida!”. La experiencia agrada tanto al estudiante que decide dejar de serlo para dedicarse definitivamente al arte de Talía. Su debut profesional tuvo lugar en el teatro Infanta Beatriz de Madrid, a finales de 1925, en la compañía de Ernesto Vilches. Tras una gira por Sudamérica en el seno de dicha empresa, y tras pasar por la de Guerrero-Díaz de Mendoza (con la que volvió a cruzar el Atlántico) pasará a engrosar la nómina de Irene López de Heredia, manteniéndose bajo su férula a lo largo de seis años. No pasará mucho tiempo antes de que la cámara descubra su estrambótica fotogenia en films tan exitosos como “La bien pagada” (Eusebio Fernández Ardavín, 1933), “La hija del penal “ (Eduardo García Maroto, 1934), “La hija de Juan Simón” (José Luis Sáenz de Heredia, 1935) o “La señorita de Trévelez” (Edgar Neville, 1935), o como “Don Quintín el Amargao” (Luis Marquina, 1935). La excelente marcha ascendente de su carrera cinematográfica se ve brutalmente interrumpida por la Guerra Civil, cuyo desenlace le traerá aparejado, además, sufrir tres meses de encarcelamiento. Tras esta desagradable peripecia, Freyre de Andrade consigue retomar el pulso de su quebrada trayectoria profesional, de la mano de cineastas que ya habían confiado en él en el pasado, como Luis Marquina o José Luis Sáenz de Heredia, pero es el tarraconense (de Valls) Ignacio F. Iquino quien le surte del grueso de oportunidades para recuperar el terreno perdido en el cine, proporcionándole papeles en films como “La culpa del otro” (1942), “Los ladrones somos gente honrada” (1942), o su único papel de protagonista en “El hombre de los muñecos” (1943). Esta reincorporación a los circuitos profesionales permitirá a este caricato excelente integrarse en la compañía estable de las comedias tipo “screw ball” (en las que encajaba como el proverbial guante en la mano) de Juan de Orduña “Deliciosamente tontos” (1943) y “Ella, él y sus millones” (1944). De manera similar a como sucediera sólo tres años antes con Miguel Pozanco, el otro actor de comedia del que hablábamos unos párrafos más arriba, y por desgracia, una súbita enfermedad segó la vida de Fernando Freyre en 1946, truncando definitivamente la que había de ser una carrera estelar de un cómico cuya presencia tenía vocación de universalidad, dejando como último film de su carrera, “Es peligroso asomarse al exterior”, que, dirigido por el también actor Alejandro Ulloa, suponía su segunda incorporación en el cine al “Universo Jardiel”, para el que estaba naturalmente tan bien dotado.


Nuestro último cromo lo protagoniza Rafael Durán. Galán de éxito incontestable, especialmente notable durante la primera mitad de los años cuarenta, más refinado que Alfredo Mayo y mucho más redicho, tenía la voz tan repeinada como el cabello. Rafael Durán Espayaldo (Madrid, 15-12-1911 – Sevilla, 12-02-1994) constituye una de las debilidades de este burgomaestre. Si mérito extraordinario tienen los amados actores característicos, mayor se me antoja todavía el de los que tienen que apechugar con el papel protagónico, y Rafael Durán, a fe mía que puso la mayor voluntad y empeño en dar vida, ordenada, aplicada y resueltamente a los cometidos más comprometidos. Igualmente dispuesto para aceptar el ridículo en films cómicos en los que su galanura quedaba expuesta al chaparrón de la risa, como para afrontar peligros sin cuento en arriesgadas empresas de corte dramático en films de hondura moral y trascendencia. Hijo de un jefe de intervención de una compañía comercial (escritor de obras de teatro que nunca se representaron), Rafael Durán, tras ser un estudiante aceptable de bachillerato, al que sólo las asignaturas de Geografía y Dibujo atraían, se inició en el teatro con dieciocho años, en una compañía menor, donde fue contratado con un sueldo de cinco pesetas diarias. Posteriormente pasó a la compañía de Adamuz y después a la de Irene López Heredia. En 1936, formando parte de la compañía flamenca de Estrellita Castro durante la gira que realizaban por el norte de África, como consecuencia de que la Castro fue contratada para protagonizar el film “Rosario la Cortijera”, debuta en el medio cinematográfico, como el trasvase natural de su condición de galán de la compañía de la que era titular la tonadillera. Tras la guerra, se produce su contratación como actor de doblaje de los estudios de sincronización de la Metro Goldwyn Mayer en Barcelona, donde le dirige Gonzalo Delgrás. Al pasar éste de la dirección de doblajes a la dirección de un film entero y verdadero, reclama a Durán para que protagonice junto a Josita Hernán “La tonta del bote”, película constituyó un éxito morrocotudo y que propicio un tríptico de films horribles protagonizados por la misma pareja (y de las que el propio Rafael Durán abominó públicamente: “Muñequita”, “El trece mil” y “Pimentilla”). Afortunadamente, de la mano de directores como Gonzalo Delgrás, José Luis Sáenz de Heredia, Juan de Orduña y, especialmente, de Rafael Gil, el actor conseguirá no solo reconducir su carrera sino protagonizar algunos de los mejores títulos de la cinematografía española de posguerra, tales como “Un marido a precio fijo” (Gonzalo Delgrás, 1942), “Eloísa está debajo de un almendro” (Rafael Gil, 1943), “El clavo” (Rafael Gil, 1943), “Ella, él y sus millones” (Juan de Orduña, 1944), “El destino se disculpa” (José Luis Sáenz de Heredia, 1945), “La vida en un hilo” (Edgar Neville, 1945), “La pródiga” (Rafael Gil, 1946), “La fe” (Rafael Gil, 1947), “Séptima página” (Ladislao Vajda, 1950), o “El gran galeoto” (Rafael Gil, 1951). La estrella de Rafael Durán decae al rebasar el meridiano de la década de los cuarenta y pasa de perder su estatus de protagonista a acceder a papeles de carácter, los cuales asume con tanta dignidad como modestia. Actor de registros que hoy resultan en exceso envarados y almidonados, hizo de su característico “juego de cejas” un sello personal, reconocible por el público. Su dicción pluscuamperfecta y sus esplendentes modales no han encontrado aún parangón en la cinematografía posterior. Su entrega incondicional a su oficio le llevó en 1946 a permanecer recluido durante seis meses en un seminario para preparar debidamente su papel de sacerdote en el arriesgado film “La fe” (cuya escandalosa conclusión la censura, por cierto, se encargó de limar a conciencia) y poder mortificarse con mayor intensidad al resistirse a los embates sexuales de la díscola beata encarnada por una rozagante, juvenil y maciza Amparito Rivelles.

Rafael Durán, un tipo cabal y educado, admirador de Charles Boyer y de don Juan de Austria (el primero era su ideal profesional y el segundo, su personaje histórico predilecto, que, por cierto, no pudo encarnar en el cine, pero sí a su preceptor en “Jeromín” –Luis Lucia, 1953-), cierra este pequeño muestrario de fulgurantes estrellas del firmamento fílmico español. CIFESA tuvo muchas más. Las más rutilantes: Aurora Bautista, Alfredo Mayo, Ana Mariscal, el joven Fernando Rey, la precoz Sarita Montiel... al lado de estas, los eficaces y geniales Juan Espantaleón, Nicolás Díaz Perchicot, Félix Fernández, Antonio Casal, Julia Lajos, Mary Delgado, Camino Garrigó, Casimiro Hurtado, y tantos otros profesionales magníficos que, a menudo en condiciones más que precarias, consiguieron elevar con su oficio a la altura de lo sublime un cine que, de otro modo, no habría tenido más opción que la de arrastrarse. Y además, como reiteradamente manifiestan en el texto de estos cromos autografiados, fueron capaces de hacerlo “con toda simpatía”. Gracias a todos por ello.

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domingo, agosto 08, 2010

Les dejo con Lina Canalejas

Amigos y seguidores de Lady Filstrup: Este burgomaestre confiesa haber fracasado en su propósito de completar la postergada entrada sobre el actor José María Lado antes de suspender sus actividades con motivo de sus (merecidas o no) vacaciones estivales. Sencillamente, se le ha hecho tarde. La materia a tratar parecía crecer entre sus perezosas manos y a cada momento, la filmografía del señor Lado parecía hacerse más y más inabarcable. Por tal causa, este burgomaestre se ve obligado a despedirse hasta su regreso, sin poder cumplir su promesa de dejar a disposición de los seguidores del blog la nueva entrada dedicada al actor genérico citado, fallecido en 1961.
Entre tanto se produzca la vuelta a la actividad, y a modo de sencillo regalo de despedida, les dejo este retrato autógrafo de la simpar Lina Canalejas (que no nos dedicó a nosotros...¡Ojalá!), quien fuera primero atractivísima vedette de revista, y excelente actriz dramática, después; fascinante mujer, siempre. Nacida Concepción Álvarez Canalejas en el Madrid del 29 de enero de 1932 , esta sobresaliente presencia de nuestra escena (desde su irrupción en la revista estrenada en 1950, “Moreno tiene que ser”, protagonizada por los cómicos Lepe y Cervera), y de nuestro cine (desde que debutara en “Así es Madrid”, que filmó Luis Marquina en 1953), será objeto (si no lo impide la creciente desidia en la que chapotea este burgo) de una próxima monografía que tratará de glosar convenientemente la grandeza de su ejecutoria, que la llevó a actuar repetidamente a las órdenes de un director de la talla internacional de Carlos Saura, o de uno de los más grandes genios que ha dado España, el siempre recordado Fernando Fernán-Gómez.
Hasta pronto, amigos.

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jueves, julio 08, 2010

Recordando a Isabel de Pomés. Cuatro retratos.

Nos mira seductora desde la portada del número 27 de la revista “Cámara” , publicado en diciembre de 1943. Para aquel entonces ya había protagonizado una de las películas más sensibles y brillantes de la prometedora carrera de Rafael Gil, “Huella de luz”. Isabel de Pomés, heredera directa de la gloria del estrellato de su padre, el galán Félix de Pomés (Félix de Pomés Soler, Barcelona, 5-2-1893 – 17-7-1969), encarnó como nadie el ideal de la dulzura femenina, sin ceder por ello terreno al avance siempre acechante de la cursilería. ¡Adorable Isabel! Tenía en el fondo de su mirada y en el envés de su sonrisa ingenua una atrayente y sólida capa de inteligencia. ¡Divina Isabel! Tan dotada de hermosura como de fragilidad etérea, traslucía en sus delicados rasgos la raíz de una personalidad tan limpia y fresca, como sensata y prudente. ¡Espléndida Isabel! Criatura primorosa a la que el espectador sensible querría preservar de todo mal, y a cualquier precio. Con la carnalidad discreta y permisible, centrada en una boca apetitosa, Isabel de Pomés fue la heroína perfecta para títulos tan exitosos como “Botón de ancla” (Ramón Torrado, 1948) o “Marcelino, pan y vino” (Ladislao Vajda, 1955), tan memorables como la singular y genial “La torre de los siete jorobados” (Edgar Neville, 1944), tan populares como “La culpa del otro” (film de Ignacio F. Iquino de 1942, del que hablamos en la entrada dedicada a Camino Garrigó) tan fascinantes como “Vida en sombras” (Lorenzo Llobet, 1948), tan certeros como “Amanecer en Puerta Oscura” (José María Forqué, 1956), film comentado aquí con ocasión de las entradas dedicadas a Valeriano Andrés, José Sepúlveda, Fernando Cebrián y Luis Peña .

Transformada por el “photo-soft” de la época en una suerte de cromático y luminoso dibujo animado, encontramos a Isabel en un programa de mano coleccionable de los que CIFESA, la productora que la tuvo bajo contrato durante los primeros años cuarenta, difundió como muestrario de su poderío estelar. Isabel de Pomés, fue en efecto, uno más de los rutilantes astros que conformaron la constelación de la productora valenciana, que trató, mientras pudo, de mantener viva y digna la comparación de su política de empresa con el modelo hollywoodiense. La imagen de Isabel de Pomés, nacida en Barcelona un 10 de abril de 1924, posee la magia fantástica de la primera juventud, esa en la que todo es nuevo y brillante, y el amor, la risa y la furia nacen a borbotones, de manantiales vírgenes.

Tocada de la brillante pátina del imperial fotógrafo de la escena española, el húngaro Juan Gyenes (Kaposvar, 21-12-1912 – Madrid, 18-5-1995), Isabel de Pomés se nos muestra en la siguiente imagen más exquisita. El objetivo del artista de la cámara se ha acercado al rostro de la joven actriz y a través de su mirada ligeramente asimétrica nos ha ofrecido un retazo de su alma. Hay en este impresionante retrato (tomado de las páginas del sensacional libro de Santiago Aguilar, “Edgar Neville: tres saientes criminales”, publicado por Filmoteca Española) menos “glamour” que en la portada de “Cámara” y menos pirotecnia que en el cromo de CIFESA, pero a cambio se eleva mucho más alto, tajante, por la vía del magnetismo espiritual.

El último retrato, expuesto que fue en la portada de la revista “Ondas”, en su número 92, publicado, como puede verse, el 1 de octubre de 1956, nos trae una Isabel de Pomés todavía joven, pero en la que su serena belleza ha ganado corporeidad y aplomo. Sus grandes ojos todavía destellan luces cegadoras, pero apartan la mirada, en lugar de buscar la nuestra. Ya no nos invita a soñar con su refugio, más parece aceptar incómoda el efecto hechicero que sabe nos produce. En el interior de la revista a la que Isabel prestó su rostro para su portada, se da cuenta del rodaje de la película a la que pertenece la imagen, una producción de “Terra Films”, una empresa nueva que pusieron en pie cinco socios entusiastas, Jaime Serra, Eugenio Ferry, Jesús Bellapart, Manuel R. Cabello y Jaime Bertomeu. El film, cuyo título de rodaje era “Nuevo despertar”, lo dirigió Manuel R. Cabello, y nunca llegó a estrenarse. Con el recientemente fallecido Ricardo Palmerola como protagonista quien, finalmente, se hacía con el premio del suave y firme amor de Isabel, el film, que contaba con Mario Beut y la joven desconocida norteamericana Myrna Braid en el reparto, narraba una historia de pasión y violencia en un realista ambiente pescador, localizándose en escenarios naturales del popular barrio barcelonés del Campo de la Bota.

Isabel de Pomés nos dejó el 31 de mayo del 2007. Para entonces, su lozano esplendor juvenil era sólo un dulce y lejano recuerdo. Por otra parte, la pujanza de su carrera profesional, extinta con el final de la década de los cuarenta, dio paso a un dignísimo transcurso en los cincuenta y a un discreto jugueteo con la madurez en los sesenta, pero su embriagador encanto, inscrito de manera indeleble en tantas películas, sigue invariable y eterno entre nosotros hoy, como el primer día.

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domingo, enero 24, 2010

Ocho actores, ocho ilusiones

En tanto este burgomaestre enfila las escarpadas sendas de la carrera profesional (e incluso algunas pinceladas de la personal) de la entrada monográfica que está preparando a propósito de Luis Peña Illescas, uno de los galanes habituales del cine de la posguerra española y excelente actor de carácter en su madurez (que situamos a partir de 1950 y su participación en “Surcos”, de José Antonio Nieves Conde), y para no permanecer ausente más de lo debido de la gratísima compañía de los amables visitantes de su weblog (o lo que sea), vaya por delante la presente entrada-galería, que recoge un reportaje publicado en la revista de cine “Primer plano” en su número 1004, de fecha 10 de enero de 1960, firmado por los redactores Sofía Morales y Pío. Se trata de una breve encuesta realizada a ocho actores de reparto, de esos que dieron amplitud, gloria y sentido a nuestro cine con su oficio y “savoir faire”, y que constituyen la razón de ser de este weblog. No por nada, tres de ellos ya han sido tratados aquí en sendas monografías y los otros cinco, lo serán, próximamente. La pregunta que se traslada a estos ocho brillantes representantes del oficio de actor nos ha parecido tan simpática como encantadora y nos ha apetecido mucho saber qué respuesta le daban los interrogados: “¿Qué habrían pedido a los Reyes Magos?”

El arte es ilusión, el artista vive de ella, haciéndola nacer en el corazón del espectador, alimentándola con sus mejores trucos de comediante. La ilusión es la esencia de la festividad de los Reyes Magos, que da lugar a una representación teatral que se prolonga desde la víspera hasta que en cada uno de sus hogares los niños reciben sus regalos la mañana del 6 de enero. ¿Con qué soñaron los alimentadores de sueños, con qué se ilusionaron los cómicos? Les preguntan cuando ya son hombres maduros y hasta ancianos, pero se nota en sus respuestas que la ilusión, como el oficio del cómico, no muere nunca.

(A la transcripción escueta de las contestaciones de los actores, este burgomaestre se ha limitado a acompañar una fotografía de cada uno de ellos- algo mejor que la que figura en el ejemplar de “Primer Plano”- y una sucinta micro-ficha-comentario totalmente insuficiente y, seguramente, innecesaria).

Pepe Isbert (José Ysbert Alvarruiz, Madrid 3-3-1886 – Madrid, 28-11-1966), probablemente poseedor de la presencia más definitoria de la Historia del Cine Español y una de las cumbres del escenario teatral de nuestro país, consiguió, a lo largo de su octogenaria existencia, aglutinar el cariño de varias generaciones de espectadores, dejando un sello indeleble en sus memorias. De su extensísima filmografía es obligado destacar auténticas gemas del Séptimo Arte, tales como “Bienvenido Míster Marshall”, “El verdugo” (ambas firmadas por Luis García Berlanga, estrenadas en 1953 y 1963, respectivamente), “El cochecito” (obra de Marco Ferreri y del guionista Rafael Azcona producida en 1960), “Ella, él y sus millones” (dirigida por Juan de Orduña y estrenada en diciembre de 1944), “Historias de la radio” (que filmó José Luis Sáenz de Heredia en 1955), “La gran familia” (puesta en imágenes por el zaragozano Fernando Palacios en 1962), y su estelar colaboración en “La vida por delante” (1958), obra maestra de Fernán-Gómez.

En este weblog no nos hemos atrevido aún a glosar su colosal figura. Únicamente, con motivo de la reciente publicación de su libro de memorias, este burgomaestre recogió la noticia con la reverencia y la prontitud requeridas.

Esto fue lo que contestó Pepe Isbert cuando le preguntaron que es lo que hubiera pedido a los Reyes: “Un traje de bombero. En mis tiempos, de cuando yo era más bajito, los Reyes no podían traerlos, porque no los había en el comercio. Ahora he podido descubrir con inmensa alegría que sí los hay”.

Antonio Riquelme (Antonio Riquelme Salvador (Madrid, 9-11-1894 – Madrid, 20-3-1968) de este enorme cómico, hijo y padre de actores, sí que nos atrevimos a colgar una entrada (“Antonio Riquelme, la osamenta de la comedia”) que pretendía con más entusiasmo que sabiduría glosar su excelencia en el terreno de la comedia. Destacadísimo intérprete de teatro durante las décadas de los años 20 y 30, de manera similar a como hiciera José Isbert, concentró, desde el periodo de posguerra, su talento en el medio cinematográfico, brindando sus inmejorables cualidades para lo cómico en films que engrandeció con su talento y su aquilatado oficio. Prestando a cualquier papel una naturalidad aplastante, empleó con habilidad nacida de la experiencia su pintoresco físico anguloso en establecer una corriente de energía simpática con el público, que sólo puede prorrumpir en una salva de aplausos a cada una de sus brillantes réplicas o reacciones que podemos encontrar en los más de cien films en los que intervino.

Don Antonio Riquelme, tampoco titubeó al responder que lo que él hubiera pedido a los Reyes Magos era: “Un triciclo de los antiguos, de esos altos, de los que todavía he visto que alquilan en el Retiro. Que tuviera un buen timbre niquelado y reluciente como una estrella. Un triciclo con cadena, por supuesto. Nada de esos triciclos de ahora, que ni son triciclos ni nada.”

Sobre Jesús Tordesillas (Jesús Tordesillas Fernández, Madrid, 29-1-1893 – Madrid, 24-3-1973), de cuya prolongadísima carrera profesional tuvimos el honor de ocuparnos en una entrada dividida en tres partes (“Jesús Tordesillas, un característico de largo recorrido”), no vamos a extendernos ahora en el comentario. Limitémonos a señalar la grandeza de su arte interpretativo, que le permitió con igual solvencia brillar en dramones históricos más o menos acartonados (estuvo en lo peor y en lo mejor de la producción de Juan de Orduña), en comedias ligeras y amables, en películas al servicio del folklorismo andaluz más estereotipado, en westerns, en el género de cine religioso, y en un musical irrepetible y delicioso: “Doña Francisquita” (Ladislao Vajda, 1952). Su respuesta a la encuesta fue: “Un caballo... pero de los de verdad. Fue lo que siempre pedí a los Reyes aunque, naturalmente, me lo colocaban en el balcón por aquel entonces, pero de cartón o forrado de pelo... ¡Mira que si los Reyes Magos me escucharan y me colocaran en mi balcón un caballo de verdad!! No lo quiero ni pensar...”

A José María Lado (José María Lado Rodríguez, La Habana (Cuba), 13-9-1895 – Madrid, 17-10-1961) le encontramos en este weblog en la entrada de la modalidad “Grandes repartos” dedicada al film “El gran galeoto”, y nos proponemos dedicarle próximamente una entrada en la que poder dar cuenta de su sólida profesionalidad, que le permitió encarnar sin fisuras el tan necesario tipo de personaje agrio, a menudo amargado, rencoroso y brutal, idóneo para ser receptor del odio del espectador. Actor hijo de emigrantes españoles en Cuba (de un gallego y una cordobesa, por más señas), se formó en la interpretación escénica en Barcelona y se consagró en Madrid. Experimentado doblador, alcanzó un puesto relevante en la pantalla a partir de su intervención en el film de Rafael Gil “El clavo”, donde su personaje ya daba la clave que le correspondería repetir en futuras actuaciones, de infame villano, castigado al fin, frecuentemente por su víctima, una indefensa mujer. Con candor indigno del rol que se le solía repartir en sus films, el señor Lado contestó al interrogante propuesto: “Un tren eléctrico. Me gustan muchísimo. Y como a mi edad ya los Reyes no me van a hacer caso, estoy por vestirme de Rey Mago para ir a comprármelo yo. Es un juguete precioso.”

El bueno de Francisco Bernal (Francisco Bernal Jiménez, Jumilla (Murcia), 22-7-1900 – Madrid, 22-6-1962), tras prolongado periplo que le llevó a actuar desde temprana edad por los escenarios de toda España y más allá, hasta una duradera gira por México y Cuba, debutó al fin en el cine a los 38 años de edad. Pronto, su presencia enjuta y su rostro alargado y curtido se afianzará en gran parte de la producción cinematográfica española, obteniendo innumerables papeles de corta extensión en otros tantos films, en los que daba vida, con sencillez y resolución, a una pléyade de chóferes, criados, mayorales, parroquianos de taberna o alguaciles. Alcanzando, por ejemplo en 1957, el increíble registro de haber actuado en una docena de películas, es quizá su momento más famoso el que le llevó a ser burlado por Tony Leblanc y Antonio Ozores con el “Timo de la estampita” en la película “Los tramposos” (Pedro Lazaga, 1959). Más despierto y menos codicioso que su personaje del film de Lazaga, Francisco Bernal dio la siguiente contestación a la encuesta: “Un coche de pedales. Cada día me gusta menos la velocidad. En un coche de pedales me sentiría seguro y feliz paseándome por un parque solitario, sin autobuses, sin motos y sin peatones.”

Al asturiano Félix Fernández (Félix Fernández García, Cangas de Onís, 21-7-1899 – Madrid, 9-7-1966) le dedicó este burgomaestre una entrada que, visto cómo ha ido evolucionando “Lady Filstrup”, hoy se le antoja totalmente insuficiente. No obstante, en “Félix Fernández, o la elocuente calvicie”, se encuentra un intento de poner de relieve la versatilidad interpretativa de este gran actor, uno de los más charlatanes que se han podido ver en la pantalla española. Con un estilo oratorio que rayaba en ocasiones en la prosopopeya (como en su papel de “Bienvenido Mr. Marshall”), Félix Fernández destilaba con mimo su acrisolada prosodia en docenas y docenas de films, año tras año. Alternando roles más o menos distinguidos “de puñetas y levita”, con otros de extracción popular (de posadero, de labriego, o de bandolero de la sierra), Félix Fernández siempre conservó e irradió generosamente una asombrosa capacidad para captar la atención del espectador, fascinándole por medio de la palabra y del gesto con el que admirablemente acompañaba sus parlamentos. Nos parece oírle y verle respondiendo a la pregunta de la encuesta: “Un organillo que he visto, precioso, y que tiene una gran variedad de canciones, entre ellas los nostálgicos culpes. Son una preciosidad estos organillos. ¡Ah! También pediría una gorrita para darle vueltas al manubrio en ambiente”.

Quizá por haber estado trabajando en Hollywood, el sobrio Pepe Nieto (José García Nieto, Murcia, 3-5-1902 – Matalascañas (Huelva), 10-8-1982) se decanta en sus preferencias por un regalo más “práctico” que sus compañeros, como veremos al conocer su respuesta. Dotado de un físico agraciado, José Nieto fue uno de los galanes de la posguerra que aspiraba al puesto de privilegio de Alfredo Mayo en el favor popular. Su experiencia internacional adquirida en los primeros años 30, cuando emigró a Hollywood a rodar películas en castellano para el mercado hispánico, le permitió, en la madurez (como hiciera otro galán de su generación, Julio Peña), participar con frecuencia en co-producciones o en películas norteamericanas rodadas en nuestro país. Entre unas y otras experiencias, digamos, internacionales, se prodigó en papeles destacados en films bélicos (lo que en España era sinónimo casi siempre de “propagandísticos”, “dogmáticos”, “triunfalistas” y “patrioteros”, como la, por otra parte, notable “Los últimos de Filipinas”(1945), de Antonio Román), y gozó, de entre otros, del favor de un director tan influyente como Rafael Gil, quien puso a su disposición papeles de carácter que le permitieron completar una digna carrera en la (complicada para un galán) etapa de la madurez (como el que le valió el Premio del Sindicato del Espectáculo en 1953 en “La señora de Fátima”). Con su mejor sonrisa, el bigotudo héroe de la pantalla explicó que lo que él hubiera pedido a los Reyes Magos era: “Un estupendo “meccano”. Esto de poder fabricarse uno mismo diferentes juguetes, como son puentes, grúas, motores para elevar agua, tractores... Porque ya, puesto a pedir, pediría un “meccano” de los buenos: la última palabra”.

Por último, Nicolás Perchicot (Nicolás Díaz Perchicot, Madrid, 19-9-1884 – Madrid, 26-10-1969), uno de los más entrañables actores de la pantalla española, quien tras una abigarrada trayectoria teatral desarrollada desde su juventud hasta los terribles años de la Guerra Civil, pasó por Berlín e Italia para regresar a España en 1942 y actuar para el cine de su país natal durante veinticinco años en los que encarnó personajes por lo general nobles, tiernos y pacíficos, dotados siempre de un corazón bondadoso, que se revolvía, dolido, contra la injusticia (como en la emocionante “Agustina de Aragón” (1950), de Juan de Orduña). Tan eficaz para la comedia como para el drama, su continente piadoso y algo seráfico le hacían ideal para encarnar roles de religiosos y fue su testamento cinematográfico (aunque no su último film), el papel que desempeñó en “Nueve cartas a Berta” (Basilio Martín Patino, 1965), de un catedrático que regresaba de visita a Salamanca, donde había vivido la fratricida contienda española. Artista polifacético que llegó a exponer su obra en Madrid y Barcelona en numerosas ocasiones, su respuesta a la pregunta planteada no podía ser más adecuada: “Si es cierto eso de que los viejos volvemos a la edad infantil, me gustaría pedir a los Reyes Magos una estupenda caja de pinturas con todos los colores y muchos pinceles. No he olvidado la ilusión que de niño tenía por la pintura, porque todavía la sigo teniendo.” Y de eso, amigos de Lady Filstrup, trataba esta entrada, de ilusión. Seguid manteniéndola siempre, no importa de qué. Como este burgo la ha tenido, por un rato, de estar en compañía de estos señores de la escena, de estos cómicos inolvidables.

PD: quiero agradecer públicamente a Eugenia Vilallonga y Martínez Campos sus correos en los cuales se ha prestado a corregir los errores en los que este atolondrado burgo había incurrido al tratar de narrar los hechos de la vida de quien fue su marido, el actor José Tasso. La tremenda generosidad de Eugenia la lleva en sus mensajes a valorar positivamente el conjunto del trabajo de este burgo, pero no se le escapa a éste que es imperativo que modifique prontamente el texto aludido a la luz de la valiosa información que tan autorizada fuente le ha brindado. De momento, este burgo ya ha empezado a introducir algunos matices y detalles que estaban equivocados y en próximos días confía en ultimar debidamente su labor, modificando fechas y hechos que ahora se han revelado como notablemente inexactos . Gracias de nuevo, Eugenia, a quien ya me atrevo a considerar amiga.

PD2: Para que los sufridos amigos de Lady Filstrup no tengan que volver a leer los más de cien folios con que les “obsequié” en la triple entrada de Tachuela, en busca de las novedades, subiré una entrada en la que presentaré, en formato resumido, aquellas cuestiones que han sufrido modificación, acompañadas de algunas imágenes nuevas, como nueva es la de la caricatura de Tasso (situada ahora en lo alto de la tercera parte de la entrada dedicada al actor), que ha tenido a bien enviarme su propio autor, el dibujante José Orcajo, la cual cosa aprovecho ahora para agradecer muy sinceramente.

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martes, diciembre 08, 2009

José Rubio, que una vez fue Marlon Brando (o así)

Los actores son personas. Las personas, a menudo, se convierten en actores. Los actores, además de ser personas (obviedad de esas que quizá convenga recordar en un sitio como este, dedicado a hablar acerca de ellos), nos sirven para entender mejor qué somos o cómo somos los humanos. Así, sucede con los actores que los catalogamos, clasificamos y encasillamos en un determinado rol, dentro de unos estrechos márgenes y bajo el yugo de rígidos esquemas. Dictaminamos que tal papel no le va a fulano, o que a mengano, que se le da tan bien la comedia, es imposible tomárselo en serio cuando trata de conmovernos. Con infinita frecuencia etiquetamos a los actores con un determinado y definitivo sello, del mismo modo que adjudicamos a nuestros semejantes tal o cual perfil, fuera del cual nos resulta imposible concebirles. Y tan injusto es actuar de esta manera tanto con los actores como con el resto de los mortales, con la única diferencia de que, en el primer caso, esta discriminación influye decisivamente en su faceta profesional, mientras que a los que no nos dedicamos a interpretar vidas ficticias, sino tan solo a vivirlas, tal proceder difícilmente repercutirá en nuestros prosaicos quehaceres. Muchos son los ejemplos que servirían para ilustrar esta cuestión que tan ineficazmente trata de plantear aquí y ahora este burgomaestre. Actores y actrices a los que el público ha marcado con el hierro candente de un pensamiento perezoso y pragmático, forman una verdadera legión. Y siempre, siempre, con injusticia, porque la complejidad de un actor, versión regulada por los dramas, retablos y guiones nacidos de la imaginación, de la complejidad humana, no puede nunca hacerse encajar en una casilla, aunque la comodidad utilitaria de nuestro juicio nos conduzca inevitablemente a ello. El caso es que, de toda esa miríada de intérpretes condenados a la administrativa sepultura en un determinado nicho indeleblemente etiquetado, ha sido una imagen con la que este burgo ha tropezado, la que le ha movido a realizar las presentes (y poco originales, reconozcámoslo) reflexiones. Se trata de una fotografía que se publicó en la página 2 del décimo segundo número de la revista teatral “Primer acto” (enero-febrero de 1960), un retrato del actor José Rubio (José Rubio Urrea, Lubrín –Almería-, 10-9-1931) en la que parece estar a punto para ofrecer al público español su versión de los anti-héroes más o menos juveniles que al otro lado del Atlántico habían encarnado Marlon Brando o James Dean. Sólo un año y tres meses después, José Rubio ya ocupa la portada de la revista, en su número 21, y un nuevo retrato suyo figura en su página 2, representando el papel de Val Xavier en la obra de Tennessee Williams (Thomas Lanier Williams, 1911-1983), “La caída de Orfeo” (Orpheus descending, 1957), que había sido recientemente llevada al escenario del teatro Español por la compañía Lope de Vega, con José Tamayo como director y con Ana Mariscal (como Donna Torrance) y Nuria Torray (en el papel de Carol), como oponentes femeninas.

José Rubio, al que vimos recientemente por aquí, con motivo de las primera y segunda partes de la entrada dedicada a José María Tasso, a causa de su participación en la versión de Rafael Gil de “La casa de la Troya” (1959) y de la adaptación del mismo director de la comedia homónima de Jardiel Poncela, “Tú y yo somos tres” (1962), y al que veremos también en la tercera parte de la misma entrada, pues coincide nuevamente con Tasso en “Don Erre que erre” (José Luis Sáenz de Heredia, 1970), y al que citamos, probablemente, en la entrada dedicada a Fernando Delgado, por haber hecho su debut cinematográfico en “Todos somos necesarios” (José Antonio Nieves Conde, 1956), uno de los primeros títulos de la filmografía de este recientemente fallecido actor, empezó en la profesión introduciéndose en ella indirectamente, desde su puesto de botones, siendo un muchacho, en una empresa de producción cinematográfica. Desde tan “privilegiada” posición, Pepe Rubio tomó contacto con muchos representantes de actores y consiguió introducirse, como meritorio, nada menos que en la prestigiosa compañía del Teatro Español, “Lope de Vega”, en cuyo escenario alcanzará la categoría de primer actor. En la misma época del estreno en Madrid y Barcelona de “La caída de Orfeo” (1961), obra masivamente conocida por el público gracias a la difusión de la versión cinematográfica que filmó Sidney Lumet en 1959 (“Piel de serpiente”, se llamó en España, "The fugitive kind", en su estreno en USA) con dos gigantes de la interpretación en sus papeles principales (Marlon Brando, como Valentine Xavier, y Anna Magnani representando a su jefa, Donna Torrance, quienes dieron al film el aspecto de un monstruo de dos cabezas), José Rubio representaba roles destacados en “Seis personajes en busca de autor”, de Pirandello, “Muerte de un viajante”, de Arthur Miller o en la versión de “La Celestina” a la que hicimos referencia recientemente por estar protagonizada por quien fue nuestro último motivo de comentario en este weblog, la perturbadora Irene López Heredia. Sin embargo, pese a haber, por ejemplo, compartido durante un tiempo, el mismo alma que llevó sobre los hombros el mismísimo Marlon Brando, cuando sobre el tablado dio vida al mismo guitarrista vagabundo y buscavidas que imaginó Tennessee Williams, para varias generaciones de espectadores, José Rubio no ha sido ni será nunca otro que aquel que protagonizó durante décadas la comedia de Alfonso Paso “Enseñar a un sinvergüenza” (llevada al cine por el inoperante Agustín Navarro en 1969) y que, especializándose cada vez más en representar piezas escasamente distinguidas de vodevil, recorrió los escenarios españoles sin más pretensión que distraer a un público con deseos de pasar el rato sin exigir el menor esfuerzo a su intelecto. Haciendo de la exhibición ruidosa de una simpatía agobiante su carta de presentación, a José Rubio le vio este burgomaestre repetidamente recorrer los platós de televisión en innumerables programas de tipo “magazine”, cantando las excelencias de su última comedia en cartel, empleando siempre, para atraer a la audiencia, el viejo reclamo de que la suya era una representación en la que “la gente disfruta, se ríe, y olvida durante dos horas sus problemas cotidianos” . Y sin embargo, don José Rubio, claro está, no sólo era eso. No sólo es eso. Por más que, por así decir, y en pos del éxito, hayamos de convenir en que “él se lo haya buscado”.

PD 1: Otro día hablaremos de Arturo Fernández, quien, de similar manera, y en vista de la escasa capacidad del cine español para dar salida a sus reales posibilidades de ser una estrella del celuloide (medio en el que trabajó denodadamente y en todos los géneros), se acomodó en una única clave en la que desarrollar un solo acorde, proceder el cual le ha proporcionado fama, fortuna y estabilidad, pero que le ha privado, sin duda, de una gran parte de su capacidad, de su oficio, y, en cierto modo, de sí mismo.

PD 2: Para los amigos seguidores de Lady Filstrup: sigo teniendo dificultades para dedicarme como sería mi deseo al blog. La tercera (y última) parte de la entrada dedicada a José María Tasso sigue en marcha, pese a todo. Próximamente, en sus pantallas.

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miércoles, noviembre 18, 2009

La majestuosa Irene López Heredia

Si efímera es la gloria del actor cinematográfico o televisivo, por mucho que la celebridad lo cerque en dorada jaula o la fama lo meza con deleitoso son, cuánto más pasajera es la devoción que por los dioses y diosas del escenario se despierta en la audiencia. Cosechadores de atronadores salvas de aplausos de anteayer, apenas ayer mismo han caído en el olvido. Así, por citar un ejemplo que el azar ha traído a la atención de este burgomaestre, sucede con el extinto esplendor de una gran dama del teatro español, Irene López Heredia, nacida en 1889 en la localidad murciana de Mazarrón (la del crimen origen de la genial película de Fernán-Gómez, “El extraño viaje”) y fallecida en Madrid el 10 de octubre de 1962, tras culminar una gloriosa carrera de éxitos teatrales.

Es la figura de Irene López Heredia tan majestuosa, solemne y vertical como sonoro su propio nombre. Nos contempla con expresión altiva, de semi-diosa esculpida en una columna jónica, desde esta fotografía extraída del film estrenado en 1935, “Doce hombres y una mujer”, que dirigió Fernando Delgado y en el que era adorada por Gabriel Algara, José Baviera, Antonio Martínez, José Bruguera, Rafael Medina, Modesto Cid y Mariano Asquerino, con quien la actriz contrajo matrimonio en la vida real. Antes había formado pareja artística y sentimental con Ernesto Vilches, el actor catalán (nacido en Tarragona en 1879) con quien formó compañía en 1927 y con quien a lo largo de quince años, entre, aproximadamente, 1915 y 1930, había consolidado su imagen deslumbrante de elegancia ultraterrena en obras tales como una adaptación de “El fantasma de Canterville” y “El abanico de Lady Windermer”, ambas de Oscar Wilde, “Lady Frederick”, de Somerset Maugham, “Cándida”, de Bernard Shaw, o “La noche del sábado” de Benavente. Procedente de sus contratos en las compañías de Simó Raso, Tallaví, y María Guerrero, la joven Irene López Heredia alcanzó junto a Vilches el estrellato incontestable de las bambalinas. La relación entre ambos, dinamitada en lo personal por la casquivana efervescencia del actor, quedó truncada a renglón seguido en lo profesional. Pronto Irene atrajo para sí la atención de otro seductor de los escenarios, el elegantísimo y aristocrático Mariano Asquerino (curiosamente, también tarragonés –de Reus- aunque diez años más joven que el señor Vilches), con quien inició un nuevo periodo de su carrera profesional, en el que amplió sus registros dramáticos en obras como la esperpéntica sátira “Farsa y licencia de la reina castiza”, de Valle Inclán, el 3 de junio de 1931, en el teatro Muñoz Seca; un reestreno de la “La malquerida” benaventiana, una adaptación de “Nada menos que todo un hombre”, de Unamuno, o “Judith”, de Frederik Jovel, o la comedia que le valió un sobrenombre por el que fue muy popular y con la que ganó mucho dinero, “La Papirusa”, de Leandro Navarro y Adolfo Torrado. Concluida su relación con el padre de María Asquerino, Irene López Heredia continuó el tránsito de su devenir artístico exhibiendo en todo momento una aplastante dignidad, que la llevó a estrenar en los años de su madurez, por ejemplo, varias obras originales del nobel Jacinto Benavente, cuales fueron "La última carta", comedia en tres actos que fue estrenada en el teatro Alcázar de Madrid el 9 de diciembre de 1941, representando en ella el papel de la protagonista "Lidia", con Mariano Asquerino como el oponente masculino, el "Príncipe Gustavo". Siete años más tarde, el 30 de septiembre de 1948, en el teatro Fontalba se alzó el telón para estrenar "Divorcio de almas", otra comedia de don Jacinto en tres actos en la que doña Irene representó el papel principal, "Matilde”, con Antonio Prieto, como primer intérprete masculino, en el papel de "Andrés". Dos años después, en el escenario del Lope de Vega de Valladolid, concretamente la noche del 23 de octubre, se representaba por vez primera "Tú, una vez, y el diablo, diez", con Irene López Heredia actuando como la protagonista,"Lena Reinoso". Todavía, el 26 de febrero de 1953 estrenará una nueva obra de Benavente, el drama histórico ambientado en Nueva España, en el siglo XVII, escrito en un prólogo y dos actos, titulado "Almas prisioneras", en el teatro Álvarez Quintero (antes Fontalba), desempeñando en la función el rol de "Laurencia", compartiendo protagonismo con la sobrina de la mítica María Guerrero, del mismo nombre, como "Isabel", y con el gran Carlos Lemos, que hacía el papel de "Don Martín". Pero no sólo de obras del autor de “Los intereses creados” se nutrió el mito de la gran actriz. Por aquellos años cuarenta, representó con gran éxito los principales papeles de obras tan reconocidas como “Seis personajes en busca de autor”, de Luigi Pirandello, el shakespeareano “Así es, si así os parece”, o la reposición de “Campo de armiño”, de Benavente, además de “La sombra”, drama de Dario Nicomedi en el que interpretaba muy meritoriamente a una paralítica, y de “Hedda Gabler”, de Ibsen.

La grandeza de “la López Heredia” tuvo escaso acomodo en el medio del celuloide. En el cine silente tan sólo un film contó con su concurso, “El golfo” (1917), que dirigió José de Togores sobre una idea argumental de Ernesto Vilches, “partenaire” entonces, en la vida y en la escena (también en el film) de Irene López Heredia. En el reparto, un juvenil Manuel Arbó, el padre de los Ozores, don Mariano, y la abuela de los Gutiérrez Caba, Irene Alba. Hay que dar un salto de diecisiete años para llegar a la siguiente película en la filmografía de la dama que hoy nos ocupa, la antes citada “Doce hombres y una mujer”, que se anunciaba, en plena Segunda República Española con el engañoso reclamo de ser la presentación de la actriz en la pantalla. Para ponerse ante las cámaras nuevamente, Irene López Heredia hubo de esperar más de veinte años, al cabo de los cuales tuvo la oportunidad de ser dirigida nada menos que por el gigante Welles en la interesante “Mr. Arkadín” (1955), coproducción hispano-suiza en la que incorporaba el papel de la señora de Martínez, esposa del general Martínez (un abotargado y silencioso Manuel Requena), uno de los decisivos pasos en la investigación que el protagonista (Bob Harden) desarrollaba, en pos de desentrañar el misterio de Gregory Arkadin. El film reunía en su reparto a primeras figuras del teatro español, como Amparo Rivelles y nuestra protagonista de hoy con actores tan espléndidos como el británico Michael Redgrave, el camaleónico Akim Tamiroff y el propio Orson Welles. Estrenada en mayo de 1958, “Buenos días amor” ( Amore a prima vista, según su título italiano) fue la siguiente película en la que participó doña Irene y una de las primeras que dirigió Franco Rossi, con un reparto encabezado por Walter Chiari, Isabelle Corey, Rubén Rojo e Yvonne Monlaur. En noviembre de 1959, cuando se produjo el estreno de “De espaldas a la puerta”, la última ocasión en que Irene López Heredia brindó su arte interpretativo al escrutador ojo de la cámara, ya había triunfado, en mayo de 1957, en el Teatro Eslava en el seno de la compañía dirigida por Luis Escobar, en la representación de la adaptación de “La Celestina” de Fernando de Rojas (en versión de don Luis y de Humberto Pérez de Ossa), y que la llevó a cosechar aplausos después tanto en teatros de Madrid como de Barcelona y hasta de París. En su último film, que dirigió José María Forqué, una trama melodramática de fondo policial (o una trama policial de fondo melodramático) original de Luis de Arcos, Irene López de Heredia, que venía de representar a la inmortal Celestina del Renacimiento encabezando un reparto que completaban María Dolores Pradera (como Melibea), Guillermo Marín, José María Rodero, Javier Escrivá, Ebe Doany y Laly Soldevila, componía una escalofriante “madame” de burdel transmutado en pudibundo cabaret llamado “La ratonera dorada”. Daba un paso de cuatro siglos para conmutar la alcahueta por la "Madame". En ese tránsito le acompañaron, junto al competente inspector de policía don Enrique, que componía Luis Prendes, auxiliado por el agente Emilio Arévalo, a quien daba vida el llorado José Luis López Vázquez, una feroz Emma Penella, una debutante María Luisa Merlo, y unos siempre brillantes Luis Peña, Félix Dafauce, Carlos Mendy y José Marco Davó. Los anteriormente citados completaban con Lola Lemos, Emilio Rodríguez, Víctor Fuentes (acreditado como Victorico Fuentes), Roberto Llamas, Adriano Domínguez, María del Valle y Pilar Muñoz, entre otros, el reparto de un film en el que Irene López Heredia tenía la oportunidad de actuar al lado de su vástago, José María Vilches López, fruto de su unión con Ernesto Vilches, quien había fallecido, por cierto, atropellado por un automóvil en Barcelona el 8 de diciembre de 1954, adelantándose casi tres años exactos al deceso del otro hombre importante en la vida de Irene López Heredia, Mariano Asquerino, quien dejó este mundo el 12 de diciembre de 1957 desde la capital de España, ciudad que daba título, precisamente, a su último film, “Historias de Madrid” (Ramón Comas, 1957) cuyo estreno no le halló ya entre los vivos.

Entre abril de 1958 y marzo de 1960, Irene López Heredia protagonizó sobre el escenario del Teatro Español las más renombradas obras del repertorio clásico dirigida por José Tamayo, siendo la última de esas representaciones la del montaje de “Los intereses creados” que sirvió de homenaje póstumo a su autor en beneficio de la construcción de un monumento a su memoria, a la cual nos referimos con ocasión de la entrada dedicada a Manuel Díaz González, que también tenía un papel en la función. El resto de las piezas en las que actuó fueron los dos “Don Juan Tenorio” correspondientes (el de 1958, con Carlos Lemos, y el de 1959, con Luis Prendes, de quien habíamos comentado aquí otro “Don Juan”, el del 57), el “Enrique IV” de Pirandello, con Elisa Montés y Carlos Lemos, “La visita de la vieja dama”, de Dürrenmatt, (obra que, al decir de la crítica de la época, parecía escrita pensando en ella, de acertada que estuvo en su labor) con Luis Prendes, Antonio Ferrandis, José Bruguera, Carlos Ballesteros, y Gemma Cuervo; “El teatrito de don Ramón” de José Martín Recuerda (a la que también hicimos referencia en la entrada, antes aludida, dedicada a Manuel Díaz González), el premio “Lope de Vega” de 1957, “La Galera”, de Emilio Hernández Pino, “Los encantos de la culpa”, de Calderón de la Barca, y “La Orestiada”, versión de José María Pemán y Francisco Sánchez-Castañer, de la tragedia de Esquilo, que contó con un numerosísimo reparto integrado por la compañía al completo del Teatro Español. Fueron estas dos temporadas en el teatro nacional la culminación de una carrera gloriosa que todavía, y a pesar de la enfermedad que apagaría su llama, todavía conocería un momento de lucimiento en las representaciones de “Gigi”, junto a Nuria Espert, luchando ya contra las lacras del mal que la estaban minando, que le dificultaban el habla y la acción.

Hoy nos ha asaltado una imagen de pasada grandeza, desde las páginas de una vieja revista (el Cinegramas número 29, que se publicó el 31 de marzo de 1935), que nos ha animado a trazar esta rápida semblanza. La imagen era la de una gran dama del teatro que pese a alzarse triunfante y espléndida con imponente gracia etérea sobre los escenarios durante más de cuatro décadas, difícilmente es hoy recordada por un puñado de curiosos. Algo de injusto debe haber en esto. O quizá no. Quizá se trata tan sólo de que va todo demasiado deprisa en este absurdo carrusel de la escena y de la vida.

PD: Del film postrero de doña Irene, “De espaldas a la puerta”, hablaremos más detalladamente en una futura entrada prevista que estará dedicada a uno de los integrantes de su reparto, el extraordinario Luis Peña. Antes, no obstante, este burgomaestre se compromete a completar la entrada dedicada a José María Tasso, cuya tercera y última parte está en proceso de construcción.

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sábado, junio 06, 2009

Las pequeñeces de Elena Salvador

Este burgomaestre hace un alto en la grata pero ardua tarea de glosar la trayectoria de Jesús Tordesillas porque, en uno de los chamarileros que frecuenta, ha tropezado con un libro que le descubrieron sus buenos amigos señores Cuadrado y Felíu. Había quedado este burgomaestre prendado de los buenos oficios y de la belleza de Elena Salvador, una actriz que actuaba en “Pequeñeces” (film comentado algo extensamente en la segunda parte de la entrega dedicada a Jesús Tordesillas) junto a Aurora Bautista, y solicitaba de los doctos visitantes de este weblog alguna noticia a propósito de la actriz, a la que no le conocía apenas continuidad en su carrera artística. Ellos le revelaron que el matrimonio con el famoso urólogo, doctor Puigvert, apartó a Elena Salvador de los escenarios y que, con el paso de los años, se decidió a dar a la imprenta un par de libros en los que explicaba sus experiencias y su relación con diversa gente famosa. Hoy he tenido la suerte de dar con uno de esos dos libros y, como en él se da cuenta de cómo la actriz accedió al papel de Isabel, la hipócrita amiga de Curra Albornoz en “Pequeñeces” (Juan de Orduña, 1950), paso a relatarlo a continuación, a modo de apéndice de la entrada antes referenciada.

Elena Salvador (Madrid, 1927), que fue alumna de la mítica profesora de declamación Carmen Seco, que hizo en 1944 el meritoriaje en el teatro María Guerrero que dirigía Luis Escobar, que debutó sustituyendo a Pepita Velázquez (esposa de Guillermo Marín) en la representación de “De lo pintado a lo vivo”, de Juan Ignacio Luca de Tena, y que se inició profesionalmente en la escena como dama joven en la compañía de la argentina Lola Membrives, desarrolló una carrera espléndida en los escenarios, estrenando en los teatros Lara y Español a autores como Benavente, Buero Vallejo, Víctor Ruiz Iriarte o López Rubio. Conoció a Aurora Bautista en Barcelona, donde ésta, siendo todavía discípula de Marta Grau en el Instituto del Teatro, debía incorporarse a las representaciones en el Teatro Comedia de “La malquerida”, desempeñando el papel de Acacia, la hija de la protagonista a la que su padrastro anhela poseer. La titular de la compañía era Lola Membrives, a la que Elena Salvador conocía tan bien por ser su maestra, aquella quien le había dado su primera oportunidad profesional. Elena Salvador se prestó entonces a aleccionar a Aurora Bautista, inexperta todavía en el terreno del escenario, para poder compartir, con seguridad, escena con la gran dama a la que debía dar réplica. Algún tiempo después, la futura esposa de Antonio Puigvert, se encontraba en el paro, en un momento de transición entre sus temporadas en el teatro Lara y las que habrían de venir en el Español. Su situación económica era angustiosa y entonces, Aurora Bautista, sabedora de ello, y gozando de una posición de privilegio tras el éxito de “Locura de amor”, intercedió ante Juan de Orduña para que Elena obtuviera el bien pagado papel de Isabel en “Pequeñeces”. Como la misma actriz recuerda en las páginas de “Tratando a los famosos”, además del dinero, que tan bien le vino en aquel trance, su interpretación en el film CIFESA, adaptación de la novela del Padre Luis Coloma, le valió el premio del Círculo de Escritores Cinematográficos a la mejor actriz de reparto. Un logro por cuya obtención siempre se sentiría en deuda con Aurora Bautista, tal como proclama en su libro. Olvidando el favor que ella misma le había prestado antes, considerándolo, tal vez, “pequeñeces”.

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martes, febrero 24, 2009

Premios y galardones (Julia Gutiérrez Caba)

Resultaría difícil de explicar que este weblog, dedicado a los actores españoles, pasara por alto el hecho de que una de nuestras actrices se haya alzado con el premio más prestigioso y de resonancia más universal de los que se conceden a los profesionales de la escena cinematográfica. Por eso, al igual que hicimos hace un año cuando el agraciado fue Javier Bardem, hoy queremos congratularnos del triunfo de Penélope Cruz, que ha obtenido el primer Óscar de la Academia de Hollywood concedido a una actriz española. Cierto es que la categoría del premio, el de Mejor Actriz Secundaria no es (como cabía afirmar igualmente en el caso de su colega, Javier Bardem, el año pasado) precisamente, de los que quedan en la memoria del aficionado. Los galardonados con esta estatuilla son, frecuentemente, pasto del olvido en muy poco tiempo y sus trofeos languidecen en sus repisas hogareñas sin más misión que la de reclamar que les limpien el polvo periódicamente.

El caso es que la noticia de la concesión de este Óscar ha coincidido con el anuncio, por parte del Ministerio de Cultura, de la lista de acreedores a las Medallas al Mérito en Bellas Artes del 2008, en la que se encuentran los actores Imanol Arias, Charo López, Pilar Bardem y Cecilia Roth, motivo por el cual, este burgomaestre considera oportuno recoger aquí la noticia de la distinción y felicitarles por ella.

Y con ser estos reconocimientos muy sonados y campanudos, en este weblog (o lo que sea) aprovechamos la coyuntura de la actualidad para echar la vista atrás y recordar con reverente admiración a Julia Gutiérrez Caba (Madrid, 20-10-1934) en un momento concreto de su brillante carrera, cuando, en enero de 1966, le era concedida la Placa de San Juan Bosco (patrón de la Cinematografía) premio instaurado por la revista Fotogramas (precedente de los actuales Fotogramas de Plata), con el que se alzó brillantemente, tras votación popular de los lectores de la revista concesionaria, por su trabajo en el film de Juan Antonio Bardem “Nunca pasa nada”, estrenado en 1965. La sensacional actriz, miembro destacado de toda una estirpe de actores (hija, nieta, hermana, sobrina y esposa de actores) había hecho el aprendizaje de su profesión junto a sus padres en la compañía de teatro del Infanta Isabel, teatro regentado por Isabel Garcés, en 1951, alcanzando la profesionalidad al año siguiente. En el momento de la obtención del galardón al que nos referimos hoy, Julia Gutiérrez Caba, que había debutado en el cine en 1961 y en televisión un año después, coleccionaba premios y galardones con la misma serenidad con la que la tierra recoge el agua de la lluvia tranquila. Y mientras en Barcelona, la guapa Teresa Gimpera recogía el premio en su nombre, en la correspondiente gala oficial, Julia Gutiérrez Caba actuaba en el escenario del teatro María Guerrero, en Madrid, repasando quizá, mentalmente, las distinciones que habían jalonado su ejecutoria profesional. Así, en 1962 había ganado el Premio San Jorge de la crítica cinematográfica de Barcelona, y en 1963 obtuvo el Premio del Círculo de Escritores Cinematográficos y el Premio Nacional del Sindicato en su categoría de Cine. En 1964, uno de los primeros Premios Nacionales de Televisión fue a parar a sus manos, y, en 1965, a la Placa de San Juan Bosco de Cine, se sumaron la concesión del Premio de la Popularidad del diario “Pueblo”, en su categoría de televisión y otro premio análogo concedido por el diario “Tele/eXpress”. Pero por encima de esta cosecha de recompensas, en forma de trofeos, Julia Gutiérrez Caba se ganó con su arte, desde entonces y hasta hoy mismo, el derecho de estar siempre presente en el corazón del público. Quizá por eso, hoy que se habla de premios, este burgo piensa en ella.

PD: en aquella edición de los premios San Juan Bosco, el recordado Antonio Ferrandis (Paterna, Valencia 28-2-1921 – Valencia, 16-10-2000) logró el primero que se concedía en la categoría de televisión, por su trabajo en la serie de Jaime de Armiñán “Tiempo y hora”. En el mismo año, el fenomenal actor había ganado el Premio del Sindicato Nacional del Espectáculo por su trabajo en el film “Posición avanzada” (Pedro Lazaga, 1965). Por último, anotemos que, en el apartado internacional de los premios San Juan Bosco 1965, el galardonado fue nada menos que Jerry Lewis. ¿Eran otros tiempos? Desde luego que sí. Para lo bueno y para lo peor, también.

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