Lady Filstrup (3ª época)

Dedicado a la música ligera, actores españoles y tebeos de Bruguera (porque sí, porque rima).

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Lugar: El Escorial, Madrid, Spain

martes, abril 11, 2006

El hombre de la multitud


El trazo urgente y periodístico de Conti ha empezado a gustarnos tarde, ahora. Antes nos daba miedo, o por lo menos nos asustaba. Al trazo de Conti, que es de líneas esenciales, y que de tan esencial se hace rectilíneo, y que le va saliendo y resultando cada vez más antibrugueriano, mi compañero burgomaestre lo ha comparado con el trazo de Mingote. Conti es un explorador tan enfrascado en el trazo que no se acuerda de las viñetas, y por eso respeta tanto la cuadrícula. Conti llega un momento en que deja de dibujar para la chavalería y se va a lo suyo, que es el expresionismo minimalista, por inventarle un patrón. El esquematismo o la parquedad Conti los ha tomado de las novelas de ciencia-ficción, género que a través de este dibujante llena las páginas de los tebeos de Bruguera, pero ése será otro tema. Conti dibuja ciencia-ficción, marcianos, computadoras, robots, laboratorios, doctores No y ayudantes Sí; pero también traza en ciencia-ficción, y esas son dos características de Conti que han de explicarse por separado. Palpita algo de cientificismo o de laboratorio de física nuclear en el trazo de Conti. Resulta que Conti quiere ser tan actual, quiere estar tan al día, que es incapaz de resignarse a dibujar para revistas semanales (en siete días, hay qué ver cómo puede cambiar el mundo, y hasta desaparecer), y entonces se pone a dibujar con urgencia inmediata, y por eso parece que dibuje más bien para periódicos. Al final esta exigencia, esta premura, le va conducir al formato que más se adapta a lo conciso, al tiro hecho, que es el del chiste. Conti, en su brevedad, en su sólo bastarle una viñeta para explicarlo todo, lo que está mostrando es al hombre contemporáneo, o en cualquier caso a su contemporáneo, que quizá fue el más moderno de las últimas eras de la humanidad. Conti murió en 1975, y uno cree que el hombre y la mujer de los años setenta fueron los más actuales y los que más se implicaron con su tiempo. Esto se ve ahora, además de en los dibujos de Conti, en las teleseries de aquellos años, por ejemplo. Acaso, el hombre de los años setenta fue el último que basó su biografía en la autenticidad, luego han seguido el hombre referencial, y el arte referencial, y las películas, y los tebeos, y las novelas, rebosantes de guiños a otras películas, tebeos y tal…, pero que van a la deriva porque les falta anclaje en la calle, y encima se convierten en arte ensimismado en su propio género; aunque, bueno, esto, quien lo explica de maravilla es mi compañero burgo. De Conti, al margen de "La vida adormilada de Morfeo Pérez", cuya monumental importancia reivindica Jesús Cuadrado en su Atlas…, de Conti, digo, lo que nos fascina es que dibujó al hombre contemporáneo, que no es otro que el hombre de la multitud (ya lo dijo Poe), el viandante, el paseante, el hombre de la calle. Y Conti lo coló en sus viñetas como quien no quiere la cosa, pero dándole ese primer plano, que es un plano ético y que, salvo en Raf, no iba a ser un recurso muy frecuente en los tebeos de Bruguera. Esta tarde, al repasarlo, hemos aprendido que Conti no dibujaba para los niños sino para su época.


(Ah, procedencia de las viñetas: la cabecera de Carioco, del DDT núm. 181, III época, 4 de enero de 1971; la señora de la estafeta, de la aventura de Carioco del DDT núm. 193, III época, 29 de marzo de 1971; el señor que mira de reojo al melenudo que anda con circulares, de la aventura de Apolino Tarúguez y su secretario del DDT núm. 164, III época, 7 de septiembre de 1970; el señor que mira de frente, mientras Celedonio piensa en comprarse un perro, de la aventura de Apolino Tarúguez y su secretario del DDT núm. 168, III época, 5 de octubre de 1970; el señor absorto en el vuelo de una mosca, de la aventura de Carioco del DDT núm. 150, III época, 1 de junio de 1970; el señor de negro junto al Carioco leyendo el diario, de la aventura de Carioco del DDT núm. 149, III época, 25 de mayo de 1970; la señora de collar y gafas, de la aventura de Carioco del DDT núm. 194, III época, 5 de abril de 1971; y el señor de sombrero negro y americana azul, que pasa mientras Celedonio nos hace partícipes de su impaciencia, de la aventura de Apolino Tarúguez y su secretario del DDT núm. 155, III época, 6 de julio de 1970.)

viernes, septiembre 22, 2006

Conti, el ubicuo


Una máquina de dibujar chistes
De todos los dibujantes de Bruguera, tal vez fue Conti el que más se distanció del modelo inicial de creador de historietas tanto por la evolución de su estilo gráfico, como por decantarse por la producción, en proporciones verdaderamente masivas, de chistes. Su Apolino Tarúguez, resulta ser el personaje más antiguo de toda la escuela Bruguera, pues nació incluso antes de que ésta se iniciara, ya que nació en la revista Cucú, en 1944. Su Carioco, que empezó a publicarse en 1949, fue uno de los pilares del desarrollo y del asentamiento de Pulgarcito como la revista definitiva de historietas en España. Su Morfeo Pérez, creado en 1952 para el DDT, constituye una de las más hermosas series del tebeo español (de duración limitada, lo que la convierte en un muy apetecible objetivo para que el editor que se precie de tener buen gusto y de poseer un alto grado de romanticismo, se anime a publicar un bellísimo álbum con ella). Y, sin embargo, la especialización profesional de Conti se produjo en el terreno del chiste, género que cultivó de forma magistral, metódica y sistemática, haciendo uso de un estilo gráfico que fue depurandose con los años hasta alcanzar un grado máximo de síntesis expresiva, de difícil equiparación con otro dibujante español.

Cuando Conti (Carlos Conti Alcántara, 1916-1975) aterrizó en Bruguera (donde llegaría a ocupar un puesto relevante de redactor, encargándose de recibir y “filtrar” los trabajos de los autores noveles, entre otros, tal como nos contó el amigo Jaume Rovira) procedía del humorismo gráfico para revistas, habiendo desarrollado su labor para la revista “Hola” desde su fundación, en 1944, continuando durante tres décadas. Pero las páginas que dibujó para Bruguera y las de la revista “Hola” suponen tan sólo una parte de la producción del maestro. Sus dibujos se podían encontrar en una lista numerosísima de publicaciones, cosa que le confería a su autor el don de la ubicuidad. Su firma aparecía en el diario “La Prensa”, en “Humor de bolsillo”, “Pepe Cola”, “Matarratos”, “ABC”, “Ondas”, “Pueblo”, “TBO”, “El Coyote”, en “Nicolás”, y en otras muchas publicaciones, de las que veremos algún ejemplo en esta entrada. A Conti se le encontraba por todas partes. Este burgomaestre se ha propuesto mostrar este hecho trayendo aquí unas pocas gotas procedentes del inmenso caudal del río de tinta que fue capaz de encauzar Conti durante su vida profesional (que es tanto como decir su vida entera, pues se mantuvo activo hasta el prematuro fin de sus días, incluso cuando, debido a la artrosis que le afectaba las manos, se vio obligado a atarse el lápiz a las muñecas para sujetarlo, tal como nos ha testimoniado el amigo de este weblog, Guillem Cifré, recientemente).

En las páginas de “Hola”
En el libro de Antoni Guiral “Cuando los cómics se llamaban tebeos”, se recoge una entrevista con Escobar en la que se describe la manera en que Conti era capaz de hacer chistes de cualquier cosa, siguiendo un procedimiento basado en un sistema de archivos. Ese sistema, que clasificaba temas y situaciones para, convenientemente cruzados, obtener chistes (como si planteara y resolviera ecuaciones) revela que Conti poseía una mentalidad metódica, un punto de vista científico sobre las cosas.
El interés por los avances de la ciencia se hace patente a lo largo de los centenares de chistes que sobre esta temática publicó durante toda su carrera, pero más allá de esta constante temática, este burgomaestre cree que “el modo de pensar” particular de Conti impregnaba todo su quehacer como humorista gráfico. Eso explicaría, por ejemplo, su otra constante temática más peculiar, su fobia hacia el arte abstracto, que se ve reflejada en uno de los chistes escogidos de su página del “Hola” número 1169, de fecha 21 de enero de 1967. La confrontación del punto de vista científico (lo que podríamos llamar “lógica contiana”) con el arte no figurativo hace que salten chispas de humor. Independientemente de que en la vida personal pudiera apreciar el arte abstracto (como, seguramente, así fuera), en la vida profesional (es decir, donde aplicaba su método para fabricar chistes) un arte que no representara la realidad era un contrasentido que daba lugar a situaciones cómicas, especialmente, cuando este arte era valorado y apreciado, como en el chiste de muestra, erróneamente. El otro chiste seleccionado, también implica una confrontación digna de una mentalidad cartesiana. Al mostrarnos un atraco en el que la víctima es un hombre de raza negra, Conti nos expone una escena que puede dar lugar a interpretaciones múltiples. El humor nace de que el mismo protagonista se encarga de descartar una de ellas, para que conste. Prescindiendo de comentarios que afecten a la moralidad y a la corrección política, el chiste tiene una interpretación que se puede formular casi matemáticamente (Acto violento concreto sobre miembro de minoría racial no es necesariamente igual a racismo), pero también con una frase hecha: “Las cosas no siempre son lo que parecen”.

También estuvo en “El Hogar y La Moda”

Revista editada por Hymsa (editorial barcelonesa), “El Hogar y la Moda” es un semanario pensado para el público femenino en el que Conti representaba un inequívoco punto de vista masculino. Su humor racional, sólidamente basado en una mente que funcionaba siguiendo los dictados de la lógica, debía proporcionar un desconcertante contrapunto entre las señoras lectoras que pasaban de patrones de modelos de entretiempo o recetas de cocina indicadas para mejorar el cutis a zamparse chistes como este que traemos aquí, en el que sin duda, Conti, retratándose a sí mismo (un estajanovista que más que tomar vacaciones, debía caer rendido, de vez en cuando) para retratar a la figura del marido abrumado por el exceso de trabajo. Se publicó en el número 1518, de fecha 20-7-65.

Y le encontramos en el Almanaque de la Vanguardia para 1961

Peñarroya, otro genial e infatigable trabajador del lápiz se encargaba del mes de Abril y Conti, del mes de junio, en un Almanaque del diario La Vanguardia para el año 1961. Hemos seleccionado un chiste en el que descubrimos una vez más la mentalidad contiana especializada en hallar el humor a través de una visión empírica de las cosas, con sus pesos y medidas. La observación del personaje del chiste coincide, seguramente, con la propia del dibujante, al que intuimos aficionado a asistir a este tipo de certámenes.

El suculento suplemento “A todo color” de “La Prensa”

Al lado de trabajos de Alfons Figueras, Segura, Tunet Vila y Peñarroya (que oportunamente verán la luz en este weblog (o lo que sea)), en el ejemplar de 5 de febrero de 1953 volvemos a toparnos con la obra de Conti.
Esta vez, a diferencia del más habitual blanco y negro, la encontramos, tal como reza el título del suplemento, “A todo color”. Para esta publicación, hecha a imagen y semejanza de los suplementos de historietas de los diarios norteamericanos, Conti creó a “Filiberto y su perro”, una serie que parece una versión “con perro añadido” de su anterior “Mi tío Magdaleno”(1951). Gráficamente, la serie está resuelta con un estilo delicioso, y la fórmula (peripecias de un hombre solitario con su perro) la volvió a utilizar para el chiste fijo de la contraportada del Tio Vivo original, el que él dirigía desde su nacimiento en 1957: “Fortunato y su perro”, si bien la apariencia de amo y perro son totalmente diferentes y el grafismo había experimentado ya una clara evolución de las redondeces de los primeros cincuenta hacia el Conti definitivo. El ejemplo que aquí les mostramos es de los pocos que se publicó a todo color y está extraído de la contraportada del número especial dedicado a “La mujer”, de noviembre de 1957.

Respirando libre, montado en un Tio Vivo
La gloriosa aventura que Conti capitaneó como director artístico del Tio Vivo, secundado por sus colegas Cifré, Peñarroya, Escobar y Eugenio Giner ofreció un ámbito de libertad creativa (fuera de los rígidos márgenes de la Editorial Bruguera, aunque siempre, claro está, dentro de los infexibles límites de la Censura Franquista) que proporcionó páginas espléndidas en este semanario de humor “para mayores”. Una de las más singulares, auténtica joyita de la historia del tebeo español, es esta historieta sobre Teodoro, el Sacamantecas, obra de Conti. Se publicó en un número extraordinario dedicado al terror, de marzo de 1958 y nos muestra a un dibujante en plena madurez creativa, dominador de su arte y sobrado de ingenio, quien, con un estilo expresionista avanzado y audaz, nos brinda una soberbia página de humor negro enraizada en la tradición más descarnada de la España Negra. Visualmente, la página resulta hoy tan moderna como lo fue el día de su publicación, hace casi cincuenta años. La fina ironía que destila su humor (que incide más en aspectos incidentales, que en las atrocidades narradas, en sí) sobrevive al paso de los lustros con idéntica lozanía que los magníficos dibujos. Esta historia de “terror real”, con sus verdugos y su asesino rural, contrapunto del terror más estereotipado y convencional (sobre el que incidieron sus colegas en el mismo ejemplar) revela a un artista pasmado por la realidad, que contempla con aguda mirada y retrata con mano certera. Mientras Peñarroya dibuja una espléndida página introductoria repleta de monstruos de Frankenstein, vampiros, brujas y fantasmas y Cifré ofrece una magnífica portada en la que el primer plano lo ocupan los monstruos tradicionales (con el añadido del escobareño Profesor Tenebro) Conti nos dibuja a un asesino pequeñito y cabezón, que gasta boina y que se vuelve malo por no haber conseguido matar legalmente, al no haber conseguido completar la carrera de verdugo. Con ser de consideración la carga argumental que la historieta contiene contra la violencia de estado y la pena de muerte, se nos antoja de mayor enjundia todavía la crítica explícita hacia la falta de sensibilidad del ser humano en general y su frivolidad en relación a la comisión de horrendos delitos de sangre que puede apreciarse en la viñeta en que los habitantes del pueblo de Teodoro (alcalde incluido) “miran a cámara” ante el gráfico con la escalada criminal del asesino. No falta, tampoco, la referencia a los adelantos técnicos en forma de científico nuclear que modernizará el primitivo arma de Teodoro. La viñeta en que Teodoro es reducido por las fuerzas de la policía preludia el grafismo de dibujantes que estaban aún por llegar a la escena de la viñeta española, como los “papuístas” Já e Ivá. La viñeta final, en la que el reo a punto de ser ajusticiado mira directamente al lector con una vitriólica sonrisa mordaz es de una audacia feroz, a la altura de los mejores momentos de sátira crítica nunca alcanzados en este país. Acordándonos, otra vez, del “Papus”, apuntamos que, tanto la sonrisa, como el rabito de la boina coinciden con la imagen de la mascota de la extinta revista satírica y neurasténica.

Y hasta en el país del sol naciente...

Nos lo contó Guillem Cifré, el gran dibujante hijo del creador de Cucufato Pi, a quien tuvo la suerte de conocer hace pocas fechas el burgomaestre joven (y al que espera conocer muy pronto este burgomaestre viejo y latoso que les habla). Guillem, todo amabilidad y consideración, se ha ofrecido a ayudarnos a difundir material inédito de su padre en este espacio y a compartir con nosotros sus recuerdos y conocimientos, que son muchos y muy sustanciosos, cosa que le agradecemos vivamente. Al principio de esta entrada ya citamos un recuerdo suyo y ahora, al final de la misma, os ofrecemos una curiosidad que también nos contó él y que viene a rematar la tesis sostenida por este burgomaestre consistente en afirmar que Conti extendió su obra por todas partes, hasta el punto de hacer de él un dibujante ubicuo.
Lo que nos contó Guillem Cifré es que un chiste de Conti aparecía en la película japonesa “La mujer en la arena” (Suna no onna, 1964) del director nipón Hiroshi Teshigahara. Una película altamente recomendable, que obtuvo un reconocimiento internacional muy considerable, de reminiscencias kafkianas. Ni corto ni perezoso, este burgomaestre ha buscado la película en cuestión y ha seleccionado el fotograma preciso en el que se puede ver el chiste (cuyo texto, lamentablemente no es capaz de traducir) publicado en un periódico del país del sol naciente. Así queda demostrado que Carlos Conti, además de ser un artista genial, un trabajador infatigable, un cerebro privilegiado y una gran persona (de lo que han dejado testimonio quienes le conocieron personalmente y así lo han manifestado en este mismo weblog, sin ir más lejos) también tuvo el don de la ubicuidad. Pero no fue ese su mayor mérito, naturalmente, eso fue simplemente consecuencia de su enorme capacidad de trabajo la cual le permitió entregar obra en diversas publicaciones y en agencias internacionales. Su mayor mérito fue que con su humor adulto e inteligente consiguió hacer reír a medio mundo. Y si no me creen, miren al japonés de la foto, miren.
Nota: Aunque en el chiste seleccionado no la lleve, este burgomaestre les puede asegurar que Fortunato (el de la contraportada de Tio Vivo) usaba la misma bufanda que el Tío Magdaleno, el del DDT, que es la misma que lleva Teodoro el Sacamantecas. Con este detalle se demuestra otra vez la inteligencia de Conti. “¿Si me quedó bien esta bufanda, para qué voy a dibujar otra?”, debió preguntarse. Bueno, sí, a la de Filiberto le quitó los lunares. Menos trabajo.
PD: en tanto no llega la soñada (nunca mejor dicho) edición de la serie de Conti "La adormilada vida de Morfeo Pérez", pueden ustedes solazarse con la contemplación de la sensacional entrada que le dedicó mi compa burgomaestre tal que ahí, a un golpe de ratón.

martes, enero 03, 2006

La bondad en Conti


Humor negro en un chiste de Conti . Conti hace el loco Carioco y le pone un chalina como a los bohemios, y ésa es la única locura que comete este pobre hombre. Carioco no está más loco que la mayoría de los personajes de Pulgarcito, y de Bruguera, y por eso en seguida Conti quita de la
cabecera lo de "loco" y la deja en Carioco, a secas. Cuando a Carioco le persigue un tiburón en la playa, sabe que no va a zampárselo, por que está tan flaco el hombre... Carioco funciona a golpe de ocurrencias. Más que un loco es un ingenuo, y uno se ríe de lo inocente que es alguien que cree que los tiburones no se comen a los flacos. Conti hace luego Apolino Tarúguez y su
secretario, al que llama Celedonio, y también son dos buenas personas incapaces
de hacerse daño el uno al otro. La violencia en Conti no va más allá del chasco,
y así viven sus personajes, de chasco en chasco, dosificando la amargura de
manera homeopática. También dibuja Conti El Doctor No y su ayudante Sí, y ahí se
ve otra vez la facilidad para la bondad que tiene Conti: si hay un villano que se llama No, le pone para compensar un ayudante que se llame Sí. Pero aquí el doctor No es además un buenazo, un hombre pequeñito que quiere inventar cosas de utilidad general, y al que siempre le sale el tiro por la culata. Ése es el No con el que tiene que apechugar el doctor. No es el No al mundo del villano, sino el No de las cosas al hombre equivocado. Y el Sí de su ayudante es un Sí de
hechos consumados. En Conti no ha doñas Urraca, ni don Berrinche, y en sus
chistes sobre la moda masculina Conti es amable y los hombres se ponen una pluma
estilográfica en el sombrero para actualizar el estilo tirolés. Y sin embargo este chiste de aquí, de la imagen, sobre motos Parca nos enseña a un Conti cebándose no en la muerte, sino en los vivos.

sábado, enero 21, 2006

La Tele y Bruguera. Conti: visionario


De la influencia de la televisión en los tebeos Bruguera, o en la sociedad española que éstos reflejaban nos hemos propuesto "postear" lo nuestro, con la excusa de celebrarse este año el cincuentenario del nacimiento de TVE. Mi compañero ha iniciado la serie con la brillantez que le caracteriza y yo me atrevo ahora a secundarle con un mero apunte, trayendo aquí una página de Conti publicada en la página 3 del Almanaque del DDT para 1959.
De todos los dibujantes clásicos de Bruguera, Carlos Conti Alcántara, era probablemente quien desarrolló un estilo de dibujo menos afín al gusto infantil y otro tanto sucedía con su humor o, dicho más ampliamente, con su percepción vital. No en vano cultivó el humor gráfico "para adultos" en todo tipo de publicaciones. Su analítica mirada le permitía, como en el ejemplo que aquí aportamos, exponer muy acertadas visiones de un futuro cercano.
Conti, quien sospechamos era aficionado a la Ciencia Ficción (como su personaje, Don Alirón), poblaba a menudo sus páginas de chistes con robots, alienígenas, científicos, inventos y artistas abstractos que convertían la estética en matemática. Esta alegoría del Año Nuevo que había de iniciarse anticipaba certeramente preocupaciones que habían de llegar y novedades que habían llegado para quedarse.
En cuanto a la televisión, tal como Conti apreció con ojo certero, ya en el lejano 1958, cuando todavía había muy pocos televisores en España, era el medio que estaba a punto de sustituir a la realidad para las nuevas generaciones. Efectivamente, el único niño presente en la página está amorrado a la tele, presenciando algo, que está pasando a su lado, a través del tubo catódico.
PD: Desde luego, la mirada de Conti revela una ciertamente profunda inquietud. Se trata de una mirada en absoluto complaciente, insólita en un almanaque. Esa cosa que eclosiona del huevo, que sonríe maliciosa, toda esa gente que la rodea (artistas, turistas y técnicos), que se afana en retratar el evento sin verlo, esos científicos que enseñan los dientes y que se disponen a detonar una bomba H... Las únicas sonrisas francas son las de la Luna (a pesar de haber recibido un cohetazo en todo lo alto) y el robot (programado para sonreír). Pesimista Conti, visionario Conti.

miércoles, junio 21, 2006

Osadía total



Grizzly Man
El 6 de octubre del 2003, Timothy Treadwell y su novia, Annie Huguenard, fueron devorados por un gigantesco oso pardo en la Reserva Natural de Katmai (Alaska). Uno de los osos que ambos habían estado estudiando y filmando durante los anteriores trece años de su vida. El pasado viernes se estrenó en las pantallas de nuestro país el nuevo film de Werner Herzog, “Grizzly man”, una película documental pluri-galardonada en la que se detallan las circunstancias que precedieron y envolvieron tan luctuoso e insólito suceso. Timothy Treadwell había hecho de los osos grizzly su razón de ser y se había mantenido en estrecho contacto con ellos, compartiendo en su compañía muchas experiencias vitales (al modo en que lo han hecho naturalistas famosas como las primatólogas Diane Fossey o Jane Goodall). Podría decirse, siendo algo crueles, que su comunión con los seres objeto de su dedicación fue completa cuando terminó siendo ingerido por uno de ellos.

Werner Herzog tiene en su haber una filmografía tan interesante como personal y atípica. Su obsesión por las historias inverosímiles pero verídicas protagonizadas por personajes “más grandes que la vida”, dotados de obsesiones desmesuradas o increíbles, “enfrentados a” o “insertos en” parajes que se constituyen escenarios colosales que deben dominar, podría haberle convertido en un fenómenos de masas si no fuera porque su rigor narrativo está dominado por un estilo alejado del gusto popular. Herzog, voluntariamente o no, cuenta sus interesantísimas historias con un ritmo no ya inapropiado para obtener el éxito de taquilla, sino directamente contraproducente para su consecución. En el relato de la experiencia vital de este Timothy Treadwell, Herzog ha empleado el material que rodara el mismo malogrado protagonista, unas imágenes de extraordinaria fuerza y belleza que vistas desde la perspectiva del conocimiento del trágico final de quien las filmó resultan revestidas de una grave y enigmática dimensión mágica. Evidentemente, la intención del documentalista original (Treadwell) es demostrar las bondades del noble y elemental mundo animal, mientras que el documentalista segundo (Herzog), ventajista supremo, no tiene que hacer ningún subrayado para darle la vuelta completa al discurso ecologista-bonista. La consecuencia que persigue demostrar es obvia: la naturaleza es un caos y el hombre una mera víctima inconsciente cuando no, ingenua.



Los osos en Bruguera y la historieta que toca

Si hay un dibujante brugueriano especializado en osos, ese, sin duda alguna, es Roberto Segura. Fijación la cual apuntamos en sendas entradas mi docto compañero y yo mismo y en cuyo abundamiento coloco al lado de estas líneas alguna muestra más. La figura del plantígrado sustancia para este dibujante la corporeización de la amenaza y Segura recurre al empleo de su colosal aspecto con más asiduidad que toda una troupe de zíngaros. Hasta para felicitar las pascuas a los lectores, se ve impelido a incluir el dibujo de un oso en la estampa navideña “ad hoc” tal como podemos comprobar en su viñeta del Almanaque del DDT para 1964.


No obstante lo dicho, es de Conti y de su Carioco de quien vamos a ocuparnos hoy, por haber creado uno y protagonizado el otro, la historieta publicada en el Pulgarcito 137, de febrero de 1950, titulada “Carioco y los osos”, una verdadera delicia, plenamente actual en virtud de su calidad de clásico y de la oportunidad del estreno de la película del cineasta alemán, con la cual guarda evidente relación.



Carioco y los osos

Con la debida distancia que impone el humor, Conti, que tiene la mente más científica y racional de todos los dibujantes de Bruguera, elige como personaje estrella a un demente, ya que ese es su modo de poder adentrarse en el terreno de la diversión. Conti busca pasadizos para pasar del mundo real al mundo de la diversión. Si en Carioco es la locura, otro de sus personajes más logrados (aunque gozara incomprensiblemente de una breve existencia) , su Morfeo Pérez, recurre al mundo onírico para conseguir el mismo objetivo. En otras ocasiones, como en el Doctor Sí y su ayudante No, o en el de Don Alirón y la Ciencia Ficción, la evasión se produce hacia mundos imaginados procedentes del género de ficción especulativa. No obstante, y especialmente en el caso de Carioco, estas apuestas temáticas, estos pasadizos por los que deslizarse, se revelan más bien una coartada. La demencia de Carioco es nominativa más que patente. De alguna manera, Carioco es un loco porque sí. Nadie lo duda porque vive en un manicomio y lo lleva en el nombre y en la mata de pelo que le brota rebelde de la cabeza. Su locura “salta a la vista” aunque no se le note en nada. Valga como ejemplo de esta locura “presupuesta” que en la historieta que comentamos hoy, el oso co-protagonista afirma estar deseando probar “la carne de majareta”.

Conti, como ya se ha dicho alguna que otra vez en este weblog (o lo que sea), terminó siendo, estilística y fundamentalmente, un dibujante de chistes para periódicos. Su grafismo fue derivando de su vertiente como historietista a la del ilustrador gráfico de prensa. No obstante, a través de los años y las décadas, Carioco se mantuvo en la brecha a pesar de tratarse, de todos los personajes originales y fundacionales de la editorial, uno de los que tenían la personalidad menos definida, probablemente debido al hecho de que era uno de los mejor construidos gráficamente. La caracterización de su figura inconfundible descansaba sobre dos elementos fundamentales: el tupé y la gran corbata de lazo o chalina. Otro triunfo en el haber de Conti (o en el de Rafael González, que bien pudiera ser) es el nombre de su criatura, tan sonoro y redondo que se hizo popular incluso entre quienes no eran lectores de tebeos. Esta sencilla contundencia en su caracterización le permitió construirse un espacio propio en el mundo de la historieta y en el subconsciente del colectivo del lector y cosechar una perdurabilidad y una estima por encima de lo que la diversión real que sus aventuras proporcionaban. Anotemos como detalle curioso a propósito de los elementos citados, que el tupé de Carioco (1949) está claramente emparentado con el penacho de Woody Woodpecker (1940) a quien no por casualidad se le conoce entre el público de habla hispana como Loquillo, nombre artístico del cantautor y rockero heredero de la cresta de ambos.

La historieta “Carioco y los osos” narra un episodio de caza en el que nuestro héroe, acompañado por un señor de aspecto respetabilísimo al que llama profesor, debido a una lamentable confusión, termina del mismo modo en el que la vida de Timothy Treadwell llegó a su final: Carioco acaba también en la panza de un plantígrado al que había tratado con un exceso de confianza. Lo mismo que mister Treadwell. La diferencia entre el cuerdo Treadwell y el loco Carioco, es que el primero demuestra sufrir una demencia mucho mayor, pues en ningún momento duda de la naturaleza salvaje de la bestia de media tonelada de peso con la que se relaciona temerariamente, mientras que el presunto orate, hijo de Conti, cree estar tonteando con un pobre empleado de la Oficina de Turismo, disfrazado.
Como todas las historietas creadas en esta etapa de la editorial, ésta viene marcada en su lenguaje verbal por el estilo característico de Rafael González, con sus usos habituales, entre los que no faltan las exclamaciones de caprichosas parejas de sustantivos ("prudencia y feldespato") ni las alusiones a dibujantes de la casa a los que, como a Peñarroya en este caso, se les toma sanamente "la cabellera". Visualmente, Conti asume la línea editorial que unificaba notablemente los estilos de los distintos artistas. Es una página llena de movimiento, poblada de muñequitos preferentemente dibujados de cuerpo entero que se desplazan por una escena como en una representación teatral o en una película de dibujos animados de las más habituales entonces.

La idealización de la vida salvaje, o de la Madre Naturaleza (dicho en términos decididamente cursis) es un error en el que suele incurrir irreflexivamente aquellos quienes no salen de las ciudades desde hace, pongamos, diez generaciones, más que para veranear o hacer excursiones. Y es un error que viene de antiguo, como si el Hombre, después de siglos de luchar contra las inclemencias de la naturaleza de este inhóspito planeta, tuviera gran facilidad para olvidar lo que le ha costa alcanzar cierto confort en él. Eso, y cierto atavismo genético, explica que tanto cazadores como naturalistas insistan en mezclarse otra vez con el pasado salvaje del que procedemos, sin reparar en que ya son muchas más las cosas que nos separan que las que nos unen.

Nota: las imágenes (meras gotas de un océano) de osos de Segura no referenciadas son: la portada del Tio Vivo número 171 de la primera época (de 17-10-1960) y una viñeta de una reimpresión de una vieja historieta de Rigoberto Picaporte en el Almanaque para 1973 de Pulgarcito.
NOTA2: Como este burgomaestre es consciente de la devoción que por Francisco Ibáñez sienten muchos de los visitantes de este weblog, cuelgo aquí como suplemente totalmente gratuito la felicitación que dibujó y que apareció justo encima de la de Segura (de la que he puesto el fragmento "con oso") del Almanaque del DDT para 1964. Es posible que alguno de sus fans no la haya visto antes y contiene la curiosidad de que el creador de Rompetechos se retrata todavía con bastante pelo. Por lo demás, es una muestra inequívoca de su periodo álgido de "franquinización" (expresión que, dicha en el contexto de la dictadura, suena rematadamente mal).

martes, mayo 09, 2006

Una vida en sueños


Conti dibuja al soñador y le llama Morfeo Pérez, y en 16 entregas va y lo liquida o se lo liquidan. "La vida adormilada de Morfeo Pérez" empieza a publicarse el núm. 39 de El DDT (febrero de 1952) y aparece por última vez en el núm. 54 (mayo de 1952). Morfeo Pérez es un personaje "chiquitito, feo y antipático", y así se convierte en la versión que va a traer el franquismo del español "feo, católico y sentimental". A Conti, que ha luchado junto a la República, y por eso, al acabar la guerra, le han purgado con tres años de servicio militar, le encargan en Bruguera un personaje nuevo para El DDT, y se presenta con un señor tocado con un sombrerito y que sueña con llevar otra vida, cualquier otra vida y, para tal fin, cada anécdota, y cada objeto, es un pretexto. Es un poco como le ocurría, ya se comentó en este weblog o lo que sea, a Danny Kaye cuando protagonizó La vida secreta de Walter Mitty (Norman McLeod, 1947). Conti ha retratado al loco con Carioco y al hombre de negocios con Apolino Tarúguez, y con ellos ha dibujado lo grotesco, lo chusco del carácter humano, pero con Morfeo Pérez lo que va a pintar es lo indefenso del personal. A Morfeo Pérez, en una viñeta le llaman "imbécil retardado", y en otra le dicen: "conozco por lo grotesco de sus facciones que es usted un hombre serio", y en una tercera el personaje considera a propósito de sí mismo que es "conejo raquítico". En su historieta inaugural, Morfeo Pérez recibe una carta de su tío Eduvigio del Brasil, y enseguida se piensa que su pariente le manda el mapa de un tesoro, y sueña despierto la aventura de descubrirlo; pero al final lo que pone su tío en la carta es que está arruinado y que se le va a meter de mantenido en su casa. Morfeo Pérez es un solitario que lleva a rajatabla aquello de "vivimos como soñamos, solos", que alguien decía en la película Maravillas de Gutiérrez Aragón. Cuando Morfeo Pérez trincha un pollo asado, imagina que es un lunático criminal escapado de una historieta del Inspector Dan y en su sueño hasta apuñala a un perro, y cuando vuelve en sí se encuentra de nuevo con el pollo entre las manos. Morfeo Pérez no sueña exactamente con otra realidad, sino con una fantasía distinta de la que vive; a veces es una fantasía artística, una fantasía de tebeo del Inspector Dan, por ejemplo, o una fantasía literaria como la de El conde de Montecristo cuando en otro episodio se compra esta novela de Dumas. La diferencia entre Walter Mitty y Morfeo Pérez estriba en que el primero es un dibujante que siente que la vida real le viene estrecha y le tira de la sisa, y el segundo es un filósofo de papel de carbón y de carpetas de goma que ha comprendido que la vida real no es más que otro sueño. El primero tiene a la vez una vida pública y una vida secreta o íntima, y el segundo sólo tiene una única vida, que, en el extremo de la coherencia o de la desesperación, es una vida adormilada. En sus correrías, Morfeo Pérez va a hacerle una rápida visita a la ciencia-ficción, que es la tierra de promisión de Conti, y así un año después de que Estados Unidos inaugure su primera central nuclear, Morfeo cierra los ojos y se ve de científico atómico en un laboratorio. A lo largo de los pocos episodios que tiene esta serie, un mismo crooner va a salir citado dos veces. Se trata de Bing Crosby, que por aquellos días andaba de Camino a Bali. Morfeo Pérez es el español que quiere ser Bing Crosby o Danny Kaye antes que Manolo Escobar, y eso le hace un hombre de mundo en un país aislado por el resto de las naciones, y cuyo gobierno no obtiene el reconocimiento de la ONU. Igual que Morfeo Pérez sueña que obtiene la mano de la vecinita de enfrente, España sueña en su delirio de camisas azules que es un aliado de Estados Unidos; pero la distancia que va de un país a otro es la misma que media entre Morfeo Pérez y Danny Kaye o Bing Crosby. Hay dos ocasiones en las que Morfeo Pérez no sueña su aventura, sino que la protagoniza en sonámbulo. En la primera, Morfeo le arrea una paliza a uno con quien no se atrevía ni en sueños, y así vuelve a salir el asunto de lo cuestionable de la realidad en la vida del personaje. La otra ocasión supone, sin duda, la más triste de las historietas de Morfeo Pérez, pues se trata de la única que aparece dibujada sin una sola de esas viñetas-nube, en las que trascurren sus sueños, y con dicha historieta uno se hace cargo de lo gris que es una vida entre calles rectilíneas y viñetas cuadradas a regla y cartabón. Porque lo bonito de este pequeño puñado de aventuras que componen la serie "La vida adormilada de Morfeo Pérez" es, desde luego, ese fluir de viñetas-nube, de viñetas flotantes, que nos dicen que los personajes de los tebeos también sueñan, como sueña Conti, tomándose en broma, cuando su personaje Morfeo Pérez imagina ser un pintor millonario y famoso, que retrata a sus clientes como le da la gana. Morfeo Pérez es el hombre que, cuando acierta una pregunta en un concurso radiofónico, se ruboriza, y por eso sueña con una vida donde ser poca cosa es lo más decente que puede hacer una persona.




(Ah, la viñeta en que en pájaro le pica en la cabeza a Morfeo Pérez procede de su primera aventura, publicada en El DDT núm. 39, feb. 1952; la cabecera de la serie y la viñeta en que el personaje se sonroja salen de la segunda aventura, publicada en El DDT núm. 40, feb. 1952; la del castillo y las otras en que sujeta el mismo cuchillo fueron publicadas en El DDT núm. 41, feb. 1952, dicha historieta apareció en segunda de cubiertas; la viñeta en la que compra el Chafardero Indomable y la del laboratorio proceden de El DDT núm. 43, mar. 1952; la del carcelero que le manda de bruces al calabozo procede de la citada historieta del Conde de Montecristo y fue publicada en El DDT núm. 45, mar. 1952, el mismo origen tiene la viñeta en la que Morfeo sale huyendo del castillo disfrazado de carcelero; la historieta en que anda turulato por su vecinita, a la que desde hace siete años, según dice, contempla en silencio tras los visillos, sin atreverse a confesarle su amor, fue publicada en El DDT núm. 50, abr. 1952 –uf, hace ya la friolera de cincuenta y cuatro años--; y la viñeta con ese caballo tan chulo la dibujó Conti para la historieta publicada en El DDT núm. 47, abr. 1952; la viñeta del señor apuñaladito pertence a aludida la historieta atípica por rectilínea donde Morfeo no sueña, y salió en El DDT núm. 52, may. 1952; y la viñeta del coche rumbo a Cuba, como otros iban a Bali, pertenece a la última historieta de la serie, y fue publicada en El DDT núm. 54, may. 1952; las fotos de la película de Danny Kaye proceden de http://dannykaye.fcpages.com/photoslwm.html, y la carátula de la peli de Bing Crosby también nos la hemos bajado de la red).