Lady Filstrup (3ª época)

Dedicado a la música ligera, actores españoles y tebeos de Bruguera (porque sí, porque rima).

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lunes, enero 05, 2009

Historia de dos primos figurantes

Permítanme, amigos de ”Lady Filstrup”, que inicie la andadura de este weblog (o lo que sea) por su cuarto año de existencia con el relato de dos instantes en la inmensidad de la Historia del Cine que protagonizaron dos hombres jóvenes, unidos por la amistad y el parentesco, en algún momento de la segunda mitad de 1939, en la ciudad de Barcelona.

Ramón Sandaniel Veres y José Fabregat Veres eran primos hermanos, por parte de madre, y contaban, respectivamente, veinte y dieciocho años cuando acudieron a los estudios cinematográficos Orphea para participar, en calidad de “extras” en el rodaje de “La malquerida”, la adaptación al cine de la obra que Jacinto Benavente (Madrid, 1866-1954) estrenó en 1913 con éxito legendario y que José López Rubio (Motril, 1903, Madrid, 1996) tenía intención de dirigir desde hacía tres años, pero a quien el estallido de la Guerra Civil le había hecho desistir del empeño y “emigrar” (por segunda vez) a Hollywood. De vuelta a España, López Rubio debutó en la dirección en la cinematografía nacional con la película que tenía como base el tremendo drama rural benaventiano en el que se desarrollaban las sofocantes pasiones entre Raimunda (Társila Criado), su segundo marido, Esteban (Jesús Tordesillas) y la hija fruto de su primer matrimonio, Acacia (Luchy Soto). El enloquecido amor del padrastro por la joven Acacia le lleva a quitar de en medio a cuanto pretendiente se presenta, valiéndose para ello de la servil fiereza de su empleado “El Rubio” (Antonio Armet). Primero amedrenta al “candidato oficial”, el primo Norberto (Julio Peña) y luego despacha a tiros al “espontáneo” Faustino (Carlos Muñoz) confiando, además, que las culpas recaigan sobre el otro mozo. Finalmente, en un desenlace al que no cabe calificar por menos que de tremendo, Acacia confiesa ante su madre que ama también a su obseso padrastro. Cuando las fuerzas vivas del pueblo cercan al instigador del crimen de Faustino, Raimunda, que se interpone, es tiroteada por su marido, lo que hace reaccionar a Acacia haciéndola volver al recto y puro amor de hija poco antes de que el desordenado Esteban sea abatido a tiros por su propio sicario, “El Rubio”.

Ocasión habrá para volver a hablar de esta película cuando le dediquemos una entrada a Jesús Tordesillas o a Julio Peña. Es la actuación del primero de lo más destacado del film y algunos de sus momentos silentes, de lo más sobresaliente de la dirección de López Rubio. Julio Peña, un actor cinematográfico de interesantísima carrera, que incluye, como en el caso del director de “La Malquerida”, una etapa hollywoodiense, no tiene un papel precisamente lucido en este título. Társila Criado, en cambio, apenas hizo cine. Nacida a finales del siglo XIX, era una cómica de zarzuela a la que hicieron debutar en teatro los hermanos Álvarez Quintero, y llegó pronto a ser primera actriz en la compañía de Francisco Fuentes, protagonizando, por ejemplo, la famosa “El proceso de Mary Dugan” en 1929 (obra que, por cierto, dirigió para el cine, López Rubio, durante su estancia norteamericana). Durante la Guerra Civil, se mantuvo en la escena hasta el último momento en el asediado Madrid republicano, estrenando en 1938, junto a su compañero de reparto en “La malquerida”, Jesús Tordesillas, la obra de ambiente sórdido del periodista José Ojeda, “El café de las mujeres malas” . Tras el estreno cinematográfico de “La malquerida”, una nueva obra de Jacinto Benavente, “Dueña y señora” le dio en los escenarios un triunfo personal que sucedió al de la película aquí comentada. Su carrera se prolongó sobre el tablado hasta 1975, año en el que encontramos sus últimas reseñas profesionales. Luchy Soto, hija de los actores Manuel Soto y Guadalupe Muñoz Sampedro, tenía a su cargo el difícil papel de Acacia, como hemos dicho, y se casó, por cierto, en 1946, con el primer actor de la compañía de sus padres, también hijo de un matrimonio de actores (Luis Peña Sánchez y Eugenia Illescas), el gran Luis Peña. Por último, cerrando este párrafo que repasa someramente el reparto de “La malquerida”, destaquemos que Manolo Morán, que venía de combatir en la Guerra Civil, en el bando de los sublevados, hacía, con su interpretación del papel de Pascual, una de sus primeras incursiones cinematográficas, tarea que compaginó con la ayudantía de dirección que prestó a José López Rubio.

Pues bien, al lado de todo este elenco de grandes actores, en medio de esa trama que había arrancado encendidas ovaciones de un público entregado que había aplaudido la función en los teatros desde hacía más de veinticinco años, nuestros jóvenes protagonistas de hoy, Ramón y José entraron modestamente en la historia del cine. El primero, con bastante más presencia que el segundo, porque se le dio una frase, que debía pronunciar en el centro del encuadre y que, por cierto, le costó un gran esfuerzo memorizar y pronunciar al gusto del director. Ramón, ante la llegada al pueblo del cadáver de Faustino, al que traían a lomos de su cabalgadura, debía exclamar: “¡Con la horca no paga el que haya “sío”!”. Dos planos más tarde, su primo José debía limitarse a observar, formando parte del grupo de curiosos, la reacción de Manolo Morán , como Pascual, uno de los amigos del difunto, hasta que la llegada de Antonio Armet, como “El Rubio” le hacía desaparecer del campo visual del espectador al interponerse entre él y la cámara.

A Ramón, claro, le pagaron mucho más que a José. No en vano, había “hecho de actor”. Los dos primos todavía consiguieron colarse en alguna película más, aunque nunca disfrutaron de un lugar tan preferente en el encuadre ni volvieron a pronunciar palabra ante la cámara. Luego, lo que son las cosas, Ramón se hizo guardia urbano, se casó, y la muerte, siempre inoportuna, fue a buscarle a las ocho menos cuarto del miércoles 29 de noviembre de 1961, cuando, en el transcurso de su recorrido de vigilancia, en el castillo de Montjuich de Barcelona, al ir a cerrar la verja que da acceso al foso de Santa Elena de dicha edificación, un escudo ornamental de más de una tonelada de peso se desprendió de su soporte y lo aplastó, matándolo en el acto. También dejó viuda su primo José, unos once años más tarde. Espíritu inquieto, José había sido inventor, había recorrido Europa montado en una “vespa”, había vivido experiencias extrasensoriales tales como viajes astrales y había mantenido comunicación con seres de ultratumba antes de quitarse la vida en 1972.

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