Lady Filstrup (3ª época)

Dedicado a la música ligera, actores españoles y tebeos de Bruguera (porque sí, porque rima).

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Lugar: El Escorial, Madrid, Spain

viernes, mayo 05, 2006

Don Tary



Esta semana pasada ha cundido la preocupación entre aquellos quienes de nosotros sentimos más simpatía por cualquier animal que por la mayoría de los humanos, al enterarnos de que había aumentado tanto el número de especies amenazadas de extinción, incluyéndose en tan triste nómina a los hipopótamos y a los osos polares. Este cariño por el reino animal en nuestra generación debe venir, como tantas cosas, por vía materna (considerando a la televisión como una segunda madre), de los tiempos en los que Félix Rodríguez de la Fuente por un lado y las series protagonizadas por animales, por el otro, nos llenaban las horas de asueto.
Del amigo Félix hicimos mención a propósito del despropósito que supuso otorgarle el papel protagónico de la revista “Gran Pulgarcito” y volveremos sobre el caso algún día, abundando en el tema. Hoy por hoy, en nuestra cotidiana observación de las infuluencias que la televisión mantuvo sobre los tebeos Bruguera a partir de los años sesenta, nos hemos fijado en la serie de Pineda Bono, “Don Tary”, que se publicó en Din Dan a partir del año 1968.

Las series con bicho
Dirigidas fundamentalmente a un público infantil, las series de televisión de la década de los sesenta y primeros años setenta, sucumbían con frecuencia a la tentación de recurrir al encanto natural y fascinador de los animales para cautivar a la audiencia. Dejando de lado a los carroñeros y a las alimañas (que frecuentaban, en cambio, los Telediarios), casi todo el reino animal se pudo ver representado en la pequeña pantalla con honores de protagonista: el canguro Skippy, el delfín Flipper, el oso Ben, el pato Saturnino, el caballo (negro azabache) Furia, los tejones, zorrillos y zopilotes de los docudramas de Disneylandia o los sempiternos Rin Tin Tín y Lassie, formaban una constelación de estrellas bestiales en la que había que incluir también a los miembros del cartel de Daktari: el león Clarence y la mona Judy.

Daktari quiere decir “Doctor”
Probablemente, el formato tenga su más inmediato origen en el éxito internacional cosechado por "¡Hatari!", la producción de Howard Hawks de 1961, con John Wayne y Elsa Martinelli, pero el caso es que, tal como sucediera, algunos años más tarde, con “Nacida libre” (1966, Jack Hill), película que ilustraba un episodio aleonado en la sabana africana y que engendró asimismo una serie televisiva (sostenidas ambas por una balada evocadora de igual título e interpretada por grandes crooners: Sinatra y Matt Monroe), la serie Daktari provenía también de un largometraje para la gran pantalla, el titulado “Clarence, el león bizco” (1965, Andrew Marton), si bien en este caso, el reparto de la película se mantuvo sustancialmente para la serie. Así, sus protagonistas, Marshall Thompson y Cherill Miller (Marsh Tracy y Paula Tracy, padre e hija en la ficción), dieron el paso también de la sala a las salitas para inundar de aventuras selváticas la imaginación de los pequeños televidentes del mundo, incluidos hispanos. La serie, de la productora CBS, se estrenó en los USA en 1966 y se prolongó a lo lardo de tres temporadas, en capítulos de 50 minutos. En España empezó a emitirse en 1968, los miércoles por la tarde, en el espacio que a continuación de su desaparición, ocuparía (manteniendo la atmósfera artificial que en los estudios yanquis confeccionaban para recrear la jungla africana) la versión televisiva del héroe de Edgar Rice Burroughs: Tarzán.
La lucha del veterinario (Daktari es la palabra que en swahili define al doctor) contra los cazadores furtivos y sus desvelos médicos por curar a los animales de la selva, constituían la base de los argumentos de los episodios, aderezadas estas andanzas con la educación en solitario de su hija (en edad de merecer...no diré qué) y con las “monadas” de Judy (una chimpancé heredera directa de la recientemente galardonada y homenajeada en el Festival de Cine de Peñíscola, Cheetah (o Chita)) y las desventuras y fatigas del único león bizco del mundo: Clarence, uno de los personajes más originales e inopinados del mundo animal televisivo.
Las series de televisión como esta fueron, probablemente, (y como había sucedido antes con el western) el último reducto en el que se refugió el antaño indiscutible encanto fascinador del “África misteriosa”, que había nutrido la literatura “pulp”, los seriales cinematográficos, los álbumes de cromos y tantas y tantas manifestaciones del arte del entretenimiento popular. Se trataba, eso sí, de una jungla domesticada, en la que la civilización trataba de imponer su ley sobre las indómitas raíces del planeta. Pero, de alguna manera, dentro de la vorágine de la modernidad sesentera, series como esta aún nos recordaban que existía un mundo natural que se removía bajo la apisonadora de plástico. Bueno, series como esta y los Mádelman, que lo podían todo...

