Lady Filstrup (3ª época)

Dedicado a la música ligera, actores españoles y tebeos de Bruguera (porque sí, porque rima).

Mi foto
Nombre:
Lugar: El Escorial, Madrid, Spain

jueves, noviembre 10, 2011

Un reparto de campanillas (Edición en DVD de "La Torre de los Siete Jorobados")



NOTA PREVIA: excepcionalmente, este burgomaestre abandona su letárgica actitud para reabrir “Lady Filstrup”. El motivo es celebrar la aún más excepcional edición en DVD de una de las películas más singulares e irrepetibles de la Historia del Cine Español, “LaTorre de los Siete Jorobados”, de Edgar Neville. El tesonero esfuerzo de Gonzalo del Pozo, responsable de Versus Entertainment ha hecho accesible para todos los aficionados al cine tan recóndita joya en las mejores condiciones posibles de calidad. Santiago Aguilar, cineasta valioso, estudioso riguroso del Séptimo Arte e irredento entusiasta de la obra nevilliana, ha sido el encargado de coordinar la confección del documentado, extenso y precioso libro que acompaña a la película. En un incomprensible acceso de enajenación mental Santiago Aguilar tuvo la ocurrencia de encargar a este burgomaestre el apartado dedicado al reparto del film de Neville. Su reconocida bondad natural le impidió rechazar el artículo que le presenté y a convencer, además, a Gonzalo del Pozo de que lo incluyera en su tan mimado proyecto. Lo que sigue es una aproximación al texto que este burgomaestre estaba en trance de pergeñar antes de empezar a recortar (odiosa palabra) lo escrito con la finalidad de hacerlo caber en las páginas de que disponía en la edición final prevista. Es lo que podríamos llamar “el montaje del director” del texto editado. Personalmente, considero mucho mejor la versión corta (que tiene la ventaja innegable de que se acaba antes), pero como esa ya está publicada en papel, y sería ocioso reproducirla aquí, les invito a leer esta otra, un poquito más extensa, por si están de humor.
PD a la Nota Previa: Acompañando al texto, entre otras imágenes, encontrarán capturas de la versión restaurada de “La Torre de los Siete Jorobados”, lo que permitirá al perspicaz lector apreciar la notabilísima calidad de imagen obtenida por los encargados de su restauración.


Un reparto de campanillas
La característica primordial que permite al reparto de un film acceder a la calificación de excelencia es su idoneidad. Y un sistema infalible para confirmar ésta es tratar de imaginar a otros actores encarnando a sus personajes. En tales términos, no cabe la menor duda de que es, el de “La torre de los jorobados”, un reparto excelente.

La masculina inocencia de Antonio Casal, la inquietante ajenidad de Guillermo Marín, el empaque aristocrático de Félix de Pomés, la comicidad estrambótica de Antonio Riquelme, la carnalidad risueña de Julia Lajos, la virginal fascinación de Isabelita Pomés, se imbrican primero y se funden después con el apasionante universo “bizarre” del argumento de Carrère dando lugar a un film tan deslumbrante como único e insustituible en la cinematografía española. Añadiendo a los antedichos, la eficaz colaboración de grandes actores en papeles episódicos, cual es el caso de José Franco o Julia Pachelo, la conformación del reparto se completa de manera excelsa. La afirmación precedente adquiere mayor relieve si se sitúa el antedicho elenco en el debido contexto del momento en que fue reunido. No andaba escasa de buenos actores, precisamente, la cinematografía española en 1944. La productora puntera del momento, la valenciana CIFESA, disponía de una suerte de “Star System” casero (en el que estaban incluidos, precisamente, Antonio Casal e Isabel de Pomés) y de una poblada escudería de actores característicos (en los que descollaban, entre otros, Antonio Riquelme y Julia Lajos). Y sin embargo, ni sus estelares galanes al uso, como el heroico Alfredo Mayo y el crujiente Rafael Durán, o el dramático Luis Peña, ni sus espléndidos primeros actores como el sobrio Manuel Luna, ni sus diversas estrellas femeninas, tales como la dulce Amparito Rivelles, la socarrona Luchy Soto, la “pecadora” Mercedes Vecino, la sosita Marta Santaolalla, o la adusta Lina Yegros, habrían encajado con la misma precisión en los roles del film de Neville. De talla aún más titánica son los actores secundarios que poblaban las producciones CIFESA de la época, con Pepe Isbert marchando al frente y con Alberto Romea, Juan Calvo, Juan Espantaleón, José Prada o Manuel Arbó (por citar sólo unos pocos), tan sólo un paso detrás. Y sin embargo, a ninguno de ellos podemos imaginar superando a Antonio Riquelme y su inolvidable Don Zacarías. Tampoco a Ignacio F. Iquino, otro de los pocos productores “en serie” del momento, con su “cuadra” de actores prácticamente fijos, encabezados casi siempre por Ana Mariscal, Adriano Rimoldi y Mary Martín, lo creemos capaz de haber adecuado tan a la perfección los cómicos disponibles a las exigencias de su papeles.


Cruce de destinos
El rodaje de una película puede ser considerado como un punto de confluencia de las carreras profesionales de un diverso y heterogéneo grupo de actores, al servicio de un proyecto común. Así entendido, en las próximas páginas nos proponemos contar cómo llegaron hasta el rodaje de “La torre de los siete jorobados” sus principales intérpretes. Y también, en forma más o menos sucinta, ofreceremos un esbozo de lo que fueron sus dispares trayectorias posteriores.

El mejor galán cómico y el mejor villano: Antonio Casal es Basilio Beltrán y Guillermo Marín, el doctor Sabatino

Antonio Casal Rivadulla (Santiago de Compostela, 10/06/1910 – Madrid 11/02/1974) era valiente y sencillo. Hijo de familia dedicada al agro, Antonio Casal Rivadulla (Santiago de Compostela, 10/06/1910- Madrid, 11/02/1974) sintió desde temprana edad el deseo de actuar ante el público, lo que le impulsó a unirse espontáneamente a un grupo circense, “Los Stelas”, por el expeditivo sistema de subirse al escenario en el transcurso de una función. Reintegrado al hogar por la intervención de la Guardia Civil, tras lograr el permiso paterno prorrogó su incorporación al circo, con la secreta ambición de llegar a ser payaso. Empleado fundamentalmente en labores auxiliares (situación que reviviría en la pantalla en el film que protagonizaría años más tarde, “El fantasma y doña Juanita”), consigue sin embargo especializarse en un número de escapismo. Su etapa bajo la lona del circo da paso a continuación a formaciones inconclusas en las carreras de Comercio y de maquinista de la Armada. Tras diversos traslados familiares (a El Ferrol y La Coruña), Antonio Casal accede a algunas colocaciones sin futuro y, ya en Madrid, al teatro, debutando, sin cobrar, en el Maravillas, representando una obrita titulada “Curro Trueno”. Llegaría más tarde su primera retribución, en la cuantía de diez pesetas diarias, al unirse a una compañía que recorría provincias. Ingresaría después en la compañía de Antonio Gentil y Julia Lajos (con quien, como es notorio, coincidiría reiteradamente en su esplendoroso futuro cinematográfico). Su siguiente paso profesional, tras el negro paréntesis de la Guerra Civil, lo dirigió al seno de la compañía de Társila Criado y Jesús Tordesillas, quien se encargaría de orientarle atinadamente sobre su devenir profesional, mostrándole al joven actor el camino que debía recorrer para encontrar a su público. Afianzado en sus convicciones vocacionales, Antonio Casal se enrola en la compañía de Moreno Torroba, y obtiene un gran éxito en “La del manojo de rosas”, junto a Marcos Redondo, en el Teatro Tívoli de Barcelona. Con la atención hacia sí reclamada por su reciente triunfo, recibe la propuesta de María Fernanda Ladrón de Guevara, quien le contrata para actuar en “La madre guapa”. Será un nuevo éxito que le proporcionará la popularidad que propiciará su paso al cine. Florián Rey va a verle en una función y le dé un papel en “Polizón a bordo”, film que supondrá el debut cinematográfico del cómico compostelano.
Ya tenemos al joven Antonio Casal en el cine. Es la suya toda una irrupción, porque enseguida suma a los papeles principales, los de protagonista. En sólo tres años se alza con el primer puesto de galán cómico del cine español del momento. No sólo ha prorrogado el acierto de su debut cinematográfico al intervenir en la película de José López Rubio “Pepe Conde” (1941), que constituyó un éxito rotundo, sino que ese mismo año también protagonizó “El hombre que se quiso matar”, primera de sus interpretaciones a las órdenes de Rafael Gil. Mientras rueda “La torre de los siete jorobados” cumple 34 años y para entonces ya ha protagonizado tres producciones CIFESA dirigido por Rafael Gil (la cuarta está en camino), entre las que destaca “Huella de luz”, que obtiene el primer premio del Sindicato Nacional del Espectáculo de 1943 y a la que siguieron “Viaje sin destino” (ambas de 1942), y “El fantasma y Doña Juanita”, delicioso póker de comedias humorísticas excelentes, dotadas de grandes dosis de ternura, humanidad y lirismo, con toques de fantasía, que constituyen lo más indiscutidamente mejor valorado de la obra del director, y en las que la personalidad de Antonio Casal, algo tímida, algo torpe, algo heroica y más bien cándida, pero no exenta de coraje, encajaba a la perfección y remitía a los héroes ingenuos de la pantalla cómica más clásica, como su admirado Buster Keaton. El decir cadencioso de Antonio Casal, sus ademanes desmañados, su mirada sonámbula y su físico agradable encajan a la perfección con un tipo de cine que no conocerá continuidad, en el que la línea humorística de Wenceslao Fernández Flórez marca la pauta.
Incrustada en esta “mini-suite gilesca”, “La torre de los siete jorobados” constituye en la carrera de Antonio Casal (y, por qué no, en todo el cine español) una rara joya. Protagonizándola, el cómico gallego se reencuentra con Isabelita Pomés, su exquisita “partenaire” en dos films anteriores, en la celebrada y premiada “Huella de luz” y en “Te quiero para mí” (Ladislao Vajda, 1944), cuyo rodaje habían concluido sólo mes y medio antes de iniciar el del filme de Neville. La década de los años cuarenta la culmina Antonio Casal con una nueva cima de popularidad, la que le da ser el tercer vértice del triángulo protagónico que forma con Fernando Fernán-Gómez y Jorge Mistral en la popularísima “Botón de ancla” (1948), donde vuelve a reencontrarse con Isabel de Pomés.