La firma de Pineda Bono
Con “Ceferino el pueblerino” (el paleto con los antebrazos de Popeye, como Josechu el Vasco de Muntañola o el Pepe K.O, de Schmitdz) y con “Don Próspero” (uno de esos hombres de negocios con puro y gafas, tan habituales en Bruguera) en su haber, Pineda Bono realizó sus historietas de “Don Tary” al calor del éxito innegable que la serie estaba obteniendo. A pesar de que prolongó su publicación casi un año más allá de la finalización de la emisión de la serie en la pequeña pantalla no puede decirse que obtuviera demasiado éxito, ni que alcanzara una permanencia demasiado prolongada en la páginas del Din Dan. De forma análoga a como vimos en el caso de “Ponderoso Joe” de Cubero, la historieta en cuestión toma la referencia televisiva del nombre titular y el ambiente en el que se desarrolla, aunque ni la apariencia física, ni la galería de personajes se corresponde con los de la obra original. Estas trasnfusiones de temas televisivos a las páginas de los tebeos bruguera no ofrecieron resultados especialmente brillantes (recuerdo con especial desagrado el “Perry Tostón” de Sanchís) pero tuvieron la virtud de diversificar la oferta temática de las historietas cómicas de la editorial, muy centrada en los personajes inspirados por la vida cotidiana. En la misma medida, cabe afirmar que esta nueva fuente de inspiración favorecía la tendencia imperante a la infantilización de la línea editorial en los tebeos de humor.
“Don Tary” es un personaje de mediana edad, cuestión esta claramente definida por su honorable bigote, con responsabilidades profesionales y carente por completo de vis cómica. La diversión viene dada más bien por la siempre espectacular presencia de fieras más o menos salvajes y por las acciones más cómicas del empleado negro Manduka (en la línea del Babalí del Eustaquio Morcillón de Benejam, en TBO).
Este burgomaestre, sin más acreditación que un olfato desarrollado entre vetustas páginas y una vista entrenada, cree ver en Pineda Bono a uno de los “negros” de Ibáñez. En las viñetas que justifican esta entrada se puede apreciar claramente la conversión de Pineda Bono en un émulo del estilo de Francisco Ibáñez. Las colocadas más arriba están tomadas de los números 118 y 124 ( de mayo y junio de 1970) y las últimas, del Almanaque para 1971, de noviembre del mismo año. En esos meses, el estilo del dibujante se va robusteciendo e “ibañizando” a marchas forzadas.Las figuras van adquiriendo mayor rotundidad y la adquisición de los “tics” de Ibáñez puede apreciarse en muchos detalles. La forma, por ejemplo, en que dibuja las manos, con los nudillos claramente marcados, recuerda el estilo característico de Ibáñez. Todos los detalles de la indumentaria, las botas, los pliegues de la ropa, etc... tienen su impronta. También la expresividad de la que dota a los animales recuerda las habilidades del dibujante de Pepe Gotera. El gorila disecado parece sacado de la taxidermia del creador del botones Sacarino y el elefante dibujado en esta última historieta, presenta una trompa que Ibáñez debió registrar en su día en el “Registro de la Propiedad de Trompas”. Pineda Bono, además, diseñó a “Peladillo Sinblanca”, para Tio Vivo, un personaje que luce calva y cuello duro idénticos a los de Mortadelo. Por último (y esto es especialmente notorio en la historieta del Almanaque para 1971) la manera de construir los gags es la que rutinariamente emplea Ibáñez. Sea como fuere, lo que sí se encuentra en Pineda Bono es una eficiente construcción gráfica de sus personajes (no en exceso tópicos, además), un estilo de dibujo dúctil, basado en formas curvas y redondeadas, y una bastante correcta capacidad narrativa. Lo que no tiene, desgraciadamente, es demasiada gracia, la verdad, a pesar de que, en un detalle de buen gusto encomiable, Pineda Bono hace que en la viñeta final de la historieta del Almanaque para 1971 de Din Dan, Don Tary realice una imitación bastante acertada del mismísimo Oliver Hardy..

jueves, mayo 11, 2006

Entra Agamenón


...¡Que viene!
Hasta el 24 de julio de 1961, Agamenón era el héroe griego de la guerra de Troya, cuyas hazañas figuran en la “Odisea” homérica y protagonista de la primera obra de la trilogía de Esquilo “La Orestiada”, padre de Orestes y de Electra, asesinado por su esposa Clitemnestra. Pero a partir de esa fecha, la de su irrupción en las páginas de Tio Vivo, Agamenón fue, al menos para España, más que ningún otro, un mocetón cabeza-dura, simple y fuerte, obra de Alejandro Santamaría Estivill (Nené Estivill).
Ya una semana antes, con la alimentación del fuego de las expectativas, en el Tio Vivo número 19 de su segunda época, se publicaba un anuncio telegráfico (que el amable lector puede observar aquí al lado) del advenimiento del héroe campesino por excelencia del tebeo español, al que se le otorgaba el título de “El más bruto”.

Con vistas al campo

Los tebeos estaban hechos desde la ciudad y para ser consumidos en ella. Y sin embargo, España era, hasta los años setenta y tal como aprendimos en la escuela “de carrerilla”, un país eminentemente rural. Resulta llamativa la escasa presencia del mundo del agro en los tebeos en general y en los de Bruguera en particular. Aquellos personajes que, como la Petra escobareña, o el Ceferino de Pineda Bono, tienen orígenes campesinos, inician su andadura ya instalados en la urbe. En general, el papel del habitante del campo queda al nivel de episódico o anecdótico, incorporando la figura del paleto en la ciudad (víctima propicia de cualquier timo), o del ocasional anfitrión (de buen grado o sin su consentimiento) del visitante urbanita titular de la serie que se tratara. Tan sólo la familia Gambérrez, versión agraria de tal institución según Vázquez, puede constituirse en precedente temático del mundo de Agamenón y aún ésta, en función de la superior identificación de la obra de Estivill con el referente real, queda a mucha distancia.

El caso es que el campo español tenía algo que contar en las viñetas de nuestros queridos tebeos, cuando nadie parecía sospecharlo y Nené Estivill tenía la capacidad para hacerlo, como demostró desde su primera historieta.

El Agamenón más primitivo

En sus apariciones más antiguas, Agamenón nos es mostrado a cabeza descubierta, sin la boina característica que se hará imprescindible a partir de la tercera historieta (la del número 22). La desproporción de su pétrea cabezota en relación al cuerpo no es todavía tan acusada y tiene una forma menos esférica. Sus pies crecerán súbitamente a partir de su duodécima aparición, momento en que se nos revela el número que calza, un 54. Su personalidad, en cambio, está perfectamente definida desde la primera viñeta y se mantiene invariable a lo largo de todos los años de permanencia de la serie: Agamenón es un noble bruto y un ingenuo cabezota, pero, al mismo tiempo, tiene la picardía suficiente para valerse de su aparente estulticia y ajustarle las cuentas a los maliciosos que quieren aprovecharse de él o abusar de algún desvalido. Su fortaleza física y su corazón de oro molido se hacen patentes desde las primeras historietas.

Los trabajos de Agamenón

Agamenón es una fuerza de la naturaleza y como todas las fuerzas de la naturaleza, es simple e indomable. Su complexión robusta, maciza y rocosa le permite afrontar cualquier reto que dejaría tirado en la cuneta al petimetre urbanita más atrevido.
Al mozo hijo del Cipriano le hemos visto protagonizar tantas proezas imposibles que su pariente lejano (por la parte que comparten de héroes griegos) Hércules parece un infeliz enclenque a su lado. La grandeza de su figura se amplía por causa de la inconsciencia con que emplea su poder. Si se echa a la espalda una mula que está cargada, a su vez, con enormes sacos de grano, no lo hace para demostrar su fuerza sino por mera inconsciencia.

Cariño por el bruto
El candor del noble bruto, la ingenuidad de Agamenón, le hacen acreedor al cariño y la simpatía no sólo del lector sino también (o así parece a este burgomaestre) de la redacción brugueriana, que guarda para él el afecto especial por el hijo que ha salido “diferente” a los otros. Esta predilección la adivina este burgomaestre en, por ejemplo, el hecho de convertirle en protagonista de la campaña publicitaria de la colección Olé de 1971, haciéndole erigirse en, de alguna manera, portavoz de los personajes en apariencia “menores” y a los que, no obstante no acaparar portadas ni un apabullante fervor popular, les son dedicados sendos volúmenes de la consagradora colección. Ese “¡Ridiela! ¿Yo también?” expresa la sana modestia del rústico mozalbete.
La condición natural de Agamenón de bruto mayúsculo viene condicionada por su herencia genética, como es machaconamente atestiguada por su abuela, que ve en su nieto la repetición de su difunto marido (de cuya veracidad da testimonio el dibujo extraído de la contraportada del Olé número 13 dedicado a Agamenón, en la que la vemos junto al retrato del fenecido) y como también da fe la historieta del número 27, en la que se constata que Cipriano, el padre de Agamenón, era el que había ostentado el oficioso título de “el más bruto del pueblo”.

Oda al tonto del pueblo
En Agamenón se sustancia un panegírico a la figura del tonto del pueblo. La constatación de la superior inteligencia del alma cándida y pura frente a la del taimado malicioso es una de las constantes de la serie. Quienes pretenden burlarse de Agamenón a causa de su aparente inferioridad intelectual se ven invariablemente chasqueados y derrotados. En cambio, es cuando el propio muchacho quien se propone demostrar que no se le puede engañar cuando se ofusca y resulta víctima de algún engaño, de lo que se deduce que su mejor arma es la inocencia. La extrema simpleza de la mentalidad de Agamenón no supone menoscabo a su capacidad para desenvolverse en la vida, sino más bien una ventaja. Con el transcurso del tiempo, el personaje va tomando consciencia de su condición de “tonto del pueblo”, cosa que no le gusta en absoluto y hace que se proponga enmendarse. En cualquier caso, lo que queda demostrado de forma palmaria es que su falta de instrucción no le limita en absoluto, sino que le hace acreedor, por el contrario, a una vida mejor. Cuando tratan de instruirle, el instinto lleva las enseñanzas al terreno más práctico y que le conviene e interesa más: comer en cantidad, comer a más y mejor. Así sucede en la historieta del número 30, en la que Cipriano intenta proporcionar la sabiduría popular a su hijo haciéndole leer un libro de refranes. Pero éste se limita al primero que lee y lo pone en práctica a las primeras de cambio: “Oveja que bala pierde bocado”.
Las ocurrencias de Agamenón nacen de un intelecto particular, dotado de una manera creativa de resolver los problemas que se le plantean y de un poderío físico inusitado capaz de llevarlas a cabo. Así, en su primera historieta, idea sustituir al reloj del pueblo que se ha estropeado ayudándose de una garrote con el que golpearse la cabeza para dar horas. La resistencia física de Agamenón también pasma y asombra a partes iguales. En la historieta del número 21, su segunda aparición, le vemos realizar su primer prodigio deglutidor: Agamenón se zampa una tonelada de melones ante nuestros atónitos ojos y, de paso, pone en ridículo a los que querían burlarse de él. En la historieta del número 28, garrotes que parten yunques se rompen como quebradizas cañas al contacto de su cabeza-

La vida en el pueblo

Tan importante como la configuración del héroe rural, es la recreación casi descarnada del ambiente campesino de un pueblo del secano español. Una atmósfera construída a base de toscos remiendos, boinas raídas, trajes de pana, cerdos escuálidos, fajas, fogones, horcas, hoces y otros aperos de labranza, porrones, pollos y pollinos, calles polvorientas y mecheros de mecha, que se erige en un ejemplo señero y principal de la creación de un microcosmos propio en el ámbito de la historieta española. Esta recreación no se limita a exponer los elementos visuales gráficamente, sino que también consiste en reflejar la temática propia del ambiente en que se desarrolla la acción, con descripción de faenas del campo tanto agrícolas, como ganaderas, o de pastoreo y deteniéndose a presentar los conflictos y la problemática en general que se dan en ese medio: la sequía, las epidemias del ganado, la urbanización del pueblo, y hasta la correcta curación de los embutidos.

La vida cotidiana en Villamulos, el pueblo de Agamenón (un pueblo al que se le instala la conducción del agua pública en el número 22 y al que sólo le falta el “tilífono” para ser “encivilizao”) está basada en unos usos bastante insanos (a los ojos de la mayoría bienpensante de hoy en día). Tal como comprobamos en el número 33, la higiene está bien valorada, pero esta valoración no obliga a bañarse más de una vez al año. Las decisiones se toman siempre a golpe de porrón, entre las fuerzas vivas, que “viven” en un estado semi-alcoholizado y que fuman constantemente cigarrillos de picadura. La alimentación, que parece basarse fundamentalmente en diversas maneras de procurarse un elevadísimo nivel de colesterol (chorizos y judías con tocino a todas horas), haría palidecer de espanto a cualquiera de los dietistas que hoy en día se enriquecen a costa de crearle mala conciencia a la gente.
La visión del pueblo, en términos generales, contiene todos los elementos que uno puede esperar y también muchos otros que muchos lectores de ciudad debieron aprender del mismo tebeo. La presencia del pregonero, la importancia de la fuente de la plaza, de los pucheros, de los corrales, de los graneros y de los pajares han sido tenidas en cuenta.
En este sentido, la atención al detalle le lleva a Estivill a reflejar con su tosco estilo la construcción de cada silla, el cordel que ata el tapón de cada porrón, las nubecillas de polvo que se levantan al caminar por las calles de Villamulos. No descuida mostrar, por ejemplo, que si hay una de esas grandes llaves puesta en una puerta, de ella pende un hilo del que cuelga otra llave, o si dibuja una alacena le pone el paño blanco de encaje correspondiente..

El recurso de la coletilla

Que un personaje tenga una coletilla que se repita al final de todas sus historietas es un recurso que hemos visto antes en este weblog (o lo que sea) cuando hablábamos de Ángel Síseñor (Vázquez), de Don Yalosabía (Cubero) o de (citado en un comentario) “El rincón del lector avispado” (Rovira). Aunque en estos casos, más que de coletilla, cabría hablar de razón de ser de los personajes. En el caso de Agamenón, la coletilla la proncia la abuela, uno de los personajes más entrañables del universo brugueriano. Su “Igualico, igualico, que el difunto de su a agüelico” funciona como recurso idóneo para popularizarse entre el público lector, cosa que consiguió indudablemente y se inscribió en los usos más cotidianos del lenguaje, como muy pocas otras expresiones de los tebeos. Aquí podemos ver la primera viñeta en que se dice, la última de la historieta del número 22 de Tio Vivo (2ª época), tercera entrega del personaje (y la misma, donde aparece por primera vez con boina, con lo que podemos considerar esta tercera historieta la que supuso la formulación definitiva de la serie).

Simplemente, el mejor

Así opinaba el gran Vázquez en las páginas del DDT número 39 (3ª época, 15 de abril de 1968) , respondiendo a la pregunta “ ¿Qué personajes te gustan más?” :
“... De los demás me gusta “Agamenón”, es el tipo más humano de todos los que se publican ahora. Además, las situaciones en las que se mueve son muy naturales, no están forzadas...” , opinión que este burgomaestre no puede sino suscribir enfáticamente y que revela, además de las virtudes de la obra de Estivill, aquello que sabiamente valoraba más el gran Vázquez en una historieta.

El feo estilo de Estivill

Si Nadal es la elegancia, Raf la fluidez, Vázquez la eficacia, Segura la exageración, Rovira la espontaneidad, Jorge la intensidad, Cifré la magia, Ibáñez la mueca, Conti la sabiduría y Escobar la sinceridad... (por decir algo, que todo lo que dice este burgomaestre lo dice por decir algo)...Nené Estivill es la fealdad expresionista. Y no quiero decir con esto que no me guste. Es una fealdad eficacísima y admirable, que se constituye en un islote original y particularísimo inmerso en el piélago de Bruguera. Su expresionismo feísta, al que podríamos llamar “fauve” dándonoslas de entendidos en arte tuvo un claro heredero (a conciencia o por casualidad) en el trabajo de Jordi Amorós, “Jà”.
Como ya hemos dicho antes y no nos importa repeteir, en sus páginas de Agamenón, especialmente en las de la primera época, Estivill reconstruyó a su peculiar manera todo un mundo rural, descrito con todo lujo de detalles. De cada herramienta, de cada animal de corral, de cada botijo, candil, mueble o ropa, el artista ofreció su versión al atento lector, que podía perderse en ellos a las mil maravillas. Estivill dibujó su propio camino y lo recorrió a lomos de la coherencia durante toda su carrera, legando al lector de tebeos una obra tan importante como este Agamenón, sobresaliente personaje único e irrepetible que destaca, por su elemental naturaleza, en el incipiente mundo sofisticado de la sociedad del consumo que nació, como él, con los años sesenta.
NOTA: Las imágenes que justifican este chapucero texto están tomadas de los Tio Vivos citados, cuyas fechas de publicación (las que no han sido ya expresadas)son : el 21: 31-7-61; el 22: 07-08-61; el 24: 21-08-61(“ya verás si dispiertas”); el 27: 11-09-61; 30: 2-10-61; 31: 9-10-61
La última viñeta en color está sacada del Olé número 13, publicado en 1971. Las que hacen referencia a la sequía proceden del Súper Tio Vivo número 81, de 13 de agosto de 1979 y la del pregonero y la de Villamulos de noche, están tomadas del Extra de Tio Vivo de Carnaval de 1972.
NOTA 2: Habrá más entradas de Agamenón . Es tan bruto, que en una sola no cabe.

domingo, enero 29, 2006

Siete "tipos" de cine cómico

Al hilo del docto y sagaz comentario de mi compañero burgomaestre acerca de Stan Laurel y Oliver Hardy, traigo aquí una muestra de tipos brugerianos que me han parecido formalmente emparentados con las caracterizaciones del popular cine cómico americano.

A la hora de crear un personaje que se pretenda gracioso, los caminos que toman un actor cómico o un dibujante de historietas son semejantes. La diferencia radica simplemente en que mientras uno aplica sobre sí mismo los afeites, pelucas, gorros y bigotes y el otro, acodado en su mesa de trabajo, los plasma sobre el papel. Se trata de hacer reír y de hacerlo mediante la acción y personalidad de un tipo con vis cómica, fácilmente identificable y que, a ser posible, perdure en la memoria del espectador-lector.

No me he detenido aquí a aportar los ejemplos más famosos, ni tampoco he pretendido (ni mucho menos) ser exhaustivo (eso fatiga mucho). No voy a enseñarles ahora un Don Pío para señalarles su parecido con Charlot, ni un Gordito Relleno para hacerles calcular mentalmente que su peso debía ser muy semejante al de Fatty Arbuckle; tampoco la indumentaria de Carpanta, o el canotier de Don Pelmazo, con ser asimilables a las caracterizaciones de los cómicos del cine mudo van a estar presentes en esta entrada. Porque todos estos personajes han alcanzado una cierta dimensión y no son, por tanto el objeto de este comentario. He querido detenerme en personajes que, a mi modo de ver, desde su creación, se quedaron en la superficie, sin alcanzar mucho más allá de ser meros portadores de un disfraz. Son personajes basados en un patrón único: hombres solitarios de mediana edad que se definen como personajes por su aspecto, hasta tal punto que es éste su fundamental seña de identidad. Dos características comunes: ninguno de ellos obtuvo un éxito remarcable y todos ellos nacieron ya anticuados.
Sanchís fue un dibujante muy activo en la Casa Bruguera desde su entrada en los años 60 y aportó un buen número de personajes a sus revistas. Aquí he puesto a sus Don Agapito (de la nómina del Pulgarcito) y Teresito (que deambulaba por el DDT). Del primero salta a la vista su génesis procedente de la figura chaplinesca (de la que no falta ni el detalle del bastón) aderezada con el puro y el bigote de Groucho Marx. El segundo, de más difícil identificación, produce, merced a su sombrero y bigote peculiar (a propósito, muy del Régimen), igualmente, el mismo efecto de haberse creado, digamos, artificialmente. Sanchís, como ya hemos dicho aquí dibujó muchas historitas de personajes vazquianos y muy dignamente, por cierto. También hizo algún que otro ibáñez, como esperamos demostrar cualquier día de estos.
De Mingo traigo su Don Tiburcio, otro personaje compuesto desde el exterior, sin más vida que la que le prestan sus lentes, su bombín negro y su ancho bigote perdido en las páginas a dos tintas del DDT.
La aportación de Tran a esta modesta galería de modestos personajes es su Cándido Palmatoria (del DDT) , un individuo inexistente tras sus gafas a lo Harold Lloyd, su flequillo, su pajarita blanca y su sombrero (Por cierto, igual que el que llevaba Teresito en sus primera historietas. Luego Sanchís le desdobló el ala y le hizo, por medio de tan sencillo expediente, modernizarse veinte años).
Don Próspero es una creación de Pineda Bono para el Tio Vivo que tampoco llegó a desatar gran interés entre los lectores. Su caracterización, como las demás, es meramente superficial. Nuevamente se combinan elementos ya sabidos para intentar conseguir con su suma un personaje: gafas, sombrerito, puro y corbata de lazo, esta vez, negra. Recuerda al Groucho ya domesticado, que sobrevivió a la locura de sus antiguas películas con sus hermanos en la televisión o en filmes tan inocuos como "Don Dólar".
De Cerón y creado también para el Tio Vivo, es Fortunato, el cenizo, un vagabundo característico pertrechado de suficientes elementos externos como para hacer de él un personaje perfectamente reconocible pero, por desgracia, totalmente olvidable. Una vez más: bigote y sombrero identificables, con la novedad de los puños de una camisa inexistente.
De todos los personajes aquí aportados, el más complejo e interesante es el "hijo" de Pedro Alférez, el señor Pórrez, de la serie "Pórrez y cía." (empresa con sede en el Tio Vivo). No sólo por estar mejor construído "per se", sino porque al formar parte de un grupo, su personalidad quedaba mejor definida en función de los otros. No obstante, su notorio parecido con Groucho Marx hacía obligada su presencia aquí. La sustitución del puro por un cigarrillo casi consumido no es suficiente diferencia como para evitar la obvia comparación: tiene el mismo bigote, la misma expresión, camina igual y habla a la misma velocidad. Por lo demás, este burgomaestre sospecha mucho que Pedro Alférez dibujó muchas páginas vazquianas y se propone intentar demostrarlo a través de este blog, algún día.

domingo, mayo 13, 2007

La brugueriana tribu de Los Beatles




Incomprensiblemente, a Jorge Gosset Rubio no le encontramos en el libro de Antoni Guiral “Cuando los cómics se llamaban tebeos. La escuela Bruguera (1945-1963)” (Ediciones El Jueves, 2004) más que de manera accesoria o incidental. Tal vez, su nula predisposición (constatada personalmente por la mitad de los Burgomaestres) a recordar sus tiempos bruguerianos, explique en alguna medida tan notoria ausencia. Pero lo cierto es que su contribución al universo Bruguera merecía con creces un capítulo propio. No sólo por sus suculentas páginas de chistes, herederas del arte de Conti, sino también por sus personajes, tan populares que ocuparon portadas de revistas, como fue el caso de Domingón, presente en las de la tercera época del DDT o, durante muchos meses, el personaje que nos ocupa hoy, el troglodita Hug, en las de la tercera época de la revista Tio Vivo (así considerada la que se inició a mediados de 1964, cuando las portadas pasaron de ser de un chiste a toda página a una historieta, es decir, alrededor del número 170 de la segunda época).

Antes de saludar al lector con sus primitivos modales desde el frontal del semanario del carrusel (menester en el que el cavernícola sustituyó a Don Pedrito, que llevaba más de doscientos números aplicándose a tal tarea, a principios de 1969, en torno al número 415 de la revista), Hug empezó modestamente en páginas interiores, allá por noviembre de 1965, debutando con una doble página en el Almanaque de la revista para 1966 titulada “La primera inocentada. Con Hug el troglodita. (Cortometraje)”. Esta historieta conoció continuidad a partir del histórico número 269, cinco meses después. Desde ese momento y semana tras semana, Hug nos participó su aburrimiento cavernario desde la primera viñeta, en la que solía lamentarse de la falta de alicientes de una vida tan primaria en la que su única preocupación, una vez procurado el alimento imprescindible, era distraerse de alguna manera, con la desventaja, muchas veces pregonada, de no disponer de televisión. Con la aparición del barbudo troglodita, Gosset aumentaba notablemente su contribución a la revista, la cual se había limitado previamente al chiste de la página dos de “Pippermint, el barman”, a las historietas de “Facundo da la vuelta al mundo” (a partir de mediados de 1965) y a sus páginas temáticas de chistes.

El nuevo Tio Vivo

Dos días después de la festividad de Sant Jordi del año 1966, salió a la calle el Tio Vivo número 268 en el que se anunciaban fulgurantes cambios para la publicación. Lo que la editorial se guardaba muy bien de anunciar era que el viaje en el Tio Vivo vería incrementado su precio en una peseta con cincuenta céntimos, alcanzando así el duro. En cambio, proclamaba las bondades que se avecinaban en forma de diversión a chorros que se dispensaría a lo largo de 36 despachurrantes páginas. Tal promoción se valió de la popularidad de la serie estrella de la revista, es decir, de la mítica “13, Rue del Percebe”, que reproducimos aquí para deleite de la legión de fans de Ibáñez. Para mayor abundamiento en la gloria ibañesca, resulta que la serie que se anunciaba con más toques de fanfarria era también de Ibáñez (que ya publicaba nada menos que cuatro en la revista: “Rompetechos”, “Mortadelo y Filemón, agencia de información”, “Don Pedrito que está como nunca” y la ya citada “13 Rue del Percebe”): “Pepe Gotera y Otilio”. A partir del número siguiente y, vislumbrados ya, a modo de presentación, en la página especial de la contraportada, la pareja de operarios chapuceros del tebeo español dispondrían de las dos páginas centrales del Tio Vivo para desarrollar su caótica labor.

En un anuncio inserto en páginas interiores dibujado por el propio creador del Botones Sacarino, se incide también en las novedades del renovado semanario, aunque tan sólo nos es dado conocer como tal a los nuevos hijos de Francisco Ibáñez. Lo reproducimos aquí por su interés testimonial y por permitirnos ver una versión que del Angelito de Vázquez hizo su discípulo Ibáñez, perfectamente digna del maestro.

El caso es que en ese nuevo Tio Vivo, el que inició su andadura en el número 269 (de fecha 2 de mayo de 1966), debutaron varios personajes bruguerianos y otros regresaron al redil, como Doña Lío Portapartes, de Raf (en su retorno a la editorial), que trasladaba su pensión del Pulgarcito (donde la había abierto en 1958). De los primeros, al lado de Don Próspero, de Pineda Bono, o Fortunato el Cenizo, de Cerón, o el agente 0077 de Torá, hoy destacamos a Hug el troglodita, del que ya nos ocupamos algo hace cosa de un año, en este mismo weblog, pero del que queremos destacar hoy su aspecto ye-yé pop y decididamente beatle.

Hug, el Beatle

Las constantes temáticas de Hug quedaron fijadas en su primera historieta y se mantuvieron a lo largo de su dilatada existencia. Centrándonos en la primera etapa de la vida editorial del personaje (la del año de su nacimiento) podemos decir que el principal problema de Hug es el aburrimiento inherente a la falta de alicientes que encuentra en la vida prehistórica. El segundo problema es procurarse lo indispensable para subsistir (por lo general, huevos de pterodáctilo).

De forma bien distinta al modo en que Hanna y Barbera trataron el tema cavernario, Hug carece de todas las comodidades de la vida moderna y de las complicaciones de la vida social familiar. Mientras los Picapiedra viven una vida homologable con la que Doris Day podía vivir en una de sus comedias (de manera muy similar a cómo la Metro Goldwyn Mayer transformó la existencia de Tarzán en una comedia familiar llena de “electrodomésticos”), Hug vive primitivamente, expresándose a menudo a base de garrotazos bien contundentes, y según las convenciones de los relatos prehistóricos hechos para la diversión del público del siglo XX, lo encontramos en contacto con dinosaurios (a los que se les llama pepesaurios, sardina-saurios o diplodocus) y con mamíferos, indistintamente (de entre los segundos, destacan los más espectaculares mamuths), siendo perfectamente consciente de ello, es decir, de estar viviendo en un mundo remoto del de su público lector, al que sabe ocupado en tribulaciones bien distintas. A lo largo de sus primeras historietas encontramos sus amargas quejas al respecto de las diferencias que separan su existencia de la del lectorl. Así, lamenta que, por no haber, no haya ni problemas de aparcamiento, ni de tráfico (encuentra aburrido no tener la posibilidad de ser atropellado), echa de menos la televisión en
repetidas ocasiones, o se intenta aprovechar del problema de la carestía de la vivienda y especula con su caverna en la historieta del número 299 (de fecha 29-11-66). Por otra parte, como corresponde a un troglodita consecuente se dedica al arte rupestre al menos una vez, en la historieta del número 298 y, sin llegar a los
extremos de un Altamiro de la Cueva (el otro cavernícola ilustre de la historieta española, que Bernet Toledano dibujó para el TBO, con permiso del Troglodito de Schmidt), Hug también es capaz de discurrir algún ingenio (más bien tosco) como en la del número 273 (de fecha 30-5-66). En cuanto a personajes secundarios, en estos primeros tiempos del personaje, estos no tienen excesiva relevancia, a pesar de que ya en la tercera aparición semanal de Hug, la del número 271, conocemos a su amigo Pikaso.

El amigo Hug se entrega a menudo a los soliloquios y, para ser un cavernícola, abusa un tanto de la verbalidad, haciendo a menudo los ya citados comentarios sobre las carencias de la vida primitiva y también numerosas comparaciones más o menos ingeniosas. Con el paso de los años, la habitual compañía de Pitákoras (de forma análoga a como Lio-Lio acompañaba a Facundo, en su vuelta al mundo) hizo que remitiera esta costumbre de hablar en soledad. En su aparición de debut, en el citado almanaque para 1966, acompañaba todas sus frases con la exclamación "¡Hug!", que abandonó en sus entregas corrientes.

Gráficamente, la serie de Hug el troglodita marca la madurez creativa de su autor, el punto álgido de su progresión, desde sus primeros trabajos en Bruguera, datados en 1957. Su estilo quedó definitivamente fijado en este año 1966 y es incluso perceptible el paso definitivo que Gosset ha dado técnicamente entre la historieta de doble página de noviembre de 1965 y las entregas semanales de Hug. Un estilo definido por líneas vigorosas y esenciales, de expresividad que predomina claramente sobre la plasticidad y resulta de una eficacia narrativa y cómica incontestables.

Gosset, además de incorporar todo el imaginario habitual de la prehistoria, digamos, popular, se descuelga proponiendo un hecho especialmente peculiar que caracterizó estos primeros tiempos
de Hug: la presencia en sus historietas de, nada menos que, Los Beatles. El cuarteto de Liverpool era por aquel entonces un mito de proporciones difícilmente equiparables con ningún fenómeno de la actualidad. Habla bastante de su universalidad el hecho de que su fama se introdujera incluso en una nación como España, tan cercana y tan alejada, a la vez, en la era franquista, del mundo pop. Gosset elegió a Los Beatles para dar nombre y aspecto a la tribu rival de la de Hug y los dibujó melenudos, lógicamente, y armados con imposibles guitarras eléctricas. A semejanza de sus homólogos de los años sesenta, los Beatles de las historietas de Hug tienen fans, pero a diferencia de ellos, exclaman “Olé”. Sus berridos asustan a los diplodocus (tal como descubre Hug en la historieta del Tio Vivo 270 –la segunda de la serie-), pero algún hechizo deben contener esos cánticos cuando se le “pegan” al bueno de Hug, lo que le cuesta ser repudiado por su tribu, tal como leemos en la historieta del Tio Vivo 282. Y es que, realmente, Hug, rodeado de trogloditas calvos y aburridos, más parece un miembro de la tribu de los Beatles que de la suya, a la que, por cierto, parece ser que se le conoce como la de “Los melenudos” (un nombre al que sólo él hace justicia). Y por si quedaba alguna duda al respecto de la “beatlelidad” de Hug, muchos años más tarde, un
Beatle de los genuinos dejó resuelta esa sospecha, convirtiéndose en Hug para la pantalla de cine.

Ringo, el troglodita

Ringo Starr, nacido Richard Starkey en una fecha tan troglodita como el 7 de julio (de 1940) fue,
de los “Cuatro Fabulosos”, el que tenía más pinta de poder convertirse en un personaje de tebeo en cualquier momento. Su enorme nariz, sus labios carnosos y su facilidad para la comedia hacían de él el complemento ideal para los
talentos más “serios” de sus compañeros. El cine supo encontrar en su presencia el elemento
imprescindible para dar al conjunto musical suficiente entidad como para protagonizar películas. Sin el talento innato de Ringo ante las cámaras, difícilmente se habrían sostenido las dos películas con argumento de los Beatles (“A hard day’s night” –1964- y “Help!” –1965, las dos dirigidas por el norteamericano Richard Lester). Cumpliendo una función dentro del grupo similar a la de Chico en los hermanos Marx (con quienes los Beatles fueron comparados por sus delirantes respuestas en las ruedas de prensa multitudinarias que ofrecieron durante sus giras
por los USA), Ringo se encontró, de manera casi
fortuita, con el éxito y la fama mundial al ser fichado para tocar la batería en un grupo que se disponía a grabar su primer disco. Su amplia sonrisa, su aspecto algo desvalido, sus facciones cercanas a la caricatura dotaban al batería de una personalidad accesible para todos los públicos. Esa cercanía puede constatarse en esta fotografía absolutamente deliciosa publicada por el New
York Daily News unos días después de la legendaria primera aparición del cuarteto en el Ed
Sullivan Show, que batió todos los records de audiencia.


En la foto vemos a Ringo bailando con el estilo propio de un baterista (parece estar sujetando las
baquetas) junto a la cantante Jeannie Dell en el “Headline Club” un par de noches después de la citada actuación, es decir, el 10 o el 11 de febrero
de 1964. Es una instantánea llena de encanto, debido en gran parte a la ausencia total de sofisticación que se desprende de ella. Todo lo que se ve resulta, a los ojos de hoy, enternecedoramente llano y sencillo, empezando desde el modesto escenario o el elemental
sistema de sonido y terminando por su figura central, un joven de veintitrés años, totalmente desconectado de la dimensión mítica que algún día no muy lejano llegaría a alcanzar. Para encontrar a otro bailarín tan simpático con el que poder compararle hemos tenido que recurrir a
Carpanta, que en la portada del Pulgarcito 1989 (de junio de 1969) y acompañado por una señorita que, curiosamente, recuerda a la partenaire de mister Starr, se clava un zapateado genial. Claro que, sin salir del Universo Beatle, mezclado con el Universo Bruguera, también tenemos a Doña Lío Portapartes, compañera de fatigas de Hug, impulsada por un ataque de
pulgas, a bailotear el “She loves you” con un
garbo exquisito en el Tio Vivo 271 (de fecha 16-5-66), o a Bautista, el cambiante mayordomo que dibujó Sanchís también para Tio Vivo (del que hablamos algo en la entrada “¡Cómo está el servicio!” ) y que en el ejemplar número 191 de la misma revista (de fecha 2-11-64) se disfraza de Beatle para probar suerte en el mundo de la canción (aunque luego, incomprensiblemente, todo el cancionero que “ejecuta” pertenece al género de canción romántica italiana).

Ringo era el beatle más querido por los niños y
esto lo afirma un burgomaestre que, de chaval, no se perdía la serie de dibujos animados que realizó entre 1965 y 1969 la cadena yanqui ABC-TV y que emitía el UHF en 1972. En ella, tal como sucedía en las incursiones cinematográficas del grupo, el batería solía ser el desencadenante de los conflictos, el que “se metía en líos”. El suyo era, además, un nombre de sonoridad internacional, que servía para todo. No nos extraña nada que José Luis Beltrán Coscojuela ,Tran, a la hora de buscar un nombre para su personaje, el chaval ye-yé vendedor de periódicos, diera con el de Ringo. Al protagonista de la serie de Tran, que debutó en Tio Vivo sólo cuatro números después que el cavernícola de Gosset, es decir, en el 273, podemos verle, como confirmando su filiación “popera” , triunfando en toda regla con una guitarra eléctrica en las manos y realizando una actuación llena de “feeling” en el Tio Vivo 282 (de fecha 1-8-66).

Pues bien, este músico que parecía un personaje de tebeo, que formó parte del grupo musical más influyente y adorado que la Historia de la Humanidad conoce, protagonizó en 1981 una película en la que se transformó, definitivamente, en Hug, el troglodita, devolviendo, quince años después, la gentileza al personaje del Tio Vivo.

“Si tú fuiste una vez un beatle, Hug, ahora seré yo un troglodita”, vino a decir, el viejo Ringo. La película, todo hay que decirlo, no es demasiado distinguida. Contiene un par de momentos graciosos y puede considerarse una parodia del cine de peripecias prehistóricas, con dinosaurios de plexiglás, huevos de pterodáctilo cocinados en cráteres de volcanes y disputas similares a las
mostradas en las dos versiones de “One milion years B C” (la de 1940, dirigida por Hal Roach, con Victor Mature, y la de 1966, dirigida por Don Chaffey, con Raquel Welch). En "Caveman" (Cavernícola), Ringo, vestido con las pieles de Hug, a las órdenes del director Carl Gottlieb, incorpora al prehistórico Atouk con su mejor desparpajo y, si bien no alcanzó distinciones cinematográficas destacables, se alzó con el premio máximo al casarse con su compañera de rodaje, la "chica Bond" Barbara Bach. Podemos verle, no obstante, ahí al lado tonteando con otro miembro del equipo, una marioneta de planta carnívora.

NOTA: Para cerrar esta entrada bien podría haber escogido cualquier otra imagen teniendo en cuenta la propensión a la dispersión que caracteriza a este burgomaestre, pero habiendo mencionado la presencia de la Welch en la película “Hace un millón de años” y aún a riesgo de ser motejado de rijoso, ahí les dejo una foto de la susodicha actriz (a la que podríamos más bien considerar algo así como una “explosión anatómica”).


A fin de cuentas, quizá no sea del todo casualidad que el año de estreno de la archipopular película de la cual he extraído un fotograma sea el mismo en el que Hug inició sus apariciones semanales en la revista Tio Vivo. Podemos decir que lo prehistórico estaba de moda en 1966, igual que los Beatles. Oyendo a unos y viendo a otra, la verdad, no nos extraña nada.