Los años cincuenta, que para el humor resultan más resabiados, cínicos y crueles que los de la década precedente, son terreno menos propicio para el protagonismo de Antonio Casal ante las cámaras. Pese a permitirle ser nuevamente dirigido por Vajda en la extraordinaria “Doña Francisquita”- 1952- (en la que, por cierto, coincidirá con buena parte del reparto de “La torre de los siete jorobados”, como Julia Lajos, Antonio Riquelme y Félix de Pomés, y con su “maestro”, Jesús Tordesillas), suponen una disminución de la dimensión de Antonio Casal como estrella cinematográfica. Así, se verá inmerso en el intento de reedición de viejos éxitos, como el traslado al terreno aéreo de la fórmula de “Botón de ancla” en “La trinca del aire” (Ramón Torrado, 1951), o en el pálido reflejo de “Huella de luz” que fue “Camarote de lujo” (Rafael Gil, 1959), mientras que Edgar Neville le adjudica papel en el episodio taurino de “La ironía del dinero” (1959). También, aunque quedando diluida su personalidad en el protagonismo coral, intervendrá en comedias del llamado “desarrollismo”, tales como “Las chicas de la Cruz Roja” (Rafael J. Salvia, 1957) y “El día de los enamorados” (Fernando Palacios, 1959). Por contra, la misma década proporcionará a Antonio Casal un destacable éxito sobre los escenarios, en el terreno de la revista, formando pareja artística durante siete años con Ángel de Andrés. Juntos protagonizarán espectáculos como “Las cuatro copas” que, con vedettes tan fascinantes como Lina Canalejas, se mantendrá en cartel durante años. Rota la asociación con Ángel de Andrés (con quien, al parecer nunca existió buena sintonía personal), Antonio Casal se dedicó más a la actividad empresarial y directiva, montando espectáculos del género de revista hasta que, en su última etapa profesional, los alternó con actuaciones en televisión tan memorables como su contribución, como uno de los “Doce hombres sin piedad” en la adaptación legendaria dirigida por Gustavo Pérez Puig del teledrama de Reginald Rose, o su incorporación del policía municipal de Tomelloso, hijo de la imaginación de Francisco García Pavón, Plinio, en la serie del mismo nombre.

Si arrojado consideramos a Antonio Casal, no menos lo fue Guillermo Marín, pues si el impulso del primero lo llevó a invadir un escenario, el del segundo le impelió a cruzar el Océano Atlántico. Guillermo Marín Cayre (Madrid, 12/08/1905 – 21/05/1988) que estaba llamado a un día ser honrado con las más altas distinciones de la escena (la Orden de Alfonso X el Sabio en 1947 y del premio Nacional de Teatro en 1982) quedó huérfano de padre, un militar de carrera, cuando contaba tan sólo seis meses de edad. Su madre, la actriz Gloria Cairé, tuvo buena parte de responsabilidad en que su hijo tuviera prisa por pisar el escenario. Y así lo hizo, con tan solo quince años, debutando en el papel de “Príncipe Pálido” en “La noche del sábado” benaventiana, en una función en el teatro Rojas de Toledo representada por la compañía de Nieves Suárez y José Santiago. Conocerá Guillermo Marín los rigores de los estrenos en improvisados escenarios de provincias y de los viajes en destartalados vagones de tercera e irá consolidando su arte y su oficio pasando por diversas compañías, hasta que en 1925 recibe la oferta de Ricardo Calvo de enrolarse en una gira americana de la que se desconoce aún su duración y que le exigirá tremendamente. “¿Usted se atrevería a hacer todos los galanes del teatro clásico?”, cuenta Marín que le preguntó Ricardo Calvo. “Yo me atrevo a todo”, contestó el joven actor. Y tanto, que se atrevió. A lo largo de cinco años, el recién contratado galán, además de habérselas con un repertorio inacabable, asumió con maestría el mismo nivel en el arte declamatorio que había alcanzado su patrón; conquistó el corazón de la hija de su jefe, Pepita Calvo Velázquez, con quien se casó, y, en un rasgo inaudito de lealtad a su maestro, perdió todo el pelo de la cabeza, para ser calvo, como él.
Guillermo Marín, devoto admirador (y conquistador) de las féminas y leal amigo de los canes, desplegó su arte interpretativo con especial relevancia en los más nobles escenarios de España, con menor presencia, pero con igual altura, en el cinematógrafo, y difundió su genialidad a través de la pequeña pantalla e incluso, como rapsoda, impresionando discos microsurco en los que ofrecía al escucha su distinguida forma de “decir” el verso.
 A su regreso de la prolongada estancia en América, en 1933, Guillermo Marín alcanza la consagración profesional por su labor en “El divino impaciente”, en el Teatro Princesa (más tarde, María Guerrero), que perdurará tres años en cartel. Consagración prorrogada dos años más tarde, con su papel protagónico en “En el nombre del padre”. En el momento del rodaje de “La torre de los siete jorobados”, Guillermo Marín ya había impuesto su calidad indiscutible tanto a la crítica como al público teatrales y celebraba sus bodas de plata con el escenario. Amigo de Benavente, de José María Pemán y de los hermanos Machado, su prestigio no había hecho sino acrecentarse en las dos décadas largas que habían transcurrido de su carrera, acaparando elogios por su Segismundo de “La vida es sueño” en la versión que del clásico calderoniano dirigió Luis Escobar en 1941, así como por los protagonistas de “Hamlet”, “La tejedora de sueños” o “Círculo de tiza caucasiano”. En 1942 interpreta por primera vez al Don Juan de Zorrilla, personaje al que dará vida repetida (probablemente, más que ningún otro primer actor), y acertadamente (al decir de un experto en la materia, el estudioso Gregorio Marañón, con más tino y agudeza que nadie).  El mismo año del estreno de la película de Neville de la que aquí nos ocupamos, cosechó un nuevo triunfo en el teatro representado “Los endemoniados”, y sus sonados éxitos continuaron en años venideros con títulos tales como, “Un espíritu burlón” (1946) y “Plaza de Oriente” (1947), o el de la fundamental “Historia de una escalera”, clásico moderno de Buero en que actuó bajo la dirección de Luca de Tena. Su prestigio no deja de incrementarse en las décadas siguientes a través de interpretaciones colosales tanto en el género dramático (como serían, “Llama un inspector” (1951), “La tejedora de sueños” (1952), “El alcalde de Zalamea” (1952), “La alondra” (1954), “Edipo” (1954) y “Crimen perfecto” (1954), por citar algunas) como en la comedia ( “El gran minué” (1950), “Celos del aire” (1959), “Entre bobos anda el juego” (1951) y “Los tres etcéteras de Don Simón” (1958), por citar otras pocas). Ya sexagenario, Guillermo Marín hizo del escenario del Teatro Español su trono, y cosechó ovaciones y aplausos por sus actuaciones en “El zapato de raso” (1965), “La paz” (1969), “Proceso de un régimen” (1971), “Tal vez un prodigio” (1972), y, sobre todo, “El sí de las niñas” (1975) y “Julio César” (1976). Padeciendo serios problemas de salud (el más dañino, una neumonía que padecía desde 1985) y acuciado por una precaria situación económica (en la vejez, llegó a haber de sustentarse con una pensión de 500 pesetas mensuales), Guillermo Marín se mantuvo activo hasta, prácticamente, sus últimos días,  destacando, entre sus últimos trabajos en escena por sus intervenciones en  “El barón” (1983) y “Casandra” (1983), hasta que un infarto segó su vida el vigésimo primer día de mayo de 1988, poniendo fin a una existencia gloriosa, consagrada a la escena.

De manera análoga a como sucedió con su coetáneo colega Manuel Dicenta, el medio cinematográfico reservó para el coloso teatral Guillermo Marín un espacio insuficiente para su genio. Con contadas excepciones, podríamos considerar que tan sólo Edgar Neville y, en menor medida, Rafael Gil, fueron capaces de ofrecer al intérprete madrileño papeles de suficiente entidad digna de su capacidad. Neville le tuvo a sus órdenes por primera vez, precisamente, en “La torre de los siete jorobados”, volviendo a contar con su concurso en dos films más (“La vida en un hilo” y “Domingo de Carnaval”), al años siguiente. “El marqués de Salamanca” (1948), “El cerco del diablo” (1950), y “La ironía del dinero” (1955) completarían posteriormente la filmografía de las colaboraciones entre actor y director, en la cual, la vena cómica del segundo, basada en la afinada crítica sarcástica de lo vulgar y lo anodino, hallaba preciso acomodo en la destreza interpretativa del primero. Menos sutil, Rafael Gil también extraería poderosas actuaciones de Guillermo Marín, como en el caso del taimado politicastro de “La pródiga” (1946), el amargado ateo de “La fe” (1947), o el cruel villano de “Mare Nostrum” (1948). Presente en algunos títulos referenciales de la hitoria del cine español, como el gran éxito de José Luis Sáenz de Heredia de 1943, que marcaría una tendencia en la producción de cine patrio, “El escándalo”, o como el díptico triunfal de Juan de Orduña  “Pequeñeces” y “Agustina de Aragón” (ambas de 1950 y continuadoras del “fenómeno” Aurora Bautista en el seno de CIFESA, que había nacido con “Locura de amor”, un año antes ),  o como “Apartado de correos 1001” (1950), film de Julio Salvador que inició una nueva vía de producción, modesta en términos de presupuesto pero que a la postre resultaría, con el paso del tiempo, una de las más reconocidas y valoradas por el público y la crítica. Lamentablemente, las décadas sucesivas de la producción cinematográfica española, pese a no olvidar completamente a Guillermo Marín, no le ofrecieron oportunidades más que de intervenir, prácticamente como comparsa prestigioso, en films montados, con frecuencia, en torno a una figura popular, como la niña prodigio Marisol (“Tómbola”, 1962, “La nueva Cenicienta”,1964), las cantantes Lola Flores, Paquita Rico y Carmen Sevilla (“El balcón de la luna” 1962), o el cómico Paco Martínez Soria (“Don Erre que Erre”, 1970, film en el que actuaba acompañado por sus propios y queridos caniches). No obstante, sus participaciones en films de directores estimables, como José María Forqué (“El juego de la verdad”, de 1963; “Zarabanda bing bing”, de 1965 y “Un millón en la basura”, de 1967) o el genial Fernando Fernán Gómez (“Mi hija Hildegart”, 1977), así como sus dos últimos films, los exitosos “Las bicicletas son para el verano” (Jaime Chávarri, 1983) y “La corte del Faraón” (José Luis García Sánchez, 1985), merecen ser mencionadas.
Pese a lo hasta aquí expuesto, cabe concluir en relación a Guillermo Marín que si bien reinó sobre los prestigiosos escenarios del María Guerrero o del Teatro Español, haciéndose acreedor a los más sonados premios y lisonjas críticas, el cine, en cambio, le reservó menor grandeza. Y ello es debido a que para los papeles protagónicos, los peliculeros prefieren “presencias”, mientras que para los personajes característicos, de villanos o de antagonistas, exigen primeros actores, como Guillermo Marín. Así, no sólo Neville, que sabrá ver en la cínica inteligencia de Marín la capacidad suprema para dar vida a papeles de solemne pelmazo con la misma solvencia que para los villanos esquinados, sino también directores como José Luis Sáenz de Heredia (quien le proporcionó -apuntemos- su debut, en la influyente cinta de 1941, “El escándalo”) o Rafael Gil, le reservarán, especialmente durante los años cuarenta, en el llamado "cine de levita", de efímero predicamento, roles de tal índole. En esta línea, el doctor Sabatino de “La torre de los siete jorobados” se inscribe en la deleitable galería de untuosos anfitriones venenosos, capaces de raptar a la heroína y ligarla con cadenas de seda, o de servir al héroe (mosca en su red) combinados de vitriolo en copas talladas de fino vidrio.

Dos característicos superlativos: Julia Lajos y Antonio Riquelme, son  Magdalena, la madre de La Bella Medusa, y don Zacarías
Nacidos ambos en 1894, Julia Lajos y Antonio Riquelme personifican el paradigma de aquello que unánimemente se considera lo mejor del cine español: sus actores característicos o de reparto. Sólidamente formados en la profesión a través de larga e intensa experiencia teatral, tanto doña Julia como don Antonio, transitaron ante las cámaras de cine pisando con seguridad y oficio, logrando, aparentemente sin esfuerzo, comunicar al espectador comicidad, naturalidad e ingentes dosis de Verdad. De su indiscutible dominio del género cómico da fe el hecho de que ambos estrenaron repetidamente al supremo comediógrafo Jardiel Poncela. Así, entre 1930 y 1940, don Antonio estrenó “El cadáver del señor García”, “Margarita, Armando y su padre” y “Eloísa está debajo de un almendro” en el Teatro Comedia, mientras que doña Julia hizo lo propio con “Angelina o el honore de un brigadier”, “Carlo Monte en Montecarlo” y “Un marido de ida y vuelta” sobre el escenario del Infanta Isabel. Previamente a la obtención de este particular marchamo jardielesco, dos décadas de trabajo ante el público les contemplaban. Para cuando rodaron “La torre de los siete jorobados”, el montante de años acumulados en la escena alcanzaba ya los treinta y cinco años de experiencia profesional. Casi nada. 

Juliana Julia Lajos Martín (Villagarcía, 24/02/1894 – Madrid, 1963) abre su existencia con una incógnita, pues sus biógrafos difieren en cuál fue la localidad de su nacimiento. Unos dicen que Villagarcía de Arosa (Pontevedra) y otros, que Villagarcía del Campo (Valladolid), con lo que la actriz vendría al mundo como gallega o como castellana. Aunque quien pergeña estas líneas se inclina por la segunda opción, no encuentra inconveniente en resolver la duda afirmando que, en cualquier caso, Julia Lajos nació para ser universal, como una de las mejores actrices cómicas de España de todos los tiempos (en competencia, por lo que hace a sus coetáneas, con Isabel Garcés y Guadalupe Muñoz Sampedro). El primer paso que dio en tal sentido fue el de enrolarse en una compañía de teatro vallisoletana, contando tan solo quince años de edad. Participando del mismo impulso juvenil del que se valieron para dar carta de naturaleza a su vocación, Antonio Casal o Guillermo Marín, Julia Lajos, que no contaba con antecedentes familiares en la profesión, prosperó rápidamente y, tras pasar por la compañía de Gómez Ferrer donde debutó profesionalmente en un “tenorio”, ascendió en el escalafón hasta estrenar su propia compañía en 1920, en el teatro Eslava de Valencia. Como cabeza de cartel, Julia Lajos inauguró, a comienzos de 1925, el teatro Alcázar (entonces, Alkázar) madrileño representando “Madame Pompadour”. Al año siguiente, tomará contacto por vez primera con el cinematógrafo, en el film “La malcasada” (Fco Gómez Hidalgo), en el histriónico (y mudo) papel de una cantante rusa. No obstante participar en otro film de 1930 (“El profesor de mi mujer”, Armand Guerra), no será hasta la década de los cuarenta que doña Julia, que ya atesora una experiencia apabullante como comedianta, se enseñoree de la pantalla con su personalidad estrepitosa, que contiene algunas pizcas de Margaret Dumont y de Mae West en un continente enteramente original. Será sin duda Edgar Neville quien mejor sepa y quiera aprovechar las dotes características de la cómica haciéndola, a partir de su primer papel en un film suyo, en “Correo de Indias” (1942), una presencia familiar en su cine.

Conducto excelente del mejor humor de Neville, Julia Lajos da vida al arquetipo de la señora de mediana edad, algo entrada en carnes, vitalista, que no disimula sus apetitos (aunque, debido a la censura hubiera de limitarse a hacer explícitos los de la mesa y a sugerir el resto), que suspira aún por los hombres, que se ríe de sí misma y que nos contagia con su risa. Prosaico contrapunto a la más espiritual protagonista habitual de los films de Neville (su musa, Conchita Montes) en “Café de París” (1943), en “La vida en un hilo” y “Domingo de carnaval” (ambas de 1945), bordaba también el rol de futura suegra de Fernando Fernán-Gómez en “El último caballo” (1951), sería una carnal hada en “Cuento de hadas” (1951), y se enfrentaba con acierto a su papel más complejo y hondo en “El crimen de la calle Bordadores” (1946). Pero lo más destacable de la filmografía de Julia Lajos no se agota en las películas de Neville. Esta insustituible actriz desplegó con nítida maestría su arquetípica personalidad en títulos tan señeros como “Doña Francisquita” (Ladislao Vajda, 1952), o “Novio a la vista” (film de 1954 debido tanto al genio de Luis G. Berlanga, como del propio Neville, argumentista y co-guionista). En ambas excelentes películas, así como en la también muy estimable “El canto del gallo” (Rafael Gil, 1955), figuraba en el reparto, junto a Julia Lajos, el también excelso Antonio Riquelme.

En una película tan dramática como “El canto del gallo”, el contrapunto cómico, estrambótico y tierno que protagonizaban la oronda Julia Lajos y el escuálido Antonio Riquelme representa, no sólo un soplo de aire fresco y vivificante, sino que eleva exponencialmente el alcance y la calidad del film en su conjunto, siendo la escena de su boda, el momento más inolvidable del film.

Sintetizar en el caso de Antonio Riquelme es sencillo: Antonio Riquelme nació actor y madrileño. Y, probablemente, por ese orden. Perteneciente a una larga estirpe de actores, que él se encargó asimismo de perpetuar, Antonio Riquelme Salvador (Madrid, 9/11/1894 -  20/03/1968) no perdió ni un instante en probar otros medios de vida e, indubitablemente, se zambulló en aquel oficio que le era tan natural como el respirar. Se inició en la profesión, siendo un muchacho, en la compañía de María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza, con lo que se inscribió en el teatro por la vía más ancha y noble, y ya en 1912 tuvo su primer contacto con el cine, actuando en dos cortometrajes, “Las aventuras de Pollo Palomeque” y “Los sueños de Pollo Palomeque”, dirigidos por los también cámaras Francisco Oliver y José Gaspar, respectivamente. Este primer contacto con el cine conocerá continuidad en esporádicas colaboraciones que se irán sucediendo durante las dos primeras décadas del siglo, mientras el joven Riquelme adquirirá solvencia y solidez en los escenarios actuando con continuidad en diversas compañías, de las que  debe destacarse, por ser aquellas en las que tuvo más presencia, las de Tirso Escudero y la del Teatro de la Comedia (donde fue dirigido por Jardiel). Será durante los años de la Segunda República cuando sus interpretaciones en el cine comiencen a adquirir mayor relevancia, al produciré en títulos que fueron grandes éxitos de la época, como “El rayo” (José Buchs, 1935) y “El bailarín y el trabajador” (Luis Marquina, 1936). Será a partir del periodo de la posguerra cuando la actividad de Antonio Riquelme se decante cada vez más por el cine en detrimento del teatro, actuando, a lo largo de veinticinco años, prácticamente, ante las cámaras de todos los directores del cine español, acumulando más de ciento cincuenta títulos en la suma de su filmografía. Obligado es mencionar al menos, un puñado de ellos, recordando, por ejemplo, su interpretación de “El Castelar” en la adaptación al cine de la comedia de Jardiel, “Los ladrones somos gente honrada” que realizó Iquino en 1941; o sus intervenciones en dos de las mejores películas de Juan de Orduña, “Deliciosamente tontos” (1942) y “Ella, él y sus millones” (1943); o como sus interpretaciones a las órdenes de Neville, quien, tras “La torre de los siete jorobados” volvió a confiarle encantado un papel en “El traje de luces” (1946) y en “La ironía del dinero” (1955). Los directores más prestigiosos del momento confiaban e manera bien fundada en Antonio Riquelme, y tanto José Luis Sáenz de Heredia, como Ladislao Vajda o Rafael Gil, le adjudicaron roles en sus films, como, por ejemplo, en “Las aguas bajan negras” (1946) , “Los ojos dejan huellas” (1952), o “Todo es posible en Granada” (1954, en el caso del primero, en “Barro” (1946), “Doña Francisquita” (1952), o “Aventuras del barbero de Sevilla”, en el caso del segundo, y en “Don Quijote de la Mancha” (1947), “Teatro Apolo” (1950), “La señora de Fátima” (1951), “El canto del gallo” (1955), o “Un marido de ida y vuelta” (1957), en el caso del tercero. Relevancia especial tuvo su colaboración con Luis Lucia, pues le valió el único reconocimiento público en forma de premio del Círculo de Escritores Cinematográficos por su genial incorporación del papel del tierno y arrollador fanfarrón Diego Ruiz en “Jeromín” (1953), éxito personal que le procuró probablemente uno de sus escasos papeles de protagonista en el film del mismo director rodado un par de años después, “La lupa” (1955). Presente en uno de los mejores films de Joaquín Romero Marchent, “El hombre del paraguas blanco”, hilarante como el chalado delicioso en “Bombas para la paz” (Antonio Román, 1958), Antonio Riquelme menudeó también en los films de José María Elorrieta, Ramón Torrado y, a partir de finales de los años cincuenta, Pedro Lazaga.

Antonio Riquelme puso su innato casticismo en juego en las dos versiones de “La Revoltosa” que firmó José Díaz Morales en 1949 y 1963, en el film de Ramón Comas, “Historias de Madrid”  y en el taquillazo “¿Dónde vas, Alfonso XII?”, film en el que su personaje se erigía en la voz del pueblo anónimo madrileño. Supo teñir de patetismo su vis cómica como el alcoholizado violinista Orfeo, en la popularísima “Manolo guardia urbano” (1956), tercera de las películas, por cierto, en las que trabajaba a las órdenes de Rafael J. Salvia. Si tenemos en cuenta que Riquelme tuvo un breve pero lucido papel en “El cochecito” (1960), del binomio Ferreri-Azcona, y que también actuó ante la cámara de Luis G. Berlanga (en “Novio a la vista”, como dijimos) y de Juan Antonio Bardem (en “Felices Pascuas”, de 1954), y que, a todos los directores citados habría que añadir, probablemente, a una veintena más (desde Manuel Mur Oti, hasta Edgar G. Ulmer, pasando por Francisco Rovira Beleta, Arturo Ruiz Castillo o Fernando Palacios, por citar algunos), no cabe duda que el enjuto y narigudo Antonio Riquelme logró hacer encajar con acierto su chocante humanidad en todas partes, con todo tipo de directores y en toda clase de películas, por el milagroso (y glorioso) procedimiento de ser siempre él mismo… Y es que fuera cual fuese el tono de su personaje, ya fuera jovial y relajado, fanfarrón incorregible, o jocosamente irascible, un punto patético, quizá, o fuera cuerdo y sentencioso, o un orate delirante, el timbre personal de Riquelme se mantenía siempre cálido y gozosamente cercano. Lo que, mantenido a lo largo de una filmografía tan extensa convierte a Antonio Riquelme en, probablemente, el mejor actor característico del cine español.


El inductor y la heroína son padre e hija: Félix de Pomés e Isabelita Pomés son Robinsón de Mantua e Inés
A diferencia de sus compañeros de reparto de “La torre de los siete jorobados”, Félix de Pomés Soler (Barcelona, 5/02/1893-17/07/1969) dispuso, por nacimiento, de una privilegiada posición económica que le permitió costearse una formación superior, que consistió en estudios incompletos de Medicina y Farmacia y en una licenciatura en Derecho. También a diferencia de ellos, su contacto con el escenario se produjo, no en sus años mozos, sino siendo ya un adulto. No necesitando ejercer la profesión que por sus estudios le habría correspondido, Félix de Pomés pudo permitirse atender a sus propias inquietudes personales, ejerciendo de periodista en diversas publicaciones y, especialmente, cultivando el arte pictórico, disciplina en la que obtendría notables reconocimientos, exponiendo en Barcelona y Madrid y publicando obra gráfica. No satisfecho por completo con el desarrollo de las antedichas actividades, Félix de Pomés fue un “sportman” destacado, practicante del boxeo en un primer momento, del fútbol (llegando a militar en las filas del F.C. Barcelona y del C. D. Español), con posterioridad, y de la esgrima, deporte en el que se alzó con el campeonato de Catalunya y por cuya práctica representó a España en las olimpiadas de París y Ámsterdam en 1924 y 1928, respectivamente. A lo largo de la década de los años 20 será cuando se inicie en el arte interpretativo, desarrollando su labor en escenarios barceloneses. Desenvuelto viajero, su paso por Alemania a finales de esta década le vale un contrato con la productora tedesca UFA, en calidad de asesor plástico y director artístico. Sin solución de continuidad, iniciará en films de dicha productora su carrera como actor cinematográfico, figurando en los repartos de cuatro films germanos entre 1928 y 1929. Con la irrupción del sonoro, Félix de Pomés formará parte de la selecta escuadra de actores españoles que rodarán versiones en habla hispana de films hollywoodienses. Así, se pondrá ante las cámaras de los estudios de la productora Paramount, instalados en Saint-Maurice y Joinville (París), durante el año 1930 y principios del año siguiente, para rodar cinco films del director Adelqui Millar. Cruzando el Atlántico, y bajo contrato de la productora Fox, Félix de Pomés rodará en los estudios de Hollywood “Cuerpo y alma”, y “Esclavas de la moda”, ambas firmadas por David Howard y estrenadas en 1931, y “Mamá”, film del mismo año que dirigió Benito Perojo. De regreso a España, dirigirá los primeros doblajes de los estudios Trilla-La Riva, y continuará con esporádicos trabajos ante las cámaras, llegando, al iniciarse la década de los cuarenta, a dirigir dos films (“Pilar Guerra” y “La madre guapa”) en los que contará con una belleza de pureza indescriptible como estrella: su propia hija, Isabel. Adviene al rodaje de “La torre de los siete jorobados”, donde obtiene el papel del imponente Robinsón de Mantua, como continuidad a su buen hacer en “Santander, la ciudad en llamas” (Luis Marquina, 1943), film del que su productor, Germán López, recuperará a buena parte del elenco para su nuevo proyecto (además de Pomés, Antonio Riquelme, Julia Pachelo, Luis Latorre y Antonio Zabala) pese a que, paradójicamente, el planteamiento creativo de ambas películas no puede estar más alejado..

Félix de Pomés se mantiene activo como actor, sin prodigarse en exceso, durante las tres décadas siguientes a su debut, aportando su distinguido porte a films preferentemente rodados o producidos en Barcelona. Su impresionante caracterización como el tuerto y espectral Robinsón de Mantua permanece como la más excepcional de su carrera, pero también cabe destacar su participación en la extraordinaria “Vida en sombras” (1948, Llorenç Llobet-Gràcia), en films de Luis Marquina (“Vidas cruzadas”, de 1942 y “Santander, ciudad en llamas”, de 1943), de Ignacio F. Iquino (“Culpable”, de 1945 y “Noche sin cielo”, de 1947), de Ricardo Gascón (“Don Juan de Serrallonga”, de 1948, “Ha entrado un ladrón”, y “El hijo de la noche”, ambas de 1949, o “El correo del rey”, de 1950), de un juvenil Francisco Rovira-Beleta (“Doce horas de vida”, de 1948, y “Once pares de botas”, de 1954), de Fernando Fernán-Gómez (las fundamentales “La vida por delante” y “La vida alrededor”, de 1958 y 1959, respectivamente) y de Rafael Gil, quien le dirigió en cinco ocasiones: “Murió hace quince años” (1954), “La otra vida del capitán Contreras” (1954), “El canto del gallo” (1955), “La casa de la Troya” (1959), y “Rogelia” (1962). En sus últimos años de actividad profesional, tal como hicieron otros compañeros suyos que también habían emigrado temporalmente a Hollywood en los albores del cine sonoro, trabajó en producciones norteamericanas rodadas en España, o, por decirlo de otro modo, cuando Hollywood les devolvió la visita a los actores españoles, éstos, haciendo valer su dominio del inglés, volvieron a trabajar para la Meca del Cine, en títulos como “Orgullo y pasión” (Stanley Kramer, 1957), “Salomón y la reina de Saba” (King Vidor, 1959), o “Rey de reyes” (Nicholas Ray, 1961).


La buena planta, el distinguido porte, y la elegancia natural de Félix de Pomés hallaron en su hija delicado complemento en una belleza tan franca como libre de afectación, que, animada su mirada por una inteligencia nacida de la serenidad, daba lugar a una presencia inigualable en la pantalla, de una fotogenia impecable. La niña Isabel de Pomés López (Barcelona, 10/04/1924 – 31/05/2007) nació para, desde la pantalla, estremecer un día no muy lejano el corazón de todo espectador sensible. Siendo niña todavía, inmersa naturalmente en el ambiente cinematográfico, ya jugaba en la mesa de montaje con pedacitos de films y aprendía a juntar unas escenas con otras. Con alguna experiencia sobre escenarios barceloneses, sólo cuenta dieciséis años cuando López Rubio la hace aparecer fugazmente en “La malquerida” (1940) y los tres años siguientes, poniéndose a las órdenes de su padre, de Ignacio F. Iquino, de Luis Marquina y, especialmente, de Rafael Gil, consolida su figura, pura, virginal y atrayente, para el público. Cuando rueda “La torre de los siete jorobados”, pese a su juventud, ya ha triunfado en el cine. Ha contribuido con su suave accionar a dotar de magia la espléndida “Huella de luz” (1942) y tiene no poca culpa en el éxito final del film. Con su partenaire, Antonio Casal, forma una pareja de las más inolvidables del cine español y que, como dijimos en su momento refiriéndonos al actor compostelano, y desgraciadamente (añadimos ahora), no conoció continuidad. Idónea inspiradora de los mejores propósitos y voluntades de un protagonista como el que encarnaba Antonio Casal en “Te quiero para mí” (Ladislao Vajda, 1944) y en “La torre de los siete jorobados”, Isabel de Pomés, siempre adorable, prolongó su deslumbrante brillo de aquel tiempo de esplendor en forma de fugaces fogonazos en grandes éxitos del cine español (pensamos en su participación en “Marcelino, pan y vino” (1955), de Vajda o en la aclamada “Amanecer en Puerta Oscura” (1957), de Forqué), aunque, como también dijimos en el caso de Antonio Casal, ya no volvió a ser la misma.

En el resto del elenco hallamos que, por ejemplo, Franco es Napoleón.
El Destino tenía previsto para José Franco llegar a ser un gordo familiar en todos los hogares españoles a través de sus numerosas apariciones en la pequeña pantalla, actuando frecuentemente en papeles de tabernero o de cura. Veinte años antes de cumplirse el hado, José Franco Pumarega (Madrid, 25/04/1908-30/01/1980) protagoniza el momento más abiertamente cómico de “La torre de los siete jorobados” al dar vida ultraterrena al espectro de Napoleón y entablar un diálogo con Robinsón de Mantua. Este actor , director y maestro de actores, de oronda y más bien breve figura, sintió la afición por la escena desde la infancia, y dio finalmente salida a su vocación cuando abandonó los estudios de Medicina en su segundo año (en el primero según algunas fuentes) para matricularse en el Conservatorio de Música y Declamación. Ya en aquel entonces, mientras realizaba el meritoriaje en la ilustre compañía de Margarita Xirgú y Enrique Borrás, estrenó la opereta “En las orillas del Neva”, con libreto de Antonio Ángel Gascón. Discípulo de Rivas Cherif, integró el TEA (Teatro Escuela del Arte) en la década de los años 30.  Comprometido con la causa republicana, formó durante la Guerra Civil parte del “Teatro del Arte y Propaganda” que dirigía en el Teatro de la Zarzuela María Teresa León, siguiendo a continuación sus directrices en el Cine-Teatro-Club de la Alianza de Intelectuales Antifascistas en Valencia. Con el fin de la cruel contienda, José Franco se integra, aparentemente sin dificultad, en el seno del sistema teatral del Régimen recién instaurado, dirigiendo y actuando en el Teatro Español, en obras tan afines al clima político imperante como “La primera legión” o “Garcilaso de la Vega”. En las décadas siguientes y tanto a través del cine, como de antes citado medio catódico, pero, sobre todo, sobre los escenarios, José Franco cimentó un sólido prestigio no sólo para el público sino también entre sus propios compañeros de profesión.

Y para terminar…
Para terminar esta aproximación al reparto de “La torre de los siete jorobados” sólo nos queda dar paso al “Quién es quién” del resto de actuantes. Cabe señalar que, con motivo de la presente edición en DVD del film se ha procurado identificar al máximo de nombres que figuran en el elenco, e, incluso, algún nombre que ni siquiera figuraba en los títulos de crédito de la película. Hasta donde hemos podido saber, los intérpretes de “La torre de los siete jorobados” no citados hasta ahora y desempeñando los papeles de menor extensión, son: Manolita Morán, como la frescachona y vulgarcilla cupletista “La Bella Medusa”; Julia Pachelo (de origen italiano, su apellido real era Paccello), como Braulia, la criada de Inés de Mantua; Antonio J. Estrada (que ya había interpretado similar rol en “La Parrala”, un cortometraje anterior de Neville), como el valiente agente de policía Martínez;  Rosario Royo, en el papel de la portera de la casa de los Mantua; José María Rodríguez, un misterioso secundario que frecuentemente no era acreditado, como Faustino, el marido de la portera; Manuel Miranda, en el papel del sacrificado jorobado Malato; Luis Latorre incorpora al crupier de la escena del casino; Luis Ballester, destacado actor radiofónico, interpreta al comisario de policía; Carmen García da vida a la camarera del Salón Moderno; Francisco Zabala se pone en la piel de un jugador de ruleta; Antonio Zaballos se ocupa del rol de don Alfonso, el archivero; el imprescindible para Neville, Luciano Díaz, el hombre sin nariz, encarna a un jorobado asustado ante el previsible desenlace fatal; Antonio Bayón lucirá un uniforme de policía, sin pronunciar palabra y, en el resto de papeles, meramente incidentales, actúan Emilio Barta, Julia García Navas, Natalia Daina, José Arias e Inocencio Barbán.

Etiquetas:

miércoles, septiembre 15, 2010

Última salida de “Lady Filstrup”

Nota previa: Este burgomaestre (se teme que entre la indiferencia casi general) dimite de sus funciones blogueras. Deja para los pacientes y amables amigos de “Lady Filstrup” una colección de imágenes comentadas, unas portadas que se comentan solas, unas palabritas de despedida y, además de su gratitud eterna por la atención prestada, enlaces a todas las entradas anteriores.

Me permitirán que, a la hora de la despedida, amigos de este weblog (o lo que sea), prescinda de la acostumbrada precisión en los datos, de la habitual profusión de los mismos, y que, en cambio, les hable sencillamente, como cumple a un amigo que se sincera. En suma, quisiera, en el fondo, hablarles un poco de mí, con la excusa, ineludible, de referirme a nuestros queridos cómicos de siempre. Este burgomaestre abandona sus deberes agotado, desilusionado y mustio, aunque con su cariño por los actores intacto. Sencillamente, no puede continuar porque se le ha acabado el entusiasmo por su labor. No vale la pena darle más vueltas. Pero no quiere irse sin hacer un último esfuerzo desesperado por explicarse (a los demás y a sí mismo), por tratar de trasladar sus sentimientos y emociones, en relación a todos esos hombres y mujeres que, con su oficio de cómicos, le han acompañado desde la niñez y le han mostrado qué puede ser eso que llamamos “la vida”.

El amor sólo dura 2000 metros

Así titulaba el divino Jardiel una de sus comedias y así es como se siente este burgomaestre en relación al weblog que, de manera fatigosa, alimenta. Siente que el entusiasmo se ha acabado, con él, la ilusión, y que seguir con sus peroratas en tales condiciones, privándose del necesario descanso tras la obligada jornada laboral en la correspondiente oficina siniestra, sería autoinfligirse un castigo que quizá merezca, pero que no está dispuesto a administrarse. Oportunamente o no, es hora de que otros, si lo desean, recojan el testigo. La pretensión original (y vana) de este burgomaestre consistía en recoger en este lugar internáutico el reconocimiento que los actores y actrices españoles, que con su oficio han iluminado su existencia, merecen. Un intento por dotar, al menos, de nombre a los rostros que todo el mundo conocía, pero no reconocía.

Y el hechizo bajo cuyo influjo pervive, le llegó a este burgomaestre, nacido en octubre de 1963, desde la pantalla de la televisión, de aquella televisión que reservaba para los telefilmes y películas norteamericanas sus más destacadas parcelas horarias (lo que hoy llamamos “prime time”), pero que se nutría, en fundamental medida, de producciones dramáticas propias. Allí se dieron cita varias generaciones de actores, desde primeras figuras de la escena teatral, con décadas de experiencia, hasta jóvenes prometedores avalados por sus trabajos ante las cámaras de cine, pasando por estrellas de la pantalla grande más o menos exitosas, retornados del exilio, actores de doblaje, o meritorios de nuevo cuño. De ese amor primero llegó después la curiosidad por conocer la procedencia profesional y vital de esos intérpretes y de quienes, sirviéndoles de espejo en que mirarse, les precedieron. Así se explica que, retrocediendo en el tiempo, este burgomaestre haya accedido a la admiración de figuras pretéritas y desborde hoy curiosidad por perdidas joyas del cine español de la década de los años 30, como, por ejemplo, “Poderoso caballero…” una cinta que reunía a cómicos de aquel tiempo que gozaron de notoriedad y éxito, hoy olvidados, tales como Casimiro Ortas, Rafael Medina, Luis Villasiul, y el voraz Julio Castro “Castrito”. Curiosidad así mismo excitada por las andanzas de los que hicieron carrera en América, tales como Julio Peña, José Nieto, Ana María Custodio, Catalina Bárcena, Rosita Díaz, Tony D’Algy, Conchita Montenegro, Félix de Pomés, Fortunio Bonanova, Antonio Moreno, Roberto Rey, o Juan de Landa, el único de todos ellos al que se dedicó aquí una pequeña entrada. Este rastreo, acicate imprescindible para la curiosidad de este burgo, y similar al que le llevó a deleitarse con las páginas de los tebeos Bruguera de los postreros años cuarenta, tuvo su origen, en cualquier caso, y como todo lo demás, en los primeros años sesenta, frente al televisor, donde habitaban los mágicos intérpretes de aquella casa encantada que era Televisión Española.

De los asiduos de la televisión, nos hemos ocupado aquí al hablar un tanto de algunos de ellos, quienes tendrán que servir como muestra para entender el resto. Enseguida hablamos de José María Escuer, un dignísimo representante de lo que podríamos considerar “la clase media” del elenco de Televisión Española. Recordamos aquí, por ejemplo, su infancia de hijo de actores, y el terrible pateo que hubo de soportar al estrenar “Como mejor están las rubias es con patatas”, del divino Jardiel. Tan habitual como Escuer fue en aquellos programas dramáticos, otro de los primeros actores que compareció en este weblog, Tomás Blanco, quien quedó asociado al medio por este burgomaestre, pese a que, naturalmente, tenía a sus espaldas, cuando llegó a la televisión, una larga carrera profesional en el teatro y en el cine, donde, por cierto, debutó en 1942, en una espantosa película dirigida por José Buchs (“Un caballero famoso”), en un papel destacado y con una nariz enorme, desproporcionada (la suya), de la que se desprendió para continuar, ya con un apéndice nasal menos escandaloso, actuando para las cámaras en títulos tan recordados como “Nada” (Edgar Neville) y “Mariona Rebull” (José Luis Sáenz de Heredia), adaptaciones a la pantalla, ambas de 1947, de novelas prestigiosas, tal como lo serían aquellas que, contando igualmente con la presencia de Tomás Blanco, dos décadas más tarde serían objeto de su emisión seriada por la pequeña pantalla. También hemos hablado del gran Fernando Delgado, de cuyo fallecimiento nos hicimos obligado eco y al que dedicamos, a renglón seguido, una monografía. En un registro más cómico que los previamente citados, Valeriano Andrés, fue otro de los actores que, cotidianamente entraba en los hogares de los españoles desde el tubo catódico, y cuya figura, con la mejor voluntad, fue glosada en “Lady Filstrup”. También hubimos de despedir a Francisco Piquer (a cuya hija Edith, agradecemos vivamente la atención que tuvo con este burgo), a Fernando Cebrián, a Lola Lemos, a Vicente Haro, y a Blanca Sendino, cuatro ilustres representantes de aquellos dorados años de la televisión española, que se nos fueron recientemente.

Para mi generación, todo empezó en la tele

Eminentes primeros actores del teatro español, con treinta o cuarenta años de experiencia, tales como Manuel Dicenta o Guillermo Marín conseguían, en un solo pase televisivo, hacer llegar su arte interpretativo a más espectadores de lo que jamás habían hecho antes, en innumerables repeticiones, en un sinfín de escenarios. Y si grandes fueron Dicenta y Marín en el teatro, y si parte de su grandeza pudo diluirse en el cine (especialmente la del primero, que tuvo menos suerte que el segundo, en este medio), no menos colosal fue la dimensión de Mary Carrillo en la escena teatral, a quien tuvimos que dar el último aplauso, tratando de dar testimonio de que su arte destelló por igual en cine y en televisión. Un tanto más jóvenes que los previamente citados, José María Rodero, José Bódalo, o Carlos Lemos, habían sido titulares de prestigiosas compañías teatrales antes de que la televisión les confiriese el halo de la notoriedad máxima al intervenir en un buen número de espacios dramáticos, de los que el más reconocido (hasta alcanzar la consideración de “mítico”) fue la versión que dirigió Gustavo Pérez Puig de “Doce hombres sin piedad“, guión original para televisión escrito por Reginald Rose. Sumándose al trío de actores citados (y al antes mencionado, Fernando Delgado), completaban el reparto ocho monstruos de la escena tales como Jesús Puente, Rafael Alonso, Pedro Osinaga, Sancho Gracia, Ismael Merlo, Antonio Casal, Manuel Alexandre y Luis Prendes, a quienes se sumaba, en un papel auxiliar (y preliminar), José Luis Lespe. De cualquiera de ellos, este burgomaestre debería haber sido capaz de ofrecer aquí una exhaustiva y elogiosa semblanza, pero tan sólo Fernando Delgado y Carlos Lemos han sido objeto de tan dudoso honor. Luis Prendes compareció aquí (además de cuando su presencia en algún film determinado, como en el caso de su interpretación del policía protagonista de “De espaldas a la puerta” -José María Forqué, 1959- así lo requirió) en tan sólo dos “entradas-galería”, siendo la primera la que recogía su imagen junto a la de la desaparecida Emma Penella en el film de Miguel Iglesias “Carta a una mujer” (Miguel Iglesias, 1961), y la segunda, cuando nos referimos a una romántica versión del Tenorio. También José Bódalo, una referencia obligada para toda una generación de espectadores, contó en “Lady Filstrup” con una entrada que se limitó a un mero apunte sobre uno de sus estrenos de Buero, quedando pendiente una justificadísima monografía. Como los primeros actores, solidísimos genéricos, igualmente avalados por su continuado ejercicio sobre las tablas de un teatro, como los siempre espléndidos Joaquín Roa y José Orjas, recogían en el otoño de su carrera el aplauso virtual de quince o veinte millones de espectadores en un “Estudio Uno” o en una entrega de una serie de Jaime de Armiñán o de Noel Clarasó.

Del enorme potencial actoral de la televisión española de los años sesenta y setenta habla con elocuencia un mero listado de las figuras que lo componían, tales como los hermanos Gutiérrez Caba, Irene, Julia y Emilio (de los cuales, tan solo a Julia hemos hecho comparecer aquí, puntualmente, en una entrada-galería que recordaba uno de los muchos premios que jalonan su carrera), brillantísimos continuadores de una estirpe de artistas de la escena, de las más destacadas, que dio joyas tan deslumbrantes como, por ejemplo, la madre del trío citado, Irene Caba Alba, o su hermana, la singularísima y adorable Julia Caba Alba. La frescura y el desenfado juveniles de Luis Varela (que a los dieciocho años ya triunfaba en la radio, el cine y la televisión) contribuyeron mucho a hacer de la televisión española un lugar grato y amable. Aquella televisión convidaba a tener despierta la admiración por las personas que nos mostraba a través de su pantalla. Admiración que nacía en los corazones de los espectadores y que les permitía acogerles con agrado en sus hogares, y reconocer sus muchos méritos: la excelencia de Fernando Fernán-Gómez, dramatismo de Ana María Vidal, la intensidad de Javier Loyola, la sobriedad de Rafael Navarro (a quien dedicamos también una entrada por estos lares), el sentido del ritmo de la comedia de Mari Carmen Prendes (otra de las figuras que intentamos glosar aquí, una vez), la fortaleza del retornado del exilio, Andrés Mejuto, la hoy olvidada capacidad dramática de Paco Morán, la precisión de José María Prada, la autoridad de José María Caffarel, la solidez de José Calvo, la intrepidez de Lola Herrera (la Susan Hayward nacional), la indecisión de Luis Morris, el temblor de José Vivó, la exasperación de Agustín González, la fiabilidad de su mujer, María Luisa Ponte, la impaciencia de Jaime Blanch, la apabullante humanidad de Alicia Hermida, la sorna hiriente de Tota Alba, el candor de Paloma Valdés, la dulzura de Maribel Martín, la simpatía de Maite Blasco, la arrogancia (a menudo canalla) de Ricardo Merino, la bulliciosa personalidad del incendiario Juan Diego, la serenidad de Ricardo Tundidor, la vivísima inteligencia de Amparo Baró, el franco y viril encanto de Manuel Tejada o Manolo Zarzo, la fragilidad de Carmen de la Maza, la resistencia de Julieta Serrano, la rebeldía de Emma Cohen, la réplica de Amparo Soler Leal, la contundencia varonil de Alberto Closas, la estremecedora precisión de Francisco Merino (el Donald Pleasence español), la inusual apostura de Francisco Valladares, la belleza nacarada de Elisa Ramírez, las no menores y sí más perturbadoras de Charo López o de Marisa Paredes... la impresionante presencia de Lola Gaos, la llaneza de Tina Sáinz, las bellezas algo gélidas de María José Goyanes, Nuria Carresi o Silvia Tortosa, las calculadas vulgaridades de Margarita Calahorra, Mary González o del aparentemente tosco Alberto Fernández, las elegancias aristocráticas de Mayrata O’Wisiedo y Nélida Quiroga, o del hijo de esta, el luego comentarista deportivo Héctor Quiroga, las fulgurantes eficiencias de hombres menudos y anónimos como Miguel Ángel, Modesto Blanch, Antonio Moreno o Lorenzo Ramírez. De entre los jóvenes, destacó rápidamente Manuel Galiana (de quien algo dijimos aquí), y también Jaime Blanch, que había sido exitoso actor infantil en el cine. Poco después llegaron Sancho Gracia, Nicolás Dueñas, Emma Cohen o Ernesto Aura. De entre los más mayores, recuerda emocionado este burgomaestre a los adorables Luis Barbero y Valentín Tornos. Por su parte, Arturo López y Julio Núñez, que también se dedicaron al doblaje, hicieron muchos papeles protagonistas. Lo mismo que Víctor Valverde, quien había protagonizado varias películas de género criminal y de bajo presupuesto realizadas en Barcelona, como Julián Mateos (quien alcanzó mayor distinción profesional, pareja a sus mayores pretensiones).Una pléyade, en suma, de hombres y mujeres que suponían por sí mismos un espectáculo fascinante, irrepetible, subyugante y auténtico, que se desarrollaba, además, en unas condiciones laborales y materiales que hoy se nos antojan inverosímiles. A muchos nos dejamos en el tintero en esta alocada ennumeración. A algunos los citaremos después, con algún nuevo pretexto. Por encima de todos en frecuencia de paso por pantalla, probablemente, cabría situar a Pablo Sanz y a Jesús Puente (además de Fernando Delgado, a quien mencionamos antes). Pablo Sanz, segoviano nacido en Nieva en 1932 y formado en Valladolid, casado con la actriz Asunción Villamil, entró en Televisión Española en 1957 y tenía hechas en 1966 más de un millar de intervenciones en programas diversos, tales como “Programa intantil”, “Escala en Hi-Fi”, “La Tortuga perezosa”, “Gran Teatro”, más de 600 horas en pantalla, con personajes en su haber de adaptaciones de “Qué bello es vivir”, “La muerte de un viajante”, “El motín del Caine”, “Topace”, “Jane Eyre” y “Fleming”, por citar algunos ejemplos. El gran Jesús Puente no le iba a la zaga, e incluso ingresó en el medio un poco antes que don Pablo, debutando en la que fue la tercera obra teatral que se emitió en España por televisión, “Las medallas de Sara Dowey”. A este inicio, siguieron, entre otras muchas piezas (y ciñéndonos únicamente a sus primeros años en los estudios del Paseo de La Habana), “Alférez provisional”, obra en la que, dirigido por Domingo Almendros, su personaje debía sufrir la amputación de las piernas, en “Crimen perfecto”, emitida, como las anteriores, en directo, se vio obligado a improvisar con su compañero Julio Goróstegui para superar un momento de desconcentración que estuvo a punto de dar al traste con el “suspense” de la obra, “Los últimos de Filipinas”, “El cero y el infinito”, o “Mariona Rebull”. De su jornada laboral en la primavera de 1963 queremos dar cuenta por el valor testimonial que supone. Según sus propias palabras, este gran actor madrileño, un día de mayo dela año antedicho, trabajaba de ocho de la mañana a tres de la tarde en los estudios de doblaje, iba luego a televisión a actuar en la “Novela” de las cuatro (“Cristina Guzmán”), hacía después en el teatro las dos funciones de “La vía láctea”, y, finalmente, se iba a rodar una película en Torrelaguna. Lo de dormir, supongo yo, se lo dejaba a los críticos.

El actor. Sus costumbres. Su uso

Los actores son una alambicada mixtura de deidad y proletario, adorados como dioses paganos mientras se ven obligados a trabajar con el mismo ahínco que el más humilde de los obreros. En España, la popularidad, esa religión moderna que cosecha legiones de profesos, creció para los actores con intensidad de progresión geométrica al tardío advenimiento de la televisión. Actores que habían trampeado a base de sesiones de doblaje, de dobles funciones, de giras por provincias, podían al fin acceder a un reconocimiento millonario, si bien que su estipendio continuaba siendo modesto. Sus caras se hacían familiares para audiencias millonarias, a pesar de lo cual, sus nombres seguían siendo una incógnita o una confusión para la mayoría de sus espectadores. Los papeles más codiciados en los escenarios teatrales pasaban, gracias a la televisión, a manos de actores que difícilmente habrían soñado con poder representarlos, unos años antes, sobre el tablado, si bien que continuaban estando tan mal pagadas por su trabajo para el nuevo medio como lo habían antaño. Los secundarios del cine, titanes de la escena, curtidos en miles de actuaciones, debían sumar decenas de intervenciones en rodajes que habían de sucederse sin solución de continuidad para obtener un nivel aceptable de ingresos. Gente tan especial como lo fue Antonio Riquelme, a quien nos atrevimos a llamar aquí “La osamenta de la comedia”, o como Félix Fernández, de quien dijimos que era “La elocuente calvicie”, o como José María Lado, actor de cambiante fisonomía a quien solemos ver “bajo el peso de la amargura”, o como Jesús Tordesillas, “un genérico de largo recorrido”. De todos ellos quisimos contar su historia y, de haber sido más enteros, habríamos hecho otro tanto a propósito de, por ejemplo, José Jaspe, Juan Espantaleón, Alberto Romea, Manuel Luna, Manuel Requena, Casimiro Hurtado, Xan Das Bolas, Fernando Aguirre, Félix Briones, Juan Calvo, Juan Vázquez, Julio Goróstegui, Manuel Aguilera, Nicolás Díaz Perchicot, Pedro Rodríguez Quevedo, Ramón Giner, Luis Pérez de León... De algunos de ellos algo se dejó dicho en entradas “de grupo”, como las dedicadas a los repartos de “El gran galeoto” (Rafael Gil, 1951) y “El hombre que viajaba despacito” (Joaquín Luis Romero Marchent, 1957) o las inclasificables “8 actores, 8 ilusiones” y “Pequeño muestrario de artistas CIFESA”. En el lado femenino de la generación de característicos antes relacionada, encontramos grandes comediantas como Julia Lajos y Guadalupe Muñoz Sanpedro, a las que rápidamente se sumaría Julia Caba Alba en la cúspide del humor “de género”.

Ciñéndonos a la producción cinematográfica española, a las enormes dificultades económicas de los años 40, únicamente salvadas por dos empresas productoras, la valenciana CIFESA y la de Cesáreo González, Suevia Films, que produjeron un cine cada vez más alejado del gusto popular y cautivo de las subvenciones oficiales, siguieron años de búsqueda e inquietud durante los años cincuenta, en los que se exploraron los posibilismos del cine policíaco en la producción catalana y de un cierto tipo de neorrealismo, en títulos como “Surcos” (José Antonio Nieves Conde, 1951) y “Día tras día” (Antonio del Amo, 1950). Estos dos films, verdadera referencia de un camino que la cinematografía española pudo seguir únicamente con pasos contados, que pretendía reflejar artísticamente algo semejante a la realidad social española, contaron con el protagonismo de una cara nueva, una actriz joven que venía a refrescar el panorama de las primeras actrices: Marisa de Leza. Fue el suyo un caso que ejemplifica el constante relevo generacional que la insaciable bestia de la pantalla grande exige sin descanso. Es imperativo que los héroes y heroínas, para salvaguardar su inmortalidad, renueven al pobre mortal que les presta su apariencia, quien encarnará los sucesivos ideales que las modas imponen a cada nueva caída de la hoja del calendario. La apuesta por la jovencísima Marisa de Leza en los albores de los cincuenta, venía a despejar la pantalla de las algo rancias presencias de acartonadas estrellas como Lina Yegros, Florencia Bécquer o Guillermina Grin. El destino de las actrices protagonistas víctimas del paso del tiempo solía ser el olvido más cruel. Menos ingrato con ellos, sin embargo, también los galanes, al ser desalojados de su pedestal, como Alfredo Mayo, Luis Peña, Rafael Durán, Roberto Rey o Antonio Casal, deberán reciclar su arte en nuevos continentes, encontrando ocasionalmente el éxito de prestigio, pasadas las décadas, con la debida constancia y la nobleza que da la abundancia de las canas (caso de Alfredo Mayo), o cayendo en un progresivo anquilosamiento fósil (casos de Roberto Rey o Rafael Durán), o elevándose a un dignísimo estadío propio, en la región del carácter (caso de Luis Peña), o recalando en la revista (caso de Antonio Casal quien, de todos modos, antes de galán cómico había sido saltimbanqui, como Cary Grant). De entre ellos, “Lady Filstrup” escogió a Luis Peña para explicar a través suyo, una significativa porción de la historia del cine español, a través de una entrada dividida en tres partes que daba cuenta del esplendor del primer cine de posguerra, de la madurez sin continuidad de los primeros años cincuenta, de la dispersión de la desnortada abundancia de los años sesenta y del reflexivo e insatisfactorio ensimismamiento de los años setenta.

A los actores se les utiliza. Como si fueran ganado, si eres un genio endiosado, como Hitchock, o con gran cordialidad, si eres un franquista bien educado, como José Luis Sáenz de Heredia. Pero también a los directores se les utiliza. Al final, siguiendo el hilo se descubre que los actores son el último eslabón de una cadena que bien pudo iniciar Sherezade, o el primer neandertal que escenificó un relato al amor de la lumbre. Cuando interesa adormecer al pueblo con historias rimbombantes, glorificadoras de soñadas grandezas patrias, se les cubre de barbazas, puñetas y galones. Si este menú termina por ser aborrecido por el público, se pone al servicio de “audaces creadores” los recursos económicos imprescindibles para que diviertan a la plebe con nuevas historias, tan falsas como las anteriores, pero con apariencia de verdad, contadas en un registro diferente. Se trata de dar la público lo que el público pide. Y bendito sea el engaño, que nos permite ilusionarnos. Primero fue el teatro, después el cine, luego la radio, la televisión, los videojuegos... sucesivas fábricas de sueños de esos de los que no queremos ni podemos despertar. Materia prima de estas factorías son los actores, aquellos seres que se prestan al juego de vivir infinitas vidas diversas para un público igualmente infinito. Un público que se identificará con el actor o lo odiará, alternativamente, que le deseará o sentirá repugnancia por él, de una representación (film, emisión o función) a otra. Que reirá en los años cuarenta con las presuntas gracias de régimen cuartelero de Miguel Pozanco, que secunda al héroe falangista Alfredo Mayo, y en los últimos setenta y ochenta, con las apariciones del llorado Antonio Gamero, al lado del héroe de la transición democrática, José Sacristán. En esos sueños hará falta un ogro como José Sepúlveda, que meta miedo a la niña perdida, que contrate al trabajador desesperado o que dispare traidoramente contra el héroe. En esos sueños será imprescindible la presencia de una ancianita como Camino Garrigó, que aconseje a la niña devuelta al hogar que no vuelva a aventurarse fuera de él, o que guarde la cena caliente para el obrero a quien el capataz obligó a trabajar hasta la extenuación, o que llore al besar la foto del hijo que cayó en el frente, hace tantos años. Cuando en esos sueños necesitemos a un “gafe” que tome el relevo del gafe titular, acudirá al rescate el gran Goyo Lebrero. Cuando una muchacha, una chiquilla apenas tenga que enfrentarse al despiadado público de un teatro de aficionados, la natural lozanía de Mayra Rey será idónea. Cuando las tropas del ejército rebelde derroten definitivamente a nuestro enemigo, un locutor que dará clases de declamación, como Fernando Fernández de Córdoba, que se especializará en el papel de traidor, será el elegido. Cuando abunden la historias de violencia, apresuradamente copiadas de las novelas de quiosco “de a duro”, necesitaremos, sin duda, a un hombretón fornido, dispuesto a dejarse pegar y tirotear, como el bueno de Fernando Rubio. En films en los que el villano aúne maldad, encanto y una impresionante figura, el teutón Gerard Tichy se vuelve imprescindible. Y siempre necesitaremos a un hombre timorato, como Manolo Gómez Bur, más seguro manejando a una gallina que a una mujer, arrepentido hasta enfermar de miedo de envalentonarse con un tiarrón en un casino, y siempre tan leal como torpe amigo del protagonista. ¿Cómo prescindir del inflexible y repelente Manuel Díaz González, tiránico, estirado, despótico, cobarde y ridículo jefecillo? ¿O de ese inexplicable José María Tasso, ser singularísimo, que sonreía, entre resoplidos, a la sombra de su propio flequillo? Les necesitamos a todos (y por eso les trajimos aquí, a “Lady Filstrup”) para entender la vida, quizá no la real, pero sí esa que nos cuentan que, al fin y al cabo, es la única que podemos entender.

Los actores nacen, crecen y se reproducen. Frecuentemente, entre ellos mismos. De actores que son hijos, hermanos y nietos de actores se dan casos en la historia con tal abundancia que para encontrar ejemplos basta con repasar un rincón tan insignificante como el presente weblog (o lo que sea). En este sentido, los seguidores de Lady Filstrup no habrán olvidado, seguramente, los casos de Manuel Díaz González, José María Escuer, Fernando Delgado o el extremo de Luis Peña, hijo de actores, hermano de actriz, casado con Luchy Soto, a su vez hija de Guadalupe Muñoz Sampedro y Manuel Soto, actores ambos. Parejas de actores las ha habido por docenas y citarlas todas sería tarea prolija. Valgan como ejemplos las entrañables de Aurora Redondo y Valeriano León, Rafaela Aparicio y Erasmo Pascual o José Sepúlveda y Josefina Serratosa, o las más acompañadas de eco mediático (al ritmo de los nuevos tiempos) de Fernando Guillén y Gemma Cuervo, o Carlos Larrañaga y María Luisa Merlo, a su vez hijos de actores y padres de actores. Muy habituales de televisión, Luisa Sala y Pastor Serrador formaron un matrimonio muy estable, pese a que pudieran dar la impresión de que sus personalidades no “casaran” bien. Algo parecido podría pensarse de José María Rodero y Elvira Quintillá o de Francisco Rabal y Asunción Balaguer. El hecho de que una pareja de actores se trunque suele resolverse formando una nueva, reincidente en la endogamia. Así, Jesús Puente, tras su matrimonio con la actriz de doblaje, María Luisa Rubio, encontró la estabilidad sentimental con Licia Calderón. María Fernanda Ladrón de Guevara, tras su matrimonio con el galán Rafael Rivelles y dar a luz a Amparo Rivelles, cambió de compañero sentimental (y profesional), prefiriendo a Pedro Larrañaga, lo que como consecuencia, trajo al mundo a Carlos Larrañaga. A veces el amor, como al resto de los mortales, les juega malas pasadas, y puede destruirles, como le pasó a Rafael Arcos, que se dejó ir, tras su desesperada pasión por Silvia Tortosa, o a Daniel Martín, de cuyo fallecimiento nos hicimos aquí eco, quien nunca, según cuentan, superó del todo su desgraciada relación con Sara Lezana.

Un poco de todo, por variar...

Aquí hemos intentado tratar, pese a las dificultades existentes para recopilar información, de actores que hubieran desarrollado su actividad en las distintas disciplinas. Así, no hemos querido olvidar que la radio fue el medio de masas en España durante los años cuarenta y cincuenta, y buena parte de los sesenta, haciendo de sus cuadros de actores auténticas estrellas de máxima popularidad y viveros de grandes figuras de la escena. Adolfo Marsillach inició su carrera de actor en la radio, y en “Lady Filstrup” hemos hablado de la gran Juana Ginzo, quien personifica toda una época del medio y de Estanis González, quien dio el paso a la televisión desde las ondas hertzianas. Nos referimos también al devenir profesional de Ricardo Palmerola, actor polifacético cuya popularidad descolló particularmente en las ondas, cuando nos sorprendió, en nuestro tortuoso camino, la noticia de su muerte. A poco que hubiéramos podido, habríamos hablado aquí, por ejemplo, de Pedro Pablo Ayuso, el padre de la hoy tan popular Marisol Ayuso, quien alcanzó la máxima dimensión estelar a través de los micrófonos, con las emisiones de seriales como “La intrusa” o “Matilde, Perico y Periquín” y que, en sus primeros tiempos de actividad profesional, se dedicó a grabar tangos en discos microsurco al mejor estilo de Carlos Gardel. Tampoco habríamos querido olvidarnos de Matilde Conesa, de Matilde Vilariño, de Juan Manuel Soriano, o de Vicente Mullor.

Si grande es la sombra que arroja el nombre de la antes citada Matilde Conesa en la radio, no lo es menos en el terreno del doblaje. Lo mismo podría decirse de Juan Manuel Soriano. Es en este campo de la sincronía donde desarrolló principalmente su labor Francisco Sánchez, actor de doblaje al que pudimos ver en algunas películas y así lo contamos en “Lady Filstrup”. En parecidas circunstancias, dobladores formidables como Ramón Martori, José María Oviés, Joaquín Díaz, Félix Acaso, Rafael Luis Calvo, José Guardiola o Manuel Cano (algunos de ellos con magnífica fortuna) actuaron ante las cámaras para permitir poner rostro a las voces que, sobre otros rostros, nos habían cautivado. Habríamos querido hablar de todos ellos aquí, pero sólo nos ha alcanzado el combustible para referirnos a los brillantísimos Pedro Sempson y Rafael de Penagos, por la triste circunstancia de sus fallecimientos, dos soberanos actores que, como en los casos de otros monstruos como Antonio Iranzo, Estanis González o Rafael Navarro, compaginaban su faceta de actor de doblaje con las actuaciones ante las cámaras de televisión .

Menos distinguidos, quizá, que los citados previamente, no podemos ni queremos ignorar la grandeza de enormes actores tanto de la televisión, como del cine, como Alfonso del Real, Joaquín Pamplona, José Franco, Jesús Guzmán, Rafael Hernández, Emilio Laguna, Jesús Enguita, José Franco, Álvaro de Luna, José Riesgo, Pepe Sancho, Ricardo Palacios, Antonio Medina, Ángel Álvarez, José Rubio, Ángel Ortiz, Hércules Cortés, Juan Cazalilla, Jacinto Martín, Goyo Costafreda, la encantadora Elena María Flores, Paco Sanz, Venancio Muro, la virginal Inma de Santis, la atractiva Concha Cuetos, Beni Deus, Manuel Aguilera, Tito García, Cris Huerta, Fernando Sancho, José Bastida, Joaquín Bergía, José María Rodríguez, Roberto Camardiel, Félix Dafauce, y un inacabable etcétera…

El triste oficio del redactor de necrológicas

Uno de los muchos defectos de los que cimentan el alma de este burgomaestre es el de no saber decir adiós. A fe que esta vez no es diferente de otras y le está costando lo suyo. Pero es un hecho que, al respecto de “Lady Filstrup” y sus últimos dos años, se ha encontrado diciéndose a sí mismo: “¡¡Ni una más!!”, pensando en las notas necrológicas que le ha tocado redactar. El deseo de dejar de cumplir con tal cometido ha facilitado a este burgomaestre la decisión tomada de dejar el blog. Triste, triste oficio este de despedir a esos seres tan queridos como alejados, tan cercanos como ajenos, cual son los actores y actrices a quienes ha admirado. Repasando, como he creído mi obligación en este punto, el contenido de esta etapa de “Lady Filstrup”, no he cesado de tropezar con la muerte. No he mencionado aún a José Luis López Vázquez, ni a Antonio Ozores, dos colosos que se fueron dejando tras sí un vacío de dimensiones planetarias, ni a los estajanovistas currantes Víctor Israel y Aldo Sambrell, dos actores cuyas insólitas presencias se prodigaron a través de las décadas más prolíficas de la producción cinematográfica española en un cine urgente y “lumpen”, tan necesario como honrado. Tampoco al controvertido Paul Naschy, una víctima de su propia incomprensión, tan aclamado por unos como denostado por otros, a quien nos atrevimos a desear un feliz cumpleaños ignorantes del fatal mal que le aquejaba (circunstancia que se dio igualmente con el gran “Pirulo”) y que nos obligó, también a él, a dedicarle un último adiós. Aquí hubimos de dar cuenta, muy a nuestro pesar, de que el brillante actor y director escénico, Manuel Collado, sumía con su fallecimiento en la viudedad a la gran Julia Gutiérrez Caba, de que la sensual “Polaca” nos sorprendía tristemente con la luctuosa noticia de su final, de que el irreverente Pepe Rubianes se marchaba también, sin reverencias ni ceremonias.

Ya queda muy poco para que esta formalidad concluya. Repasemos el listado. ¿Nos hemos olvidado de esos galanes desafortunados, a los que sorprendió prematuramente la muerte, cuales fueron Luis Arroyo y Mario Berriatúa? ¿Hemos pasado por alto a los grandes Terele Pávez y José Sazatornil “Saza”, a quien deseamos un feliz cumpleaños? ¿Aquella historia, familiar y verídica, de los dos primos figurantes de “La malquerida”? ¿Es que en nuestra decidida preferencia por hablar de los anónimos hemos eludido ocuparnos de los más grandes y populares? Seguramente sí. Para los más grandes son necesarios cronistas más preparados. A una solemne gran dama del teatro, como Irene López Heredia se le dedicó aquí una pequeña entrada-galería, mientras que para otras grandes estrellas del escenario, ni siquiera se dio oportunidad semejante. Este burgomaestre apenas se ha referido, cuando puntualmente la actualidad así lo ha requerido, a figuras cuya popularidad está fuera de toda duda. En tales circunstancias fue como nos referimos en su día a don José Isbert, a Alfredo Landa, a José Sancho, a Manuel Alexandre, a Andrés Pajares, a María Isbert, a Carmen de Lirio, a Maruja Asquerino, a Elena Salvador, y a Tony Leblanc. Poco o nada hemos hablado aquí de tantos y tan fenomenales artistas que me angustia tratar de enumerarlos todos. Perdón por silenciar sus nombres. Están en la mente del lector y, si quiere, puede citarlos en los comentarios de esta entrada. Los aplaudo a todos. Hasta en sus resbalones, como el que llevó a Paco Rabal a grabar el single cuya portada reproduzco junto a estas líneas, los más grandes son siempre grandes. Estoy pensando ahora en los hasta ahora omitidos Isabel Garcés, Antonio Garisa, Juanjo Menéndez, Florinda Chico, Queta Claver, Elisa Montés, en… ¡yo qué sé!

Mil historias pendientes y bellezas de quitar el hipo

De haber tenido más voluntad, más capacidad de sacrificio y más tesón, este burgomaestre habría buceado en las vidas de nuestros actores del pasado y les habría podido transmitir a sus lectores hechos nimios, cotidianos o hasta absurdos, pequeños detalles sin importancia, viñetas sueltas de sus vidas, como, por ejemplo, la sanísima costumbre de Antonio Garisa de pasarse noches enteras comiendo jamón, loncha por loncha, o la donación de una mona a la Casa de Fieras madrileña por parte de Alfredo Mayo, producto de un safari por el corazón de África del intrépido héroe de la pantalla, o la vida hogareña del gran Juan Espantaleón, quien alcanzó la gloria del cine tras una larguísima trayectoria teatral en las compañías de Enrique Borrás, Irene López Heredia, Ernesto Vilches, Gaspar Campos, Josita Hernán, Salvador Mora y, por encima de todo, en el Teatro de la Comedia. De Espantaleón, casado con la actriz María Victorero, de quien nos seduce su humanidad, su bondad arquetípica, traemos aquí hoy una de esas viñetas a las que nos referíamos al principio de este párrafo, una imagen que recoge el amargo momento en que al actor le sustraen del sueño reparador. Ingrata tarea que (con teatralidad manifiesta) lleva a cabo su hija Anita. Como este momento habrían sido otros, pintorescos unos, testimoniales otros, intrascendentes quizá, como lo fue la peliculita que, dedicada al Real Madrid, dirigió Rafael Gil y que sirvió para dar origen a una atípica entrada llamada “Estampa futbolística”. Pequeños retazos del amplio ambiente actoral que habría traído a “Lady Filstrup”, de no haberme abandonado el entusiasmo motor que me impulsaba. En el inmediato horizonte, además de completar el repaso a la trayectoria profesional de José María Lado, este burgomaestre tenía la intención de dedicar una entrada a Simón Andreu (objeto de admiración de la señora burgomaestresa, con lo que no haciéndola contraigo una especie de incumplimiento de mis obligaciones maritales), de quien el gran James Mason afirmó a la prensa, cuando ambos estaban rodando “El hombre de Río Malo” a las órdenes de Eugenio Martín, que era un actor magnífico, de talla mundial. También, por diversas razones, este burgomaestre había contraído el compromiso de decirle sendas entradas a Miguel Ligero (del que, como documentación digna de comentario, tiene el guión del “Esta es su vida” que Federico Gallo le dedicó en Televisión Española), al actor jaraiceño, predilecto de Edgar Neville, Pedro Porcel, a la gran Cándida Losada y a las divinas Analía Gadé, María Mahor y Lina Canalejas.

Más dado (por padecer alguna extraña perversión, quizá) a destacar las virtudes de tíos feotes como Estanis González o Valeriano Andrés, o de la pareja artística que formaron Rafael López Somoza y José Marco Davó, que a detenerse a admirar la belleza de nuestras estrellas de la pantalla y los escenarios, este burgomaestre sólo ha dedicado una entrada monográfica a una mujer seductora, de físico atractivo, la argentina Rosanna Yanni. De tal circunstancia no cabe deducir que no se encandile, con el calor que merece el tema, en la contemplación de las gentiles actrices tan hermosas como la dulce Isabel de Pomés y la intensa Aurora Bautisa (que tuvieron sus entradas-galería en Lady Filstrup), o la adorable Lola Cardona, o como las espectaculares Analía Gadé, y Mercedes Alonso, las también guapísimas Nieves Navarro (conocida como Susan Scott), Elisa Ramírez, o la delicada María Mahor, o, naturalmente, la lozanísima Concha Velasco. De ellas, sólo la última tuvo aquí una entrada-galería, compartida con la genial Berta Riaza, mientras que las restantes, comparecieron circunstancialmente. Todas habrían merecido una monografía rica (riquísima) en imágenes.

Agradecimientos

Mi gratitud va en primer lugar para mi amigo Javier Pérez Andújar, escritor entero y genial (cuya segunda novela, de inminente publicación, va a deslumbrar a público y crítica) quien fundó este weblog y me brindó la ocasión de ser un burgomaestre. A continuación, para el maestro, estudioso del arte popular, Jesús Cuadrado, que ha tenido la bondad de acompañar a este burgo con sus comentarios desde que “Lady Filstrup” nació al amor de los tebeos Bruguera, y que, sobre el tema de los actores, ha derramado incontables relatos de sus valiosísimas experiencias personales. Enseguida, me detengo a agradecer la ayuda y compañía de Santiago Aguilar, director de cine laureado y erudito cinéfilo, verdadera identidad del misterioso señor Felíu (y espero que me disculpe la sensacionalista revelación), quien ha vertido con generosidad torrentes de conocimiento sobre los secarrales de las mis entradas. Menos presente en los comentarios, el imprescindible y enciclopédico divulgador de la cinematografía toda, Carlos Aguilar, cuenta también con mi máxima gratitud por su apoyo incondicional y su amistosa colaboración. El escritor de bolsilibros y actor profesional (de la compañía de Alejandro Ulloa, en la que coincidió con un joven Vicente Parra y donde actuó con su llorada esposa Teresa) Juan Gallardo Muñoz (más conocido, entre decenas de otros seudónimos, como Curtis Garland) ha honrado con su amistad a este burgomaestre y le ha relatado innumerables anécdotas de la farándula y nos hicimos aquí eco de la aparición de su libro de memorias. El director (teatral, cinematográfico y televisivo) y también actor, Ricard Reguant, ha sido en los últimos meses un animoso aliado y un entusiasta amigo que no sólo ha compartido con este burgomaestre sus muchos conocimientos y experiencias, sino que además le ha permitido trabar conocimiento con actores tan experimentados como Vicente Sanjuán y Martí Galindo. El veterano y prestigioso director de cine José Luis García Sánchez, así mismo, ha honrado con su presencia los recoletos andurriales de este weblog, lo que este burgomaestre considera un verdadero privilegio.

A todos los amables lectores de “Lady Filstrup”, debo agradecerles muy efusivamente su comprensión y su paciencia, con especial cariño para aquellos que tuvieron la gentileza de dejar algún comentario, siempre generoso. Destaco de entre ellos a quienes me trae ahora la memoria y que se han dado a conocer, bien por sus nombres, como Manuel Gómez, José Robledo, Arturo Montfort, Victoriano Bañón Guijarro, Lois Zubiela, José Orcajo de Francisco, la gentil Julia, la (besucona) Tere, Frank Fischer, Thomas Betts, bien por sus seudónimos, como Filomeno2006, en-rHed-ando, o Nzoog Wahrlfhehen, ...Con emoción especial, quiero agradecer a aquellas personas que, cercanas a los actores tratados en el blog, se han convertido en corresponsales de este burgomaestre, como las encantadoras Paloma Hurtado y sus hermanas Teresa y Fernanda; la no menos encantadora, comunicativa y elegante viuda de José Tasso, Eugenia Vilallonga; el amabilísimo nieto de Goyo Lebrero, Óscar; la atentísima hija de Francisco Piquer, Edith; el nieto de Fernando Rubio, Carles Rubio; la hermana de Fernando Cebrián, Ana, que alejada por un océano de él, le tuvo más cerca de través de mi modesta entrada; la hija del actor Pedro Fenollar, Marta, y a la propia María Pilar Alonso Rey, que tuvo la generosidad de regalarme su afecto a través de sus correos y que tan cercana está de Mayra Rey... ¡como que es ella misma!

La última salida: Por ellos vine hasta aquí, por vosotros me he quedado hasta ahora

Esta es la última entrada de “Lady Filstrup”, también es su última salida. En cualquier caso, queda aquí como una puerta que conduce al resto. A aquello que este burgo pudo hacer, mientras soñaba con hacer todo lo demás.

Etiquetas